Democracia

Por

EDUARDO VARGAS

MONTENEGRO*

La democracia no es perfecta, pero es lo que tenemos.  Es el sistema electoral que hemos construido mientras la humanidad evoluciona hacia niveles de consciencia capaces de permitirnos decidir por consentimiento y desde formas más maduras de auto-organización, como la sociocracia.  Mientras tanto, convivimos con un modelo que trae consigo una sombra inevitable: la polarización. La democracia nació con ella.

Hoy esa polarización está exacerbada. Nunca habíamos tenido tanta información ni tantas plataformas para opinar. Las redes sociales ampliaron la posibilidad de expresarnos, pero también multiplicaron la manipulación, la agresividad y la necesidad compulsiva de imponer verdades.  Cada elección parece convertirse en una batalla emocional donde muchos olvidan que, antes de votar, seguimos siendo humanos.

¿Y desde dónde elegimos?  Elegimos desde nuestra historia y nuestras tradiciones familiares, salvo que la lealtad a nosotros mismos nos permita tomar distancia de aquello que ya no nos representa. Elegimos desde nuestras heridas, aprendizajes, conocimientos y apuestas de vida.  Desde nuestras necesidades personales y las de nuestros grupos de referencia.  A veces, incluso, desde la consciencia de un “Todos Nosotros” más amplio, que supere las mezquindades del yo y del nosotros pequeño. Y, por supuesto, elegimos desde nuestros egos y desde el nivel de consciencia que habitamos dentro de la gran espiral de la evolución.

Todo eso termina materializado en una sencilla y poderosa X sobre un tarjetón.

Yo, que hace casi veintitrés años inicié mi camino en este diario escribiendo sobre política, tanto social como electoral, hoy elijo poner mi voz al servicio de la Totalidad antes que del proselitismo político y la confrontación. Claro que tengo una elección definida. Está basada más en un espectro de consciencia que en un espectro político, aunque inevitablemente ambos se relacionen.

Y precisamente desde esa consciencia de Totalidad quiero hacerte una invitación: independientemente de los resultados electorales, impide que estos fragmenten tu familia, tus amistades o tus empresas. Desde nuestra libertad individual también podemos elegir permanecer unidos. Podemos privilegiar el diálogo sobre el debate, la hermandad sobre la rivalidad y la cohesión sobre la fragmentación.

Sí, hacerlo es más incómodo. Exige salir de nuestras zonas de confort. Muchos no querrán hacerlo. Pero algunos podremos marcar una diferencia profunda en nuestros entornos cercanos.

Porque ninguna ideología debería valer más que un abrazo, ninguna candidatura más que un vínculo y ninguna diferencia más que la posibilidad de reconocernos en la dignidad del otro. Tal vez la verdadera evolución colectiva no empiece cuando aprendamos a elegir mejores gobernantes, sino cuando aprendamos a mirarnos sin odio en medio de nuestras diferencias. Ese día, quizás, comprenderemos que la democracia no solo ocurre en las urnas, sino también en la manera como escuchamos, respetamos y cuidamos cada día a quienes piensan distinto.

*Analista

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