Niños caídos

Se ha dicho en todos los tiempos que la prioridad vital son los niños. La naturaleza ha fijado su primacía en el ADN de todos los seres vivos. Los políticos se desgarran las vestiduras proponiendo políticas públicas generosas con los más jóvenes, buscando no su favor, sino el de sus padres y parientes más vulnerables.

En Colombia padecemos los dos males más perversos con los niños: el reclutamiento por grupos armados ilegales de todo pelambre y la tragedia del desplazamiento, también en aumento.

En 50 años de existencia las extintas Farc reclutaron 19.000 menores. Combatientes baratos, fáciles de ilusionar, amedrentar e indoctrinar, los que lograron llegar a adultos en sus huestes armadas, no conocieron otro mundo: solo violencia e ilegalidad. La JEP los hizo visibles y tiene documentados miles de casos de esclavitud sexual de niños.

El ELN sigue con el vicio: entre enero de 2024 y finales de 2025 la Defensoría le achaca más de cien niños reclutados a la fuerza.

Crisis Group dice que en el país ya no hay hoy grupo armado ilegal, político o mafioso, que no esté reclutando menores cada vez más jóvenes.

Las cifras de la DP, amenazada en su presupuesto por publicarlas y por su papel crucial en la defensa de las elecciones, muestran que los niños negros e indígenas, los más vulnerables, son también los más perseguidos para engrosar a la fuerza las filas ilegales.

Unicef y oenegés especializadas, han estado denunciando los daños que se causan a la niñez en los frentes de batalla abiertos en varios lugares del mundo.

En Ucrania, dependiendo de la fuente, se estima que los niños deportados por Putin a Rusia desde territorio ucraniano ocupado, en estos cuatro años largos, puede ir entre 5.000 y 20.000. Por este delito internacional Putin y su Alta Comisionada para los Derechos de la Niñez, tienen orden de arresto de la Corte Penal internacional. Solo 1.500 han vuelto a Ucrania según Zelenski.

Los hay también reclutados forzosamente desde los 7 y 8 años para la diabólica YUNARMIYA, organización militar infantil fundada por el ministro de defensa de Putin, Shoigú, hace una década. Cuenta en Rusia con dos millones de niños en armas o entrenamiento, cincuenta mil en Ucrania ocupada. No solo los reclutan: los robotizan.

En El Líbano, hay 370.000 niños desplazados. Han muerto más de 300 en las últimas semanas.

En Irán, Israel y otros estados del Golfo, desde finales de febrero han caído más de 200 niños por la confrontación. Los heridos son miles.

En África, la guerra de una década en la República del Congo tiene 35.000 niños en armas. La violación de menores es aplicada por las partes enfrentadas, sin compasión.

En la República Centroafricana, más de 19.000 menores se han rescatado de la guerra y se teme por los miles aún atrapados en el reclutamiento.

La ONU estima en el Sahel más de 10 millones de niños atrapados en conflictos. Requieren ayuda humanitaria inmediata, que no llega.

Así podríamos ir de guerra en guerra, de tragedia en tragedia, midiendo la magnitud de la desidia por la infancia.

El mundo ya no habla de paz. Desearla, promoverla, se ve como síntoma de debilidad. Al confundir en muchos casos política con crimen organizado, negociar el fin de un conflicto político armado pasó a ser la última posibilidad de una lista de soluciones que se nutren con la soberbia del autoritarismo, por un lado, y de la falta de autoridad por el otro.

Audaces no son los que recomiendan y ejercen solo la fuerza. Lo son quienes, desde la superioridad del estado de derecho, se atreven a negociar el final de conflictos arraigados en la cultura de sus sociedades como si fueran el estado normal de las cosas.

Y después los sociólogos y demógrafos se sorprenden por la caída de la tasa de natalidad. Querer tener hijos en un mundo así, no es racional.

Cuando se pueda sensatamente buscar la paz de buena fe y al mismo tiempo reforzar la autoridad en democracia para favorecerla, debe hacerse sin ambages. Por los niños.

*Exministro de Estado

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