¡Apagón paralizó la ciudad!

El prolongado racionamiento de energía en Santa Marta paralizó la actividad comercial, canceló servicios de salud y trámites ciudadanos, mientras que el uso masivo de plantas eléctricas desató el caos vial

y una severa contaminación acústica en el Centro Histórico. Este impacto profundo ha afectado tanto la operatividad económica como la calidad de vida en la comunidad.

Cuantiosas fueron las pérdidas económicas que dejó el racionamiento ´obligado´ al que fue sometida Santa Marta. * El comercio, el sector gastronómico y oficina particulares los más afectados.

El Centro Histórico de Santa Marta y numerosos sectores residenciales amanecieron ayer lunes con un sonido poco habitual. No era el de los vendedores ofreciendo mercancías, ni el de los turistas recorriendo las calles, ni siquiera el del tráfico que suele acompañar el inicio de la semana.

Era el rugido incesante de decenas de plantas eléctricas que funcionaban al mismo tiempo.

En cada cuadra, el ruido de los generadores se mezclaba con el olor a gasolina y el calor que, sin ventiladores ni aires acondicionados, hacía todavía más pesada la jornada.

Ese fue el paisaje sonoro de un lunes diferente. Un lunes en el que el racionamiento programado de energía eléctrica dejó sin servicio durante más de diez horas al Centro Histórico y a más de 100 barrios de Santa Marta.

Quienes tenían recursos conectaron plantas eléctricas para mantener abiertos sus negocios. Quienes no, simplemente bajaron las rejas.

En vitrinas, edificios y oficinas comenzaron a aparecer hojas impresas con mensajes similares: «No hay atención por suspensión del servicio de energía».

Pacientes que acudieron a consultas médicas y odontológicas encontraron los consultorios cerrados. Las citas tendrían que esperar.

Algo parecido vivió Gerardo Gómez. Había salido de su casa para realizar un trámite en el Palacio Episcopal, pero al llegar encontró las puertas cerradas y un aviso informando que no habría atención al público debido al corte programado. El tiempo invertido y el dinero gastado en transporte quedaron reducidos a una visita frustrada y la obligación de regresar otro día.

AFECTADAS OFICINAS PÚBLICAS Y PRIVADAS

La escena se repitió en bancos y diferentes oficinas oficiales, donde tampoco hubo atención al público o la atención se vio limitada.

Los turistas tampoco escaparon a las consecuencias del apagón. Varios recorrieron el Centro buscando un cajero automático que funcionara para retirar efectivo, pero la mayoría permanecía fuera de servicio. Algunos desistieron de hacer compras; otros cambiaron sus planes ante la imposibilidad de obtener dinero.

En las calles, el apagón también alteró la movilidad.

La falta de energía dejó fuera de servicio numerosos semáforos, especialmente durante las horas de mayor circulación vehicular, generando congestiones y obligando a conductores y agentes de tránsito a improvisar para evitar accidentes.

Mientras tanto, en los colegios ubicados en esta zona de la ciudad tampoco hubo clases.

Con esta suspensión, varias instituciones completaron cuatro lunes consecutivos sin actividad académica, una cadena de interrupciones marcada por días festivos, un día cívico y ahora el racionamiento eléctrico.

IMPACTO EN EL COMERCIO

El comercio fue el que sintió con mayor fuerza el impacto. Varias megatiendas permanecieron cerradas durante toda la jornada y numerosos almacenes trabajaron a media marcha, soportando altas temperaturas, escasa afluencia de compradores y constantes dificultades para recibir pagos electrónicos debido a las fallas en la conectividad ocasionadas por el mismo corte de energía.

Para Yoneris Toro, administradora del almacén Payless, la indignación iba más allá del apagón. Lo que cuestiona es el momento elegido para realizarlo.

«¿Cómo es posible que hagan un corte un lunes, cuando son los días que mejor nos va en la semana?», se pregunta mientras observa un almacén casi vacío. Considera que este tipo de mantenimientos debieron programarse un domingo, cuando el movimiento comercial disminuye considerablemente.

A eso se suma el costo de mantener funcionando una planta eléctrica. “La gasolina está muy cara y además tenemos que soportar un ruido molesto durante todo el día. Es un gasto adicional que nadie nos reconoce», afirma, convencida de que la programación de estos trabajos debería considerar el impacto económico sobre cientos de comerciantes.

La misma percepción tiene Luz Mila Cardona, administradora del almacén D’Moda.

Mientras el ventilador permanece inmóvil por falta de electricidad, describe una tienda prácticamente vacía y un personal exhausto por las altas temperaturas.

«El calor es demasiado. Uno llega a la casa completamente agotado», comenta. Pero asegura que la mayor preocupación sigue siendo otra: las ventas.

Por eso insiste en que los mantenimientos deberían realizarse en horarios o días que afecten menos la actividad económica, como un domingo en la tarde o muy temprano en la mañana, y no durante los primeros días del mes, cuando tradicionalmente aumenta el movimiento comercial.

Con el paso de las horas, el calor hacía más corta la permanencia dentro de los locales y la imposibilidad de realizar transferencias o pagos digitales terminaba alejando aún más las ventas.

Las pérdidas son, por ahora, incalculables. Lo que sí quedó claro es que, durante más de diez horas, no solo se apagó la electricidad. También se ralentizó la vida económica, institucional y cotidiana de una ciudad que comprobó, una vez más, hasta qué punto depende de un servicio que solo se valora en toda su dimensión cuando deja de estar disponible.

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