Por fortuna y para evitar algunos embelecos y codicia la edificación cuenta con Protección Legal. El estadio fue declarado Patrimonio Cultural de la Nación bajo la Ley 1888 de 2018. Esto impide legalmente derribarlo o destinar el suelo a proyectos que no conserven su valor histórico y social, como pretendió un gobierno de la época.
Por
ULILO
ACEVEDO SILVA
Director
La historia real de la idea, para la construcción de los estadios de fútbol Eduardo Santos, béisbol, baloncesto y la piscina olímpica de Santa Marta, están relacionadas entre sí. Es una historia apasionante, rodeada de amor por la ciudad, de una inigualable visión de dirigentes, que pusieron todo su empeño para dotar a la capital del Mgdalena de una Villa Olímpica con unos escenarios deportivos que catapultaran a la ciudad ante el país.

Así lo reseña un escrito que don Moisés Ponce Lozano le envió a Eduardo Dávila Armenta, el mayor accionista del Unión Magdalena, e hijo de uno de los dirigentes cívicos y empresariales que ayudó y contriobuyó a cristalizar el sueño, don Eduardo Dávila Riascos.
El documento revela que, en 1938, cuando en campaña prelectoral para la Presidencia de la República, vino a esta ciudad, Eduardo Santos Montejo, Don Eduardo Dávila Riascos, padre del mayor accionista del equipo samario Eduardo Dávila Armenta y don Moisés Ponce Lozano, hicieron parte del Comité de Recepción, que también acompañó Guillermo Fuentes Guardiola.
Invitaron al presidente Santos Montejo para que viera lo que en Santa Marta tenían como cancha de fútbol que, no pasaba de ser un peladero, con dos porterías, donde hasta ese año, habían conquistado tres veces el Campeonato Olímpico Nacional de Fútbol.
Allí le anunciaron al candidato presidencial que abrigaban la esperanza de que en su gobierno se dotaría a Santa Marta de un escenario digno de su tradición deportiva.

Según el arquitecto Moisés Ponce Lozano, Santos Montejo, no solo prometió, sino que cumplió su ofrecimiento con un auxilio que se utilizó para tapiar el terreno y construir una pequeña gradería en su parte occidental.
En una visita a la ciudad, el doctor Jorge Leyva, ( padre del polémico excanciller Álvaro Leyva Durán) que oficiaba como Ministro de Obras Públicas del gobierno de ese entonces, para una inspección a los muelles del terminal marítimo, le solicitaron su aporte para construir parte de las graderías en concreto, el funcionario aportó la suma de 100 mil pesos.
VI JUEGOS ATLÉTICOS NACIONALES
Cuando se designó a Santa Marta como sede de los VI Juegos Atléticos Nacionales, el gobernador de ese entonces, Joaquín Campo Serrano designó a don José B. Vives D’Andreis, don Eduardo Dávila Riascos, don Emilio J. Bermúdez y al mayor Luis Fajardo para que conformaran el Comité Organizador de los mismos. Era como se dice en el Argote popular, ´cipote comité´ al que no le quedaba grande nada. La visión, el entusiasmo, la actitud ciudadana de estos señores ilusionaba a toda una comunidad.

Ese comité en su primera reunión quedó constituido como presidente por don José B. Vives, vicepresidente don Eduardo Dávila Riascos; vocales Emilio J. Bermúdez y Luis Fajardo y secretario Ejecutivo, el arquitecto Moisés Ponce Lozano.
“En su primera reunión el comité se dedicó al estudio de los actos protocolarios, la preparación de los deportistas y la adecuación de los escenarios deportivos, de los cuales el único a medio construir era el Eduardo Santos en terrenos que no tenían títulos, por lo cual el Comité Organizador solicitó al gobernador Campo Serrano que comprará para el Departamento esos terrenos y los que ocupan los Estadios de Béisbol, Baloncesto y la Piscina Olímpica”, recuerda en su comunicación don Moisés Ponce.
Con los aportes del Departamento, don José B. Vives y don Eduardo Dávila Riascos contrataron los servicios de la firma Gabriel Villa & Cía., para el estudio, planos y presupuestos para la terminación del que más adelante sería bautizado con el nombre de estadio ´Eduardo Santos Montejo´ y construcción del de béisbol y la Piscina Olímpica y con un ingeniero de Barranquilla, el escenario de baloncesto.

En su relato, don Moisés Ponce advierte que, elaborados los planos y presupuestos se presentó la situación de que ni el Comité ni el Departamento estaban capacitados para acometer las obras por falta de recursos.
AUDIENCIA CON EL PRESIDENTE
Ante esta circunstancia, el Comité visitó al gobernador para sugerirle que concertara una audiencia con el presidente Mariano Ospina Pérez y que con dos de sus miembros se trasladara a Bogotá para solicitar del Gobierno Nacional los recursos necesarios.
Como asesores del gobernador para esta diligencia en la capital de la República, fueron escogidos don Emilio J. Bermúdez y don Moisés Ponce Lozano.

