La democracia colombiana acaba de entrar en una etapa inédita de su historia. Por primera vez, una fuerza política que llegó al poder con la promesa de cambiar el país deberá ejercer la oposición después de haber gobernado durante cuatro años. Ese tránsito pondrá a prueba nuestra cultura democrática y permitirá saber cuánto aprendió la izquierda durante su paso por el poder.
La oposición siempre resulta más sencilla cuando nunca se ha gobernado. Desde la tribuna, casi todas las soluciones parecen evidentes y casi todos los errores parecen imperdonables. Gobernar modifica la perspectiva. Quien administra el Estado conoce el peso de las decisiones, los límites de las instituciones, las restricciones presupuestales, las demoras de la ejecución y el costo de prometer más de lo que puede cumplirse.
La izquierda colombiana regresa ahora a la oposición con un capital político del que nunca antes dispuso: la experiencia de haber ejercido el gobierno nacional. Durante décadas denunció al establecimiento, cuestionó sus métodos y convirtió la movilización en una de sus principales herramientas políticas. Después de cuatro años en el poder, conoce desde dentro la complejidad del Estado, la distancia entre el discurso y los resultados y la responsabilidad que acompaña cada decisión pública.
Ese aprendizaje exige memoria. Precisamente en momentos de mayor tensión política es cuando esa exigencia adquiere todo su sentido. Quienes vuelven a la oposición tendrán que juzgar al nuevo gobierno sin olvidar las dificultades que ellos mismos enfrentaron, los errores que cometieron y las promesas que dejaron pendientes. Ahora deberán demostrar cuánto aprendieron gobernando.
Colombia espera de esa oposición una actitud responsable, a la altura de la experiencia que deja haber ejercido el gobierno: capacidad de vigilar, señalar errores y proponer soluciones que sirvan al interés general, no a la conveniencia partidista. Su primer compromiso debe estar con el país, aun cuando ello exija renunciar a ventajas de corto plazo.
Las democracias más estables entendieron hace mucho que la oposición no es enemiga del Estado, ni tiene por qué serlo del gobierno de turno. La tradición británica, por ejemplo, consagró la expresión Loyal Opposition -Leal Oposición- para recordar que es posible discrepar del gobierno sin dejar de ser leal a las instituciones permanentes de la República.
En Colombia hemos entendido con demasiada frecuencia la política como una lucha por conquistar y conservar el poder. La madurez republicana comienza cuando una fuerza política comprende que el poder cambia de manos. La República permanece. También exige reconocer que las instituciones cumplen su función precisamente cuando no distinguen entre quien gobierna y quien se opone. Las mayorías cambian. La oposición responsable forma parte de la buena marcha del país. Los gobiernos pueden cambiar en una tarde. La cultura política necesita generaciones.
Este 7 de agosto comenzará un nuevo gobierno; el verdadero examen será comprobar si quienes dejan el poder pueden regresar a la oposición con serenidad, sentido de responsabilidad y respeto por las reglas que reclamaron cuando gobernaban.
No deja de ser simbólico que estas líneas se publiquen un 14 de julio. La Revolución Francesa enseñó al mundo que la libertad podía conquistarse. Más de dos siglos después, las democracias siguen aprendiendo una lección todavía más difícil: ejercerla con responsabilidad.
Colombia tiene ahora la ocasión de demostrar que también puede aprenderla y convertir la alternancia democrática en una lección de madurez política y convivencia republicana.
*Economista y analista internacional

