Por
GIULIANA
MANCUSO
A ti que llegaste a mi vida sin hacer demasiado ruido y, sin darte cuenta, te convertiste en una de esas personas que uno guarda para siempre en el corazón.
Porque hay amistades que comienzan con una conversación, otras con una coincidencia, otras simplemente porque la vida decidió cruzar nuestros caminos. Y hay algunas que, con el paso del tiempo, dejan de sentirse como una amistad y empiezan a sentirse como hogar.
Creo que el amor también se traduce en un amigo. Se traduce en ese mensaje que llega justo cuando más lo necesitas. En ese “¿cómo estás?” que no se pregunta por cumplir, sino porque realmente importa la respuesta.
Se traduce en celebrar tus alegrías como propias, en sostenerte cuando las cosas no salen bien, en escucharte sin juzgarte y, algunas veces, en decirte esa verdad que necesitas escuchar aunque no quieras hacerlo.
Porque un verdadero amigo no siempre te dice lo que quieres escuchar. A veces te recuerda quién eres cuando tú mismo lo has olvidado.
Y están esos amigos que están lejos… Los kilómetros pueden cambiar la frecuencia de los encuentros, pero nunca deberían cambiar la certeza.
Esa certeza de saber que, aunque pasen días, meses o incluso años sin vernos, si la vida me pone frente a una dificultad, puedo buscarte. Y tú sabes que también puedes buscarme.
Porque hay personas que no necesitan estar presentes todos los días para estar presentes en nuestra vida.
Son esos amigos para siempre.
Los que conocen nuestras historias, nuestras versiones más bonitas y también aquellas que preferiríamos esconder. Los que han visto nuestras lágrimas, nuestras equivocaciones, nuestros comienzos y nuestros nuevos intentos. Los que conocen nuestro pasado y aun así eligen acompañar nuestro presente.
Qué regalo tan grande es encontrar una amistad que no necesita perfección para permanecer. Una amistad que sabe que podemos equivocarnos, alejarnos, tener diferencias, vivir etapas distintas… y aun así encontrar el camino de regreso.
Porque las relaciones que realmente importan necesitan raíces profundas. De lo contrario, cualquier viento fuerte puede llevárselas.
Y la vida tiene muchos vientos: los malos entendidos, las distancias, los silencios, las diferencias, los cambios, las responsabilidades, los momentos difíciles.
Pero cuando una amistad está construida sobre el respeto, la lealtad, la confianza y el amor, aprende también a resistir. Hoy, en este mes en el que celebramos el Amor y la Amistad, no quiero hablar solamente del amor de pareja.
Quiero hablar de ese otro amor que también nos salva. El amor de un amigo. Ese que nos recuerda que no estamos solos.
Ese que aparece con un café, una llamada, un abrazo, una oración, una palabra o simplemente con su presencia. Ese amor que no necesita grandes demostraciones porque se reconoce en los pequeños detalles.
A ti, amigo, quiero decirte gracias. Gracias por estar. Por quedarte. Por escuchar. Por celebrar. Por perdonar. Por creer.
Y por acompañarme incluso desde lejos. Gracias por ser parte de mi historia.
Y si alguna vez la vida nos lleva por caminos diferentes, quiero que sepas que hay amistades que no se miden por la cantidad de veces que nos vemos, sino por el lugar que ocupamos en el corazón del otro.
Hoy quiero honrar tu amistad. Porque tener un amigo de verdad es tener un pedacito de vida compartida. Y qué bonito es poder decir: La vida me regaló un amigo… y yo tuve la fortuna de reconocerlo.

