En estos días la política colombiana puso a prueba un principio elemental de la democracia. Ningún activismo político da permiso para pasar por encima de la dignidad de la persona.
Primero fue una niña. Apenas está aprendiendo a hablar. Un adulto irresponsable la llevó a la marcha de la semana y la puso en riesgo en medio de la multitud. Otro la grababa. Varios la usaron como imagen política y la instrumentalizaban. Mientras la niña creía que era un juego, una parlamentaria que la animaba no hizo nada por protegerla. Celebraba y se reía a carcajadas. Sin duda un abuso.
Nuestras normas no dejan dudas. La Constitución funda el Estado en la dignidad humana y particularmente protege a la niñez. La Convención sobre los Derechos del Niño hace de su interés superior una consideración primordial. El Código de la Infancia y la Adolescencia reconoce el riesgo que hay en las marchas, con una instrumentalización y una exposición evidentes. Lo que allí ocurrió amerita la intervención de la Defensoría de Familia del ICBF.
La libertad de expresión ampara la protesta y el desacuerdo. No libera a ningún adulto de su responsabilidad con el niño que lleva de la mano. Lo que esa niña aprendió ese día fue a burlarse del otro. Quien comparte el video para celebrarlo ayuda a que eso parezca normal.
Días antes había ocurrido el ataque contra la primera dama, Ana Lucía Pineda. El caricaturista y político, Matador publicó su fotografía con descalificaciones y burlas. No fue una crítica. Fue una agresión pensada para humillarla en público, con un lenguaje que nadie aceptaría contra su propia madre o su propia hija. Eso es misoginia.
Conozco a la primera dama. Sé de su capacidad y de su entrega al servicio social, y muchos en Colombia lo saben también. Lideró con éxito el programa de becas de la empresa del hoy Presidente. Durante la pandemia estuvo al frente de Cosecha Solidaria, una iniciativa que compró directamente a pequeños campesinos para que sus cosechas no se perdieran y convirtió esos alimentos en mercados para familias en riesgo de varios departamentos. Desde hace años la veo en sus redes cumpliendo ese papel de apoyar y aportar. Quien quiera preguntar por las ayudas a los damnificados puede hacerlo. Eso no le da licencia para buscar humillarla ni para desacreditarla. Al caricaturista, que intentó sin éxito llegar al Congreso, parece interesarle más el aplauso que el análisis. No pregunta. Grita.
Una niña y una mujer. Dos historias distintas con la misma pregunta de fondo. Ni la edad de la primera ni la dignidad de la segunda frenaron a quienes las convirtieron en blanco desde su ejercicio de su política.
Estos episodios no ocurren en el vacío. Vienen de apoyar al sector político que gobernó y habló durante cuatro años en nombre de la ética y de los derechos, y hoy enfrentan denuncias graves por el uso de cargos y recursos públicos en beneficio propio. Esa distancia entre el discurso y los hechos les quita autoridad. Se repite cuando dicen defender a las mujeres y aplauden, si la humillada está en la otra orilla. Y quienes más pierden son los jóvenes, que aprenden de lo que ven y no de lo que se proclama.
No escribo desde la neutralidad. Respaldo el rumbo que eligieron los colombianos y creo en el liderazgo del presidente De la Espriella. Por eso mismo me importa defender las reglas que hacen posible la democracia.
Una oposición vigorosa le sirve a cualquier gobierno. Cuestionar decisiones y exigir resultados es control democrático. Otra cosa muy distinta es exponer e instrumentalizar a una niña que apenas está en la primera infancia, y además celebrarlo. Eso vulnera su dignidad y sus derechos. Lo mismo ocurre cuando un excandidato al Congreso, como Matador, ataca a la primera dama como lo hizo. Esa no es oposición. Es pasar por encima de la dignidad de una persona.
La dignidad de una niña y la de una mujer no cambian según el bando de quien las mire. No es una bandera para izar por intereses personales y políticos.
*Exdirectora del Bienestar Familiar

