La hora del carácter

La hora del carácter

A escasas tres semanas de la primera vuelta presidencial, millones de colombianos comparten una sensación amarga, instalada poco a poco desde el comienzo mismo de este gobierno. El presidente terminó haciendo lo que le dio la gana y, para desconcierto de muchos, pareció que nadie hacía nada.

La afirmación resulta dura. También injusta en parte. Hubo instituciones que resistieron. Las altas cortes, sectores importantes de la Rama Judicial y el Banco de la República evitaron daños mayores. La inmensa mayoría de alcaldes y gobernadores mantuvieron los pies sobre la tierra, preservando gobernabilidad y sentido práctico mientras desde Bogotá se estimulaban tensiones que el país no necesitaba. Los gremios empresariales mantuvieron el pulso de la economía en medio de incertidumbres crecientes.

La Registraduría Nacional merece igualmente respaldo y respeto. En tiempos de sospecha y crispación política, ha preservado algo muy valioso: la confianza en el mecanismo electoral. Conviene rodearla y fortalecerla.

También haríamos bien en procurar observación electoral internacional seria e independiente. América Latina ofrece demasiados ejemplos de cómo empiezan ciertos deterioros. Primero parecen episodios pasajeros. Después se vuelven costumbre.

La raíz del problema, sin embargo, aparece en otra parte. Colombia atraviesa una claudicación ética difícil de justificar. Demasiados congresistas le dieron la espalda al país, seducidos por las gabelas de la Casa de Nariño, esa corrupción que aquí, con una indulgencia casi folclórica, seguimos llamando “mermelada”. El bochornoso caso de Iván Name y Andrés Calle, salpicados por las confesiones de Sneyder Pinilla y Olmedo López en el saqueo a la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo, retrata hasta dónde hemos descendido. Recursos destinados a aliviar tragedias humanas terminaron convertidos en moneda de negociación política.

Desafortunadamente, la corrupción siempre ha existido en Colombia. No tendría sentido negarlo. Bajo el llamado “gobierno del cambio”, sin embargo, alcanzó un grado de naturalización espeluznante. Lo que antes se procuraba ocultar hoy se justifica con desparpajo, sin el menor rubor, como si formara parte inevitable del ejercicio del poder.

Confieso que jamás imaginé ver semejante deterioro moral en tan poco tiempo. Sospecho que a muchos colombianos les ocurrió algo parecido. Quizá por eso el país tardó demasiado en reaccionar. Y todavía no alcanzamos a medir el daño institucional, económico y moral que estos años terminarán dejando.

La academia, que en otras épocas ayudó a iluminar debates difíciles, permaneció callada por temor a represalias anunciadas. La prensa cumplió mejor su tarea. Informó y puso sobre la mesa hechos que muchos habrían preferido ocultar. Pero ningún periódico reemplaza el liderazgo político.

En medio de esta atmósfera de incertidumbre, el asesinato de Miguel Uribe Turbay sigue pesando sobre el país. Con Miguel desapareció algo más que una candidatura. Muchos colombianos vieron extinguirse una posibilidad política real justamente cuando el deterioro institucional empezaba a sentirse con más fuerza.

Se suma ahora la partida de Germán Vargas Lleras, político curtido, conocedor del Estado como pocos, cuya presencia probablemente le habría servido mucho al país en estos años de extravío y delirios de balcón.

La tarea del próximo presidente será enorme. Tendrá que recuperar confianza, autoridad y rumbo. Un trabajo de reconstrucción nacional que, visto desde hoy, parece casi una misión imposible.

Yo, al menos, todavía quiero creer que Colombia sabrá reaccionar a tiempo.

 

*Economista*Analista internacional.

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