Colombia es un país atrapado en una perenne tanda de penaltis donde árbitros cambian las reglas a mitad del cobro. Vivimos un momento de confusión nacional absoluta. Un estado mental colectivo donde no sabemos si el pitazo decreto un golpe de Estado, un fuera de lugar o, simplemente, la enésima suspensión de mesa de empalme. Todo se mezcla en el mismo caldo de cultivo: la geopolítica del cafetín y la frustración deportiva.
Por un lado, la selección Colombia regresa con las manos vacías tras jugar contra la implacable frialdad suiza. Una eliminación que dolió en el alma y que reactivó las eternas suspicacias contras la FIFA, sus arbitrajes erráticos y ese catálogo de tarjetas sancionatorias que siempre parecen estar del lado del más poderoso. Mientras la opinión pública global debate quien se alzará con la copa de campeón, en el plano local la expectativa es mucho más glamurosa y bastante ácida. Aquí la única certeza es el consuelo del táctico.
Paralelamente el escenario político imita el desorden de la cancha, la transición del poder se ha convertido en un partido trabado y violento. Los ministros intentan avanzar en un proceso de empalme que prospera a tropezones, suspendiendo mesas técnicas para instalar “empalmes populares ante el pueblo”, toda una pirueta institucional que la oposición tilda de desacato.
Las manifestaciones del presidente saliente, y su renuencia inicial a digerir la victoria de la contraparte, mantienen al país al borde del infarto civil. La polarización es tal que figuras como Iván Cepeda ya alzaron la voz en protesta radical, alertando que las propuestas del gobierno entrante -como las mega cárceles y el regreso a estructuras de choque urbano– configuran la antesala del modelo paramilitar. La confusión es total.
El ciudadano de a pie enciende el televisor y no logra distinguir si el “ruido de sables” del que hablan los políticos es una amenaza a la democracia o un análisis del planteamiento defensivo de la tricolor, pues el inconformismo de la oposición se confunde con el llanto del penalti errado de Davison Sánchez; mientras que la advertencia de Cepeda sobre el nuevo rumbo del país resuena con el mismo eco trágico de la eliminación mundialista.
Buscamos un campeón en el fútbol mientras tenemos el ganador en la política, entre tanto Colombia opera bajo la lógica de una falta penal perpetua: donde el VAR está permanentemente averiado, las tarjetas rojas se sacan por Twitter y los directores técnicos prefieran incendiar el estadio antes que aceptar el resultado del marcador.
Al final nos queda la incómoda sospecha de que, tanto en las canchas de Vancouver como en los pasillos de la Casa de Nariño, el partido de nuestra estabilidad se definió por un mal arbitraje y un país que se acostumbró a jugar a la defensiva.
*Exdirector de la Policía Nacional