Recibidos en el Palacio de San Carlos, (antes era la sede el Gobierno, ahora funciona la Cancillería, y el poder presidencial se mudó a la Casa de Nariño) al presidente, le expusieron el motivo de la visita y antes que el jefe de Estado tomara una decisión dijo que deseaba conocer el dictamen del Jefe del Departamento de Educación Física, del Ministerio de Educación, el más tarde reconocido periodista y Director de las páginas deportivas de El Espectador, don Miguel Forero Nouges, con quien la comisión sostuvo una entrevista por varias horas.
De acuerdo a los plasmado en su relato por el arquitecto Moisés Ponce Lozano, el señor Forero Nougues, rindió al presidente un dictamen favorable, los citó para manifestarles que el presidente tenía el más vivo deseo de que la celebración de los Juegos se hiciera en Santa Marta, tuvieran el mejor de los resultados, pero que en el Presupuesto Nacional no había ningún rubro de que pudiera disponer ni ley que lo autorizara para esta clase de auxilios.
Pero encontraron una solución y consistía en que, la Tesorería General de la Nación expediría diez bonos de tesorería por cien mil pesos cada uno pagaderos en diez meses a razón de uno por mes.

EL NEGOCIO CON LOS BANCOS
“Estos bonos se harían a nombre del Departamento del Magdalena con el objeto de que el gobernador Joaquín Campo Serrano los negociara con los Bancos de Santa Marta, y de esta manera se le pudieran entregar en su totalidad al Comité Organizador”, sostiene el relato de don Moisés Ponce.
Finalmente, fue así como pudieron construirse los escenarios deportivos que hoy forman la que fue conocida como la Villa Olímpica Simón Bolívar, se contrataron los técnicos, prepararon los deportistas y atendieron debidamente a las embajadas deportivas que, para esa fecha, nos visitaron.
Así de esta manera aunando esfuerzos entre muchos, se forjó la construcción no solo del Estadio Eduardo Santos, el de Béisbol Eduardo Hernández Pardo y el de Baloncesto, que integraron la Villa Olímpica de Santa Marta, detalló don Moisés Ponce en su carta.

UN GIGANTE OLVIDADO
Por décadas, cada vez que el sol comenzaba a esconderse detrás de los cerros samarios, una multitud caminaba en la misma dirección. Eran hombres con radios pegados al oído, mujeres con camisetas gastadas por el tiempo, niños que soñaban con ser futbolistas y vendedores ambulantes que encontraban en el fútbol una manera digna de ganarse el pan. Todos tenían el mismo destino: el Estadio Eduardo Santos.
Durante años fue mucho más que una construcción de cemento. Fue un lugar de encuentro, una especie de templo popular donde Santa Marta reía, sufría, celebraba y lloraba unida. Allí miles de samarios encontraron una identidad común. Allí se abrazaron desconocidos después de un gol. Allí nacieron recuerdos que todavía sobreviven en la memoria colectiva de la ciudad.
Hoy, sin embargo, ese gigante permanece en silencio. Y duele. Duele porque el abandono de un estadio también es el abandono de una parte de nuestra historia. Cuando nació un sueño La historia del Estadio Eduardo Santos comenzó en una Santa Marta muy distinta a la actual.

Era una ciudad más pequeña, más tranquila, donde el fútbol ya ocupaba un lugar privilegiado en el corazón de la gente. En aquellos años surgió la necesidad de construir un escenario que estuviera a la altura de la pasión deportiva de la región.
Así nació el estadio que llevaría el nombre de Eduardo Santos Montejo, expresidente de Colombia y una de las figuras políticas más influyentes del siglo XX.
Con el paso de los años, el escenario fue creciendo junto con la ciudad. Generaciones enteras desfilaron por sus graderías. Miles de samarios recuerdan todavía el olor de las empanadas recién hechas, el sonido de los tambores, los gritos de las barras y la emoción que se sentía cuando los equipos saltaban a la cancha.

ERA UN SÍMBOLO
El Eduardo Santos no era simplemente un estadio. Era un símbolo. Era una declaración de identidad. Era una manera de decirle al país que Santa Marta también respiraba fútbol. El hogar de los sueños
Mucho antes de las remodelaciones modernas y de los grandes complejos deportivos, el Eduardo Santos fue la casa de innumerables deportistas.
Allí jugaron equipos históricos. Allí se formaron jóvenes que luego llegarían al profesionalismo. Allí miles de niños asistieron por primera vez a un partido y descubrieron que el fútbol podía ser una pasión para toda la vida.
Durante décadas, el estadio fue uno de los puntos de referencia más importantes de la ciudad.Bastaba mencionar su nombre para que cualquier samario supiera exactamente de qué lugar se estaba hablando. Era parte del paisaje urbano. Parte de la conversación cotidiana. Parte del alma de Santa Marta. Los domingos alrededor del estadio parecían fiestas populares. Las calles se llenaban. Los negocios prosperaban. Los taxistas trabajaban. Los vendedores obtenían ingresos. Las familias compartían. El fútbol generaba movimiento económico, social y cultural. Era una cadena de vida que beneficiaba a miles de personas.

