En su discurso en el Congreso de los Diputados de España durante su reciente visita, León XIV hizo una sencilla apología del realismo cristiano. “La realidad prevalece sobre la idea”, afirmó durante su alocución, “porque la realidad simplemente es; la idea se elabora”. Y llamo la atención sobre el peligro de que las ideas terminen desprendiéndose por completo de la realidad, como globos a la deriva y sin brújula.
De esta manera denunció sin ambages las ideologías que nos infestan y crítico explícitamente a quienes imponen “narrativas divisivas y polarizantes” frente a la verdad de los hechos. Se trató pues de un mensaje que apuntó al trasfondo de la polarización pugnaz que hoy día se vive no solo en el ámbito político español sino también y quizás con más intensidad en el nuestro.
Dicho lo anterior podemos colegir una especie de axioma: a mayor ideologización de un político, mayor es la discordia que irradia e incentiva. Es que el político ideologizado hace que las palabras dejen de describir la realidad para empezar a fabricarla y así movilizar a sus seguidores alrededor de conceptos deliberadamente vagos. Cuanto más ambiguas sean esas banderas, más fácil será manipular simpatizantes. El objetivo nunca es formar ciudadanos que piensen, sino seguidores que repitan.
Lo cierto es que una de las tendencias más características de nuestra época, es la negación de la realidad, la fatua convicción de que las cosas no existen por sí mismas, sino como proyección de nuestra subjetividad. Sobre esta alienación, el racionalismo idealista sostuvo impunemente que el mundo se formaba y reformaba mediante meras “ideas”: así nacieron las ideologías, estructuras de pensamiento (o, en su versión más anormal, meras colecciones de consignas para masas manipuladas) que niegan la realidad de las cosas y la someten a la voluntad de cualquier autócrata, que se cree capaz de modelarla a su antojo. Pero la realidad es tozuda y no se inmuta ante los delirios humanos, permitiendo que los hombres se extravíen, como en el paraíso terrenal que prometió el comunismo sacrificando la libertad individual, o la justicia social automática que hoy prometen los libertarios.
Es que las ideologías buscan constituir imágenes simplificadas de la realidad, es decir no son percepciones del todo falsas sino bastante incompletas que empujan al hombre a que su razón se vuelva hacia dentro a costa de la libertad de abrirla hacia fuera de sí mismo, hacia el mundo de la vida, de las cosas reales. Es por esto que a pesar de que en el siglo XX se vivió el desvanecimiento de ideologías como el comunismo y el fascismo, en la llamada postmodernidad de este siglo han tomado cierta fuerza otras como el ecologismo y la ideología de género que insisten en enfrentarse a la realidad aupadas por el individualismo.
En cuanto al ecologismo, es verdad que siglos de actuaciones humanas, especialmente desde la industrialización, han roto el equilibrio natural sostenible y que, si no se adoptan drásticos remedios, el futuro es oscuro. Pero apartándose de la realidad, el ecologismo radical idolatra la naturaleza, hasta el punto de otorgar oficialmente “derechos a los ríos”, retrocediendo así a la visión pagana del mundo existente antes de Cristo en los pueblos distintos a Israel.
De otra parte, el término “género” como categoría de análisis permite distinguir lo natural, que otorga la biología a los sexos, del componente cultural y social, que la sociedad asigna -a veces injustamente- a varones y mujeres. Es una perspectiva legítima y necesaria al tratarse de una herramienta de análisis social que contribuye a lograr una sociedad más justa, a través de políticas de igualdad. Pero cuando, apartándose de la realidad, la distinción entre lo natural y lo sociocultural degenera en una oposición entre naturaleza y cultura, y en una rebelión frente lo recibido (el sexo, el cuerpo, el alma), el género se transforma en una ideología con pretensiones de “transformación social”, o más precisamente en un “sistema de deconstrucción”. Tanto así que en su extremo más radical aparece la “teoría queer” sosteniendo que la base del género no es solo el componente sociocultural de los sexos, sino la voluntad individualista; es decir, no sólo rechaza lo recibido por la naturaleza, la sociedad y la cultura, sino que es capaz de transgredirlo todo sosteniendo que cada individuo puede deconstruir libremente su propia identidad de género pues este se convierte en una autodeterminación individual, que sigue la lógica “actúo, luego soy”.
*Analista

