Fanático beisbolero con los Yankees de Nueva York y los Nationals de Washington, el centenario Alan Greenspan disfrutaba de la música afroamericana, especialmente el jazz, y de la cocina diversa que disfrutó en la niñez con vecinos griegos, rusos, judíos y cubanos en el norte de Manhattan, en Washington Heights, primera mitad del siglo XX.
El Enterrador, como se le llamó desde muy joven por sus atuendos oscuros y carácter reservado, hizo parte de la tecnocracia en su sentido más puro, sirviendo en gobiernos tan disímiles como los de Bush, Clinton con el cual tocó saxofón, Bush padre, Reagan y Ford, con quien se inició en la economía política después de la caída de Nixon.
Fue uno de los más conspicuos desarrolladores del idioma críptico que a veces usan los economistas para que el resto de la humanidad no sepa qué dicen, qué quieren o qué hicieron. El Cofrade Palacio Rudas se rebelaba contra el lenguaje de los comunicados de la Junta Monetaria, antecesora del Banrepública. Greenspan usaba el tono místico para evitar que lo dicho afectara los mercados o fuera interpretado en uno u otro sentido y para sus intereses, por los especuladores: “Algunos creen que me entienden. Pero hablo para que crean que me entendieron, sin lograrlo”. Esa especie de misticismo, por supuesto, le creó enemigos en los medios y en el congreso.
La Associated Press recogió la existencia en Wall Street del “Indicador del Maletín”, según el cual, en la cima de su poder, los mercados calculaban el peso del portapapeles de Greenspan para saber si en la reunión del Federal Reserve a la que se dirigía contemplaba discutir cambios en la política monetaria o no, según su volumen.
Convertido en Caballero por Isabel II, el afamado economista logró que la economía norteamericana sobreviviera a la burbuja de las tecnológicas, al final del siglo pasado, con su famosa frase de la “exuberancia irracional” que castigó los altísimos precios de esas acciones con solo abrir su boca. Sin embargo, la burbuja estalló duro en el 2000.
Su manera de enfrentar las crisis económicas consistió en aplicarles remedios, no en prevenirlas con. Decía que así castigaba a los que habían abusado. Creyente exagerado en el autocontrol de los agentes económicos, tardó en enfrentar con alzas recurrentes en las tasas de interés y limitación de las integraciones bancarias, la crisis de las hipotecas de segundo grado y de los derivados en 2008, dos años después de su retiro. Ante el congreso declaró que había cometido ese error, en gesto que reforzó su aura.
Fue defensor de la independencia y autonomía del FED, es decir de los bancos centrales. Cuando lo conocí en alguna conferencia, le oí decir que “frente a los presidentes, los banqueros centrales debemos tener talante de sobrevivientes”. En efecto, junto con colegas suyos se atrincheró para criticar la obsesión de Trump por minar la independencia del FED, errada política en la que coinciden todos los autoritarios, porque creen suficiente su iluminada intuición. No necesitan una instancia ajena a su capricho para garantizar la sanidad económica. Basta con sus ideas; sobran las de los que dicen saber.
Con Greenspan los bancos centrales pasaron de ser fijadores de tasas a fijadores de expectativas, estadio superior del capitalismo abierto, y que cubren inflación, tasa de cambio, crecimiento, es decir, varias de las más cruciales variables de las que dependen las decisiones de inversión de los agentes privados y de las tesorerías gubernamentales. Paralelamente sostenía que la integridad y la honestidad de los agentes y sus reguladores eran fundamentales para que ese capitalismo, basado en la autoestima y la confianza, diera frutos para toda la sociedad.
Greenspan, Mr. Burbuja, fue un líder sin duda. No perfecto, como es el verdadero liderazgo. Pero sabía reconocer errores y defender la salud de la economía de especuladores, insensatos y autoritarios.
Lección muy valiosa para la coyuntura colombiana.
*Exministro de Estado

