Detrás de cada paso que ha dado Joceline Azar existe una influencia que ella reconoce con orgullo: la de su padre, un hombre cuya rectitud, disciplina, honestidad y sentido del deber se convirtieron en el principal legado para su hogar.
Una samaria que cambió las oficinas por los desafíos de la ciudad y que ahora pone sobre la mesa una pregunta inevitable: ¿puede la experiencia de gerencia, ejecución y resultados convertirse en una nueva manera de gobernar Santa Marta?
Hay mujeres que llegan a la vida pública buscando un cargo. Y hay otras que llegan con una historia detrás, con resultados que mostrar y con la convicción de que el servicio a una ciudad no puede reducirse a discursos, fotografías ni promesas de campaña.
Joceline Azar Nigrinis quiere ubicarse en ese segundo grupo.
Administradora de empresas, con una trayectoria de más de tres décadas en el sector privado y experiencia en liderazgo, gerencia, desarrollo organizacional y gestión de equipos, Azar decidió dar un paso que inevitablemente la coloca en el centro de la conversación política de Santa Marta: poner su nombre a consideración de los samarios para construir una eventual candidatura a la Alcaldía.
Lo hizo después de dejar la rectoría de la Institución Universitaria de Santa Marta, USM, una decisión que no pasó inadvertida en la ciudad y que abrió un nuevo capítulo en su vida pública.
Pero hay algo particularmente llamativo en este tránsito: Joceline Azar no llega a la discusión política solamente con una hoja de vida. Llega con una obra reciente para mostrar.
Y esa obra tiene nombre propio: la Institución Universitaria de Santa Marta. Recibió una institución en el papel y la convirtió en una alternativa Aquí está, quizás, la parte más potente de la historia.
Cuando Azar asumió la rectoría de la USM en 2024, la institución enfrentaba un desafío monumental. Existía jurídicamente, tenía nombre, acuerdos y reconocimiento institucional, pero todavía estaba lejos de ser una universidad funcionando a plenitud.
La propia Alcaldía Distrital describió entonces el escenario: la institución no contaba con carreras para ofrecer ni con una planificación académica consolidada; había un reducido grupo de funcionarios y obligaciones pendientes. En términos sencillos: había que hacerla funcionar. Y para una mujer formada durante décadas en la empresa privada, acostumbrada a administrar recursos, organizar equipos, establecer metas, resolver problemas y exigir resultados, aquel desafío terminó convirtiéndose en una prueba de fuego.
No recibió una institución caminando. Le correspondió ayudar a ponerla a caminar. Y esa diferencia importa. Porque gobernar, administrar y dirigir no consiste solamente en inaugurar lo que ya está construido. Muchas veces significa recibir problemas viejos, instituciones frágiles, presupuestos limitados, equipos por organizar y expectativas ciudadanas enormes, y tener la capacidad de convertir todo aquello en resultados.
Eso fue precisamente lo que Azar presentó como su mayor carta de presentación.
Durante su gestión, la USM avanzó en la estructuración de su oferta académica, puso en funcionamiento programas de formación, fortaleció su institucionalidad, consiguió avanzar hacia una sede propia y proyectó un modelo multicampus con presencia territorial. La exrectora ha señalado que se estructuraron 11 programas profesionales, se habilitó una sede, se consiguió un predio para el campus y se proyectó la expansión hacia sectores como Buritaca.
La universidad, que alguna vez fue señalada como una especie de “universidad de papel”, comenzó así a convertirse en una alternativa real para quienes buscan acceder a la educación superior.
Y eso, en una ciudad donde miles de jóvenes necesitan oportunidades, no es poca cosa.
La política también puede medirse por resultados
Hay una frase de Joceline Azar que resume buena parte de su nueva apuesta política: “No tengo mediciones, tengo resultados”. Es una frase fuerte. Y políticamente inteligente.
Porque introduce en el debate una discusión que Santa Marta necesita tener: ¿qué pesa más a la hora de escoger a quienes aspiran a dirigir la ciudad, las encuestas tempranas, las maquinarias, los apellidos y las estructuras políticas, o la capacidad demostrada para resolver problemas?
Joceline Azar parece haber escogido su respuesta. Resultados.
No es un concepto extraño para ella. Su trayectoria profesional está ligada precisamente al mundo de la gestión empresarial y del liderazgo organizacional. Su perfil profesional registra formación en desarrollo organizacional, coaching ejecutivo, liderazgo y consultoría empresarial, además de una experiencia prolongada en el sector privado.
Y allí aparece uno de los elementos que hacen distinta su incursión política.
Azar no proviene de una carrera electoral tradicional. No hizo su nombre en el Concejo, ni en una corporación pública, ni en una larga sucesión de cargos políticos. Su escuela fue otra. La empresa. La gerencia. Los equipos. Los objetivos. Los problemas. La obligación de responder. Y ahora pretende trasladar esa experiencia al territorio más complejo que puede administrar una mujer o un hombre: una ciudad.
LA CIUDAD NECESITA MENOS RETÓRICA Y MÁS EJECUCIÒN
Santa Marta tiene una deuda histórica con sus comunidades en materia de agua potable, alcantarillado, movilidad, seguridad, empleo, educación. Infraestructura, Ordenamiento territorial, turismo, espacio público, servicios públicos, recuperación de barrios, oportunidades para los jóvenes. Y una deuda histórica con buena parte de sus comunidades.
La ciudad no necesita que nadie le explique nuevamente que existen esos problemas. Los samarios los conocen porque los padecen.
Por eso, la discusión que comienza a plantear Joceline Azar resulta políticamente interesante.
SU PROPUESTA
Su propuesta parte de una premisa sencilla: la ciudad necesita capacidad gerencial para convertir proyectos en realidades. Y esa tesis merece ser discutida con seriedad. Porque Santa Marta puede tener los mejores planes de desarrollo del mundo, pero si no existen capacidad de ejecución, seguimiento, coordinación institucional, transparencia, equipos competentes y una administración que sepa tomar decisiones, los planes terminan durmiendo en los anaqueles de las oficinas públicas.
La ciudad necesita administradores que entiendan que cada peso público tiene detrás el esfuerzo de un ciudadano. Que cada contrato debe producir resultados. Que cada obra tiene que resolver una necesidad. Que cada funcionario debe saber para qué está en el cargo. Y que gobernar no es administrar una oficina: es administrar la esperanza de cientos de miles de personas.
Ese parece ser el mensaje que Joceline Azar pretende llevar ahora a la discusión pública.
UNA CIUDAD QUE NECESITA TRANSFORMARSE
Su paso por la USM le dejó otro elemento que puede ser determinante en su proyecto: la educación como herramienta de transformación social.
No se trata solamente de abrir programas académicos. Se trata de cambiar destinos.
Una ciudad que educa a sus jóvenes tiene mayores posibilidades de reducir desigualdades. Una ciudad que prepara talento tiene mejores condiciones para atraer inversión. Y una ciudad que articula educación, empresa y sector público puede generar empleo y productividad. Por eso la experiencia de Joceline Azar en la USM trasciende las paredes de la institución.
La apuesta por modelos de formación articulados con las necesidades del territorio, incluyendo ciclos propedéuticos y programas conectados con las demandas del mercado laboral, revela una visión que intenta unir academia y desarrollo económico.
En otras palabras: educar para trabajar, trabajar para progresar y progresar para transformar la ciudad. Esa es la propuesta de Joceline Azar.

