Colombia se acostumbró a que su política exterior se narrara como una novela de realismo mágico: un país suspendido entre el mito y la administración pública, donde la ideología sustituía al análisis y el gesto simbólico ocupaba el lugar de la estrategia. Gustavo Petro cultivó esa ficción hasta habitarla -Aureliano Buendía convertido en jefe de Estado, librando guerras perdidas de antemano en nombre de causas que nunca eran del todo suyas-. La decisión del nuevo gobierno de restablecer plenamente las relaciones diplomáticas con Israel cierra ese ciclo. Macondo se desvanece; empieza el tiempo del realismo, sin adjetivos.
El presidente Abelardo de la Espriella ha dejado claro desde el primer minuto que su mandato no buscará el aplauso de las élites globales, sino la protección de la nación. Junto al vicepresidente y al canciller Omar Bula, han emprendido la tarea de rescatar a nuestra Cancillería del ensimismamiento de la fábula. Retirar la adhesión de Colombia a la demanda presentada por Sudáfrica contra Israel ante la Corte Internacional de Justicia sella la ruptura con la narrativa que pretende criminalizar a la única democracia estable de Oriente Medio para congraciarse con regímenes autoritarios.
El tablero global cambió, aunque en Macondo nadie pareció notarlo. La ONU y la OEA, convertidas en cámaras de eco de una burocracia desalmada y en vehículos de la Agenda 2030, han demostrado con episodios concretos su incapacidad para proteger las soberanías. Bajo esta gestión, Colombia le cierra la puerta a la injerencia de organismos que, bajo el velo de la «diplomacia», promueven intereses ajenos al sentir popular.
El realineamiento con Jerusalén no es solo un gesto: trae dividendos concretos. Israel ofrece cooperación probada en inteligencia y contraterrorismo, terreno urgente cuando Hezbollah mantiene redes de financiamiento activas en la frontera venezolana y en la Triple Frontera regional. A ello se suman décadas de experiencia israelí en tecnología agrícola de zonas áridas, ciberseguridad e infraestructura hídrica, campos donde Colombia apenas empieza a aprovechar lo que un aliado como Israel puede ofrecer.
El coronel Aureliano Petro, como sus antecesores de papel, prefirió las guerras ajenas a los problemas propios. El discurso propalestino que él y la izquierda colombiana enarbolaron durante años merece un examen más honesto: esa misma dirigencia que se presentó como defensora incansable de Gaza guardó un silencio elocuente sobre la invasión rusa a Ucrania y sobre la represión del régimen iraní contra su propia población. La causa palestina, en sus manos, operó menos como principio que como cortina de humo: una bandera que permitió proyectar virtud internacional mientras se evadía el costo político de señalar a Moscú o a Teherán, aliados ideológicos más incómodos de confrontar.
Tampoco faltará quien añore el mito. El progresismo global y su brazo cultural, el wokismo, verán en este realineamiento una amenaza a la agenda que durante años impusieron sin someterse al debate democrático que merecía -del aborto irrestricto a las llamadas «afirmaciones de género» en menores-, banderas de sectores que se autodenominan liberales pero que en realidad promueven una ingeniería social ajena a los valores judeocristianos que sostuvieron a Occidente. Frente a ello, De la Espriella propone la defensa de la vida, la familia y esos mismos valores como el andamiaje sobre el cual se construyó nuestra civilización. Colombia se alinea así con la visión que impulsa Trump en Estados Unidos: priorizar el interés de las mayorías por encima de los caprichos de minorías ruidosas.
Colombia deja atrás sus cien años de soledad diplomática, esa distancia autoimpuesta de sus aliados naturales en nombre de un relato que nunca sirvió a su gente. Se acabó Macondo; el realismo, esa brújula olvidada, ha vuelto. Es hora de que el país se comporte, por fin, como un adulto en el concierto de las democracias libres.

