¿Qué quiere el pueblo colombiano?

En esta elección presidencial, una parte importante del pueblo colombiano ha mostrado poco interés en los debates políticos donde los candidatos exponen sus ideas, experiencia y capacidad de gobernar, aun cuando estos espacios son fundamentales porque permiten comparar propuestas y evaluar la preparación de quienes aspiran al poder.

Pero para millones de ciudadanos que viven en condiciones de pobreza la prioridad es otra: sobrevivir. Cuando una familia no tiene garantizada la comida, la vivienda, el empleo o la estabilidad económica, resulta comprensible que las discusiones técnicas y los discursos elaborados pierdan relevancia frente a las promesas inmediatas de bienestar material.

Así que muchos sectores populares no buscan necesariamente al candidato más preparado o con mayores conocimientos para gobernar a Colombia. El pueblo busca y oye a quien les prometa aliviar sus necesidades más urgentes. De manera que las ofertas de dinero gratis en su bolsillo en forma de subsidios, aumentos salariales inmediatos, empleo en la burocracia estatal u otras clases de ayudas económicas o beneficios directos, terminan teniendo un impacto muchísimo más fuerte que un debate lleno de cifras y argumentos complejos.

El ciudadano golpeado por la inflación, el desempleo y la desigualdad no vota pensando en programas de largo plazo, sino en quién puede mejorar su situación inmediata. No importa qué tan sostenible sean sus ofertas dentro de unos años.

Esta realidad ha sido aprovechada históricamente por numerosos líderes populistas. Algunos astutos candidatos entienden que las emociones y las promesas simples generan más conexión que los análisis profundos sobre economía, seguridad o institucionalidad. Por eso recurren a discursos cargados de esperanza, resentimiento o ilusiones, aun cuando muchas de sus propuestas sean difíciles de cumplir.

El problema es que, en numerosas ocasiones, esas promesas terminan convirtiéndose en falsas expectativas que alimentan un círculo de decepción política. El pueblo tampoco entiende que estas propuestas hechas por comunistas como Iván Cepeda traen camuflado el autoritarismo estatal y, peor aún, la pérdida de las libertades democráticas. Ese pueblo terminará siendo un esclavo del Estado, como lo es y lo ha sido por 60 años el pueblo hambriento de Cuba.

El pueblo suele aferrarse a quien le habla de soluciones rápidas y directas. Le importa más la percepción de cercanía y la sensación de que “por fin alguien piensa en los pobres”. En consecuencia, la política se transforma en una competencia de ofertas emocionales más que en una discusión racional sobre proyectos de país.

En Colombia la democracia, agobiada por la constante guerra contra el narcotráfico y las guerrillas comunistas, no ha logrado traducirse en suficientes oportunidades reales. Entonces el pueblo, sin analizar bien las consecuencias, se inclina por personajes como Gustavo Petro e Iván Cepeda, que prometen cambios radicales y beneficios inmediatos. El voto deja de ser una evaluación de capacidades y se convierte en una reacción frente a la desesperación.

Reducir la política únicamente a promesas económicas falsas es profundamente peligroso para el futuro del país y naturalmente para el pueblo. Gobernar requiere preparación, experiencia, conocimiento institucional y capacidad para tomar decisiones complejas.

Un candidato que solo alimenta ilusiones sin planes viables puede terminar profundizando los problemas sociales y económicos que prometía resolver. Por eso, aunque las necesidades materiales del pueblo son legítimas y urgentes, también es fundamental que el pueblo exija no solo promesas atractivas, sino también propuestas responsables y realistas.

*Analista

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