Los ríos que descienden de la Sierra Nevada se han convertido en uno de los principales atractivos para quienes buscan naturaleza y tranquilidad en Santa Marta.
POR:
GREYNIS
FERNÁNDEZ NIETO
Hablar de Santa Marta es hablar del mar, de las montañas y, sobre todo, de los ríos que nacen en la Sierra Nevada y descienden hasta convertirse en uno de los mayores atractivos turísticos del Caribe colombiano.
Los balnearios como Buritaca, Guachaca, Don Diego, Palomino, Mendihuaca y otros afluentes que descienden del macizo montañoso como en Minca, no solo alimentan ecosistemas únicos, sino que también se han convertido en escenarios de descanso, aventura y conexión con la naturaleza para miles de visitantes cada año.
Estos ríos han permitido que comunidades ubicadas a lo largo de la Troncal del Caribe encuentren en el turismo una oportunidad de desarrollo económico. Hoy, pequeños emprendimientos, operadores turísticos, restaurantes, hospedajes ecológicos y experiencias de ecoturismo giran alrededor de la riqueza natural que ofrece este corredor entre Santa Marta y La Guajira.
“Hace unos años muchas personas solo atravesaban la Troncal del Caribe para llegar a otros destinos, pero hoy se detienen para conocer nuestros ríos, para bañarse en ellos, para vivir la experiencia de la Sierra. Eso ha transformado la economía de muchas familias y nosotros, por medio de varios procesos, hemos procurado de mantenernos capacitados para recibir a esos turistas y brindarles lo mejor”, aseguró Carlos Piro Martínez, operador turístico de la zona de Guachaca.
UNA ALIANZA ENTRE CAMPESINOS E INDÍGENAS
El crecimiento del turismo en estos sectores también ha estado acompañado por un trabajo conjunto entre comunidades campesinas, indígenas y empresarios del sector, quienes han entendido que la conservación de los recursos naturales es la principal garantía para mantener vivo este modelo de desarrollo.
“Los turistas buscan experiencias auténticas. Quieren conocer la cultura indígena, aprender sobre la importancia de la Sierra y entender por qué debemos proteger estos ríos. Hoy existe una mayor conciencia sobre el valor de este territorio”, señaló Carlos Piro.
Y es que recordemos que la Sierra Nevada de Santa Marta, declarada Reserva de la Biosfera y Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, representa mucho más que un paisaje. Para los pueblos indígenas Arhuaco, Kogui, Wiwa y Kankuamo, este territorio es el ‘corazón espiritual del mundo’ y el origen del “equilibrio natural”.
Precisamente, el fortalecimiento del turismo ha permitido generar espacios de diálogo y armonización entre las comunidades indígenas y los habitantes asentados a lo largo de la Troncal del Caribe. En varios sectores se desarrollan procesos de educación ambiental, turismo responsable y protección de las fuentes hídricas, buscando que el crecimiento económico no comprometa el patrimonio natural y cultural de la región.
“Nosotros hemos aprendido que el turismo debe ir de la mano con la conservación. Los indígenas nos han enseñado que estos ríos no son solamente un atractivo turístico, sino espacios sagrados que debemos respetar”, comenta Alex Pinzón, administrador de un ecohotel ubicado en inmediaciones de la parte alta de Calabazo y también líder social.
LA TRONCAL ES VITRINA DE BIODIVERSIDAD
Él sostiene que el auge del ecoturismo también ha fortalecido la imagen de Santa Marta como un destino de naturaleza a nivel nacional e internacional. Cada vez son más los visitantes que llegan atraídos por la posibilidad de recorrer senderos, navegar por los ríos, observar aves, practicar ‘tubing’ o simplemente disfrutar del contraste único entre la montaña y el mar.
“La Troncal del Caribe se ha convertido, así, en una vitrina de la biodiversidad samaria. A pocos kilómetros de distancia, un visitante puede pasar de las playas a las aguas frías que bajan desde las cumbres nevadas, una condición que muy pocos lugares del mundo pueden ofrecer. Santa Marta tiene un privilegio que no siempre dimensionamos. En menos de una hora se puede estar en el mar, en un río cristalino o en la montaña. Eso es algo que sorprende a cualquier turista y que nos convierte en un destino único”, afirmó Alex Pinzón.
Sin embargo, el reto continúa siendo enorme. La presión sobre los ecosistemas, el aumento de visitantes y los efectos del cambio climático obligan a fortalecer las estrategias de conservación y el trabajo articulado entre autoridades, comunidades e indígenas.
LOS RÍOS, ‘BLINDADOS DE TURISMO DE OLLA’
El Parque Tayrona sigue consolidándose como uno de los principales motores del turismo en Santa Marta y la región. Cada temporada, miles de visitantes nacionales y extranjeros llegan atraídos por sus playas, senderos ecológicos y la posibilidad de conectarse con la naturaleza y la cultura ancestral de la Sierra Nevada.
Y justamente ese crecimiento del turismo también ha traído desafíos importantes. Las autoridades, empresarios y operadores turísticos han intensificado la lucha contra el denominado ‘turismo de olla’, una práctica asociada a visitantes que llegan sin planificación, generan grandes cantidades de residuos y, en algunos casos, afectan la convivencia y el equilibrio ambiental en zonas sensibles.
“Santa Marta necesita un turismo que valore el destino, que respete la naturaleza y que aporte a las comunidades. No se trata de excluir a nadie, sino de promover visitantes conscientes que entiendan el valor ecológico y cultural que tiene el Tayrona, y los distintos sitios de Minca”, aseguró el padre Ismael Delgado, párroco de la iglesia de Minca.
UN TURISMO DE PAZ
Sostiene además que “estos proyectos han permitido que comunidades ubicadas este margen de Santa Marta desarrollen experiencias de ecoturismo, avistamiento de aves, gastronomía tradicional y recorridos culturales, fortaleciendo el tejido social y generando ingresos para cientos de familias”.
“La paz también se construye mostrando lo mejor de nuestro territorio. Cuando un turista conoce nuestras tradiciones, compra nuestros productos o se hospeda en emprendimientos comunitarios, está ayudando a transformar realidades”, explicó el padre.
Así las cosas, el desafío ahora es mantener el equilibrio entre el crecimiento del turismo y la protección del patrimonio natural. Para las autoridades y comunidades, el futuro de estos ecosistemas pasa por un modelo de desarrollo que combine conservación, inclusión social y oportunidades económicas, demostrando que el turismo puede convertirse en una herramienta para la paz y el desarrollo sostenible de Santa Marta y de toda la región.

