El invierno no es el único culpable de los derrumbes en El Rodadero

Las laderas de los cerros en la ciudad de Santa Marta, específicamente en El Rodadero, poseen pendientes críticas. Su principal escudo protector es la capa vegetal nativa y la porosidad de su suelo, y el hombre la está destruyendo. /MONTINER ALVIS

El desastre del pasado 3 de febrero de 2026 nos dejó una lección dolorosa. Es imperativo que como comunidad comprendamos cómo el pastoreo incontrolado y la alteración de cotas prohibidas destruyen la ingeniería natural de nuestros cerros.

Por:

LUIS IGNACIO

DÍAZGRANADOS

VILLARREAL*

Cada vez que la temporada de lluvias se asienta sobre el Distrito Turístico, el temor a las inundaciones y las escorrentías masivas se cierne sobre los barrios de Santa Marta.

Este es el caso de los sectores que colindan con nuestros sistemas de cerros, como el sector de La Llorona, entre Gaira y El Rodadero. La respuesta colectiva suele ser la misma: culpar a la intensidad del invierno o a la «mala suerte».

Sin embargo, un análisis técnico y ambiental de los hechos nos obliga a mirar más arriba de la ladera y asumir una realidad incómoda: los desastres de la cota baja se acumulan, mes a mes, en la cota alta. El colapso de tierra y lodo vivido el pasado 3 de febrero de 2026 no fue un simple capricho de la naturaleza. Fue la manifestación visible de un proceso de degradación antrópica (causada por el hombre) que continúa activo y que requiere de una profunda socialización y educación comunitaria si queremos evitar futuras tragedias urbanas.

La ingeniería natural que estamos destruyendo Para comprender por qué se viene abajo un cerro, primero debemos entender cómo se mantiene en pie.

Las laderas de los cerros en la ciudad de Santa Marta, específicamente en El Rodadero, poseen pendientes críticas. Su principal escudo protector es la capa vegetal nativa y la porosidad de su suelo. Las raíces de la vegetación actúan como una malla de concreto natural que amarra la tierra, mientras que el suelo poroso funciona como una esponja gigante que absorbe el agua de lluvia, regulando su bajada hacia los canales naturales.

¿Qué pasa cuando alteramos este equilibrio?

Dos fenómenos específicos, aparentemente aislados, pero mortalmente complementarios, destruyen esta ingeniería natural: La ocupación en cotas no permitidas: El levantamiento de estructuras informales o modificaciones del terreno en la parte alta de la montaña desestabiliza mecánicamente el talud.

Al alterar la ladera para abrir espacio o caminos sin estudios geotécnicos, se rompe el ángulo de reposo de la tierra, dejándola «lista para caer» ante cualquier detonante. El pastoreo caprino y el efecto «Pata de Cabra»:  Quizás el peligro más silencioso y menos conocido por la ciudadanía es el tránsito libre de ganado caprino (chivos) por los cerros. Estos animales no solo arrasan con los brotes de vegetación protectora nativa, impidiendo que el cerro se reforeste; además, sus pezuñas compactan la tierra de manera sistemática. En la ciencia del suelo, esto se conoce como el efecto «pata de cabra». Al compactarse mecánicamente la tierra por el paso de cientos de animales, la «esponja» del cerro se cierra. El suelo forestal pierde toda capacidad de infiltración de agua y se convierte, literalmente, en una rampa lisa y dura.

El foco de la perturbación en la frontera urbanística Es imperativo que como comunidad samaria identifiquemos geográficamente dónde se genera el riesgo para exigir el cumplimiento de la ley. Este rebaño caprino deambula de forma incontrolada por el Suelo de Protección Forestal de los Cerros de La Llorona, concentrándose en las cotas más altas, casi en la corona del cerro, en un área que colinda con la Urbanización Villa Roca ubicada en El Rodadero. Si bien su ubicación exacta en cada momento es incierta debido a que vagan sin rumbo por toda la montaña, su impacto destructivo es permanente.

A pesar de que en anualidades anteriores esta grave situación ya se había denunciado formalmente ante las entidades responsables, específicamente ante el Dadsa, advirtiendo sobre la evidente degradación que causa el ganado en este ecosistema de ladera, la realidad fáctica desvirtúa cualquier reporte de normalidad institucional.

Registros fotográficos recientes demuestran que los animales continúan invadiendo estas laderas y utilizándolas como zona de pastoreo extensivo, destruyendo la cobertura forestal que sostiene la montaña sobre las viviendas. El nexo causal: Así se fabrica una avalancha Cuando el suelo ya está compactado por los animales y la vegetación ha sido removida por estos animales y por intervenciones humanas en cotas prohibidas, el escenario para el desastre está servido.

Al caer un aguacero —como el del 3 de febrero—, el agua no puede penetrar en la montaña. En lugar de infiltrarse de forma segura, el 100% de la lluvia corre por la superficie a gran velocidad.

Esta escorrentía superficial masiva empieza a arrastrar la capa de tierra suelta, los escombros de las construcciones altas, el lodo y material suelto de gran tamaño (rocas), ganando peso y velocidad vertical a cada metro.

El resultado final es la masa destructiva que impacta contra las viviendas y las infraestructuras de la parte baja. El invierno solo pone el agua; nosotros, a través de la falta de control ambiental, ponemos los materiales para la avalancha. La urgencia de la incautación frente a la ceguera institucional La pedagogía ambiental nos enseña que el territorio es un solo cuerpo.

Lo que se hace de manera irresponsable en la cima de la montaña afecta directamente la vida, la seguridad y el patrimonio de las familias que habitan en las partes bajas. A pesar de que esto ya fue informado a las autoridades distritales y ambientales (como el Dadsa, Corpamag y la Secretaría de Planeación), estas afirman en sus reportes oficiales ‘no encontrar el foco de perturbación’.

Por este motivo, ante la ceguera de las inspecciones de escritorio y la flagrancia de la perturbación en el terreno, ya no bastan los llamados de atención escritos. Es de carácter Urgente que las autoridades competentes ejecuten de inmediato un operativo de aprehensión e incautación preventiva de estos semovientes, tal como lo ordena el Código Nacional de Seguridad y Convivencia Ciudadana (Ley 1801 de 2016) para animales que deambulan sin control en zonas de protección o linderos ajenos.

Mantener los animales sueltos no solo es una flagrante infracción urbanística y ambiental; es una omisión administrativa que sostiene una amenaza latente de remoción en masa en temporada de lluvias.

La incautación y traslado de los caprinos a un coso oficial es la única medida material que cortará de raíz la erosión de los suelos. Como sociedad, no podemos seguir tratando las emergencias invernales como «desastres naturales». Es hora de educarnos, vigilar nuestro entorno y entender que proteger la cobertura de nuestros cerros es, fundamentalmente, defender la vida de todos los samarios. * Arquitecto-Urbanista / Espacio Ciudadano

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