Los últimos acontecimientos del gobierno colombiano con Venezuela han estado marcados por silencios y ambigüedades malsanas.
La primera ambigüedad, por supuesto, es la de si el gobierno Petro reconoce al fin a Nicolás Maduro como presidente legítimo del vecino país. Recordemos que en un principio se dijo que el reconocimiento quedaba sujeto a la presentación de las actas electorales que acreditaran su legitima reelección. Esas actas nunca se presentaron. De manera que hoy en día el gobierno colombiano sigue sin reconocer a Maduro. Sin embargo, el pastor Saade viaja a Caracas y con gran descaro y usurpando funciones que no le corresponden, reconoce la legitimidad de Maduro. ¿Al fin qué? ¿Ya lo reconocimos o todavía el cuento de la presentación de las actas sigue en pie?
Después Maduro, en promocionada rueda de prensa, anuncia la firma del documento por el cual se crea la zona binacional entre los dos países. Y agrega, entre otras muchas bellezas, que por virtud de este documento de intenciones binacionales podría promocionarse una mayor “integración política y militar”.
Y como si lo anterior fuera poco, agrega que en este acuerdo de integración binacional entrarán no solo las zonas estrictamente fronterizas sino los territorios de los estados del Táchira y del Zulia; y que del lado colombiano harían parte la totalidad de los territorios que conforman los departamentos de Norte de Santander, Cesar y la Guajira.
La opinión pública colombiana fue tomada por sorpresa. ¿Cómo así que quien informaba los detalles del documento fundacional de la zona binacional era Maduro y no Petro? ¿Cómo así que el acuerdo podría ser la base de acciones conjuntas en lo “político y en lo militar”? ¿Qué significaba esto? ¿Se estaba menoscabando la soberanía nacional de alguna manera? ¿Cuál era el verdadero propósito de la zona de integración Binacional? ¿Podría haber patrullajes conjuntos de las fuerzas militares en el amplio territorio colombiano mencionado por Maduro? Tales fueron algunos de los interrogantes que inmediatamente se planteó la desconcertada opinión pública de nuestro país.
El gobierno Petro estuvo gagueando dos días sobre el tema, lo que dio pie como era lógico a encendidas debates en Colombia sobre el alcance de un documento que nadie conocía. Finalmente, y casi a regañadientes, el famoso memorando fue divulgado. Y resultó que su alcance en términos territoriales y de posibles cometidos integracionistas es mucho menor que el que dejó entender Maduro en su rueda de prensa.
Nos hubiéramos evitado un gran desgaste y dos días de encarnizados debates domésticos, si, simplemente, y como correspondía, el documento hubiera sido divulgado oportunamente por nuestra cancillería a la opinión pública. Con la información correspondiente al Senado.
Estas son las ambigüedades de la cancillería con relación a Venezuela que muestran el estilo bisoño e improvisado que prevalece en las relaciones con el vecino país. En las que el vocero de nuestro lado es el lenguaraz pastor que funge como canciller ad-hoc sin que a estas alturas no se sepa, fuera de las declaraciones del pastor, si el gobierno colombiano ya reconoció el gobierno instalado en Caracas o no. Es el reflejo de una diplomacia torpe.
Diplomacia torpe que por supuesto se extiende a otros ámbitos. Da la impresión que Bogotá, sin haber reconocido formalmente aún al equipo que gobierna en Venezuela, está interesado en hacerle gestos amistosos apresurados. El mismo que resulta cercano al llamado “Clan de los Soles” que fue nuevamente catalogado esta semana por los Estados Unidos dentro de la lista Clinton como narcoterrorista. Socio poco apetecible para que Colombia ande haciendo negocios con semejante grupo de indeseables. El trino del secretario Rubio el pasado domingo es demoledor y no deja dudas al respecto: “Maduro NO es el presidente de Venezuela y su régimen NO es el gobierno legítimo. Maduro es el jefe del Cartel de los Soles. Una organización narcoterrorista que se ha apoderado de un país. Y está acusado formalmente por introducir drogas en los Estados Unidos”
Un buen ejemplo de estos gestos apresurados de amistad hacia Maduro es el empeño del gobierno colombiano de comprarle a las volandas a Pequiven la planta productora de fertilizantes Monómeros, sin haber hecho siquiera un estudio previo y serio sobre el valor que pueda tener dicha empresa. Y el no menos sorprendente afán en clavarle dicha compra a Ecopetrol, mermándole así capacidad de inversión en su plan estratégico como empresa petrolera que es. Y distrayéndole recursos a la iguana- ya famélica- de su vocación natural.
Es apremiante entonces que el gobierno colombiano deje de gaguear e improvisar con relación a Venezuela; y sobre todo frente al gobierno que ocupa el palacio de Miraflores. Para que proceda a poner en práctica cuanto antes una política seria y articulada frente al país vecino.
*Exministro de Estado