LA LLEGADA DEL SILENCIO
Pero un día el silencio comenzó a ocupar los espacios donde antes reinaba la alegría.
La construcción del nuevo escenario para los Juegos Bolivarianos de 2017 trasladó la actividad principal hacia el estadio de Bureche, bautizado con el sugetivo nombvre de ´Estadio Sierra Nevada´.
La ciudad celebró con razón la llegada de una nueva infraestructura deportiva. Sin embargo, en medio de ese avance, el viejo Eduardo Santos quedó atrapado en una especie de limbo. Poco a poco comenzaron a desaparecer los partidos.
Después desaparecieron las multitudes. Luego llegaron los candados. Y finalmente apareció la indiferencia.
Lo que alguna vez fue un símbolo terminó convertido en una estructura envejecida que parece esperar pacientemente que alguien vuelva a mirarla. Como sucede con tantos lugares cargados de historia, el mayor enemigo no ha sido el tiempo. Ha sido el olvido.

UN ESTADIO QUE TODAVÍA RESPIRA
Quien pasa hoy frente al Eduardo Santos puede pensar que ya cumplió su ciclo. Pero estaría equivocado. Porque los escenarios deportivos también tienen memoria. Y el Eduardo Santos conserva una memoria inmensa. Sus graderías guardan miles de historias. Cada rincón conserva fragmentos de una ciudad que creció junto a él. Allí permanecen los ecos de las celebraciones. Las voces de los narradores deportivos. Los goles inolvidables. Las derrotas dolorosas. Los abrazos colectivos. Las tardes que parecían eternas. Un estadio no muere cuando deja de albergar partidos. Muere cuando una sociedad decide olvidar lo que significó. Y Santa Marta todavía está a tiempo de evitarlo.
¿Qué necesita el Eduardo Santos?
La pregunta ya no es si el estadio merece una segunda oportunidad.
La verdadera pregunta es por qué todavía no la tiene. La ciudad necesita una decisión clara sobre su futuro. Necesita una intervención integral.

Necesita mantenimiento estructural. Necesita recuperación física. Necesita seguridad. Necesita espacios adecuados para la práctica deportiva comunitaria. Necesita convertirse nuevamente en un punto de encuentro para la juventud. Pero, sobre todo, necesita una visión.
Porque el Eduardo Santos podría transformarse en mucho más que un estadio. Podría convertirse en un gran complejo deportivo y cultural. En una escuela permanente de formación para niños y jóvenes. En un escenario para eventos deportivos regionales.
En un centro de integración comunitaria. En un símbolo de recuperación urbana. Las grandes ciudades del mundo han entendido que preservar sus escenarios históricos no es un gasto. Es una inversión en identidad
La deuda de la dirigencia Aquí surge una verdad incómoda. Durante años se ha hablado del futuro del Eduardo Santos. Se han escuchado anuncios. Se han conocido propuestas. Se han formulado promesas.

Pero los resultados concretos siguen siendo insuficientes. Mientras tanto, el deterioro continúa.
Y cada día que pasa hace más costosa su recuperación. La ciudad necesita que sus dirigentes, sin importar colores políticos, entiendan que este no es un asunto menor.
No se trata únicamente de ladrillos y cemento.
Se trata de patrimonio.De memoria. De historia. De sentido de pertenencia. El estadio forma parte de la identidad samaria. Y cuando una ciudad pierde sus símbolos, pierde parte de sí misma. Un llamado desde la memoria
Tal vez la próxima vez que pasemos frente al Eduardo Santos deberíamos detenernos unos segundos. Mirarlo. Recordarlo. Escuchar en silencio las historias que todavía guarda entre sus muros. Porque detrás de esas estructuras envejecidas existe una parte importante de lo que somos. Los pueblos que respetan su historia construyen mejor su futuro. Y Santa Marta tiene la obligación moral de rescatar uno de sus escenarios más queridos. No por nostalgia. No por romanticismo. Sino porque representa una herencia colectiva que merece seguir viva.

EL ESTADIO NOS NECESITA
Hay edificios que simplemente ocupan espacio.
Y hay otros que ocupan un lugar en el corazón de la gente. El Eduardo Santos pertenece a esta última categoría. Por eso esta no es una crónica sobre un estadio. Es una crónica sobre una ciudad que corre el riesgo de olvidar parte de su memoria. Es una crónica sobre generaciones que crecieron bajo sus graderías.
Es una crónica sobre la necesidad de recuperar aquello que nos une. Santa Marta tiene muchos desafíos. Pero también tiene símbolos que vale la pena defender.

Y entre ellos se encuentra este viejo gigante de concreto que todavía espera una nueva oportunidad. Quizás el estadio no puede hablar. Quizás sus tribunas permanecen silenciosas. Quizás sus puertas ya no reciben las multitudes de otros tiempos. Pero si pudiera pronunciar una sola frase, seguramente diría algo muy simple:
«Samarios, aún estoy aquí.» Y tendría razón.
Porque sigue aquí. Esperando. Resistiendo.
Soñando. Con volver a escuchar el rugido de su gente. Con volver a sentirse vivo.
Con volver a ser, simplemente, el inolvidable Eduardo Santos!
*Director General


