El 3 de enero de 2026 pasará a la historia como el día en que las armas estadounidenses llevaron a la justicia a Nicolás Maduro Moros, poniendo punto final a sus trece años de tiranía. Si su predecesor, Hugo Chávez, fue quien destruyó la democracia venezolana y la condujo a la dictadura socialista, Maduro representó la plena culminación de ese proyecto, dejando así el legado más nefasto de cualquier mandatario latinoamericano desde el repugnante Fidel Castro.
Durante su mandato, los venezolanos padecieron un colapso económico absolutamente catastrófico. Entre 2013 y 2021, sus ingresos per cápita decrecieron en un 74%, alcanzando niveles comparables a los de Angola o Zimbabue. Un país antiguamente conocido por su relativa prosperidad se convirtió en el tercer país más pobre del hemisferio, superando únicamente a Nicaragua y Haití. Al mismo tiempo, la hiperinflación generada por la emisión desaforada de moneda como mecanismo de financiación del Estado llevó a que el Bolívar perdiera el 99,99% de su valor, acabando así con los escasos ahorros de la mayor parte de la población.
Bajo estas condiciones, lejos de generar la dignidad material que prometieron los chavistas y sus defensores internacionales, el régimen de Maduro condujo a la generalización de la miseria. Hoy podemos aproximar que en 2021 hubo aproximadamente 22 millones de venezolanos en condiciones de pobreza extrema – es decir, con ingresos por debajo de los USD3 diarios- representando alrededor del 70% de la población. Ese año, hubo apenas 25 millones de personas bajo esas condiciones en todo el resto de Sudamérica. Es decir, con apenas el 6.6% de la población del continente, Venezuela llegó a representar el 46% de sus habitantes en la miseria.
El legado de Maduro también fue el de un tirano rapaz y despiadado. Recibió una Venezuela autoritaria, con escasa separación de poderes y pocas garantías para la oposición, pero donde esta última aún controlaba algunos focos de poder institucional. Con su convocatoria de una Asamblea Nacional Constituyente en 2017, disolvió la legislatura del país, controlada, por primera vez en el siglo XXI, por fuerzas anti-chavistas.
Al desconocer la victoria electoral de Edmundo González en 2024, fabricando una realidad alternativa a partir de la mentira más salvaje, acabó con la pantomima de la manipulación electoral disimulada para revelar una dictadura abierta y sin matices. En el proceso, asesinó a más de 20,000 opositores en menos de una década, superando con creces a las dictaduras de Brasil, Chile, o Uruguay de finales de la Guerra Fría. Nueve millones de personas huyeron de aquel régimen sangriento, culpable de la mayor crisis migratoria de este siglo, superada únicamente por la de Siria en plena guerra civil.
Lejos de transformar al Estado en el único verdugo del país, Maduro también le cedió amplias oportunidades a pandillas, guerrillas y colectivos armados para hacer de Venezuela el epicentro de la economía criminal del continente. Estas organizaciones, a su vez, contribuyeron a la transformación del país en un narco-estado. Maduro recibió un país extraordinariamente corrupto, pero no apreciablemente más que Honduras o Paraguay en ese momento, y entregó el tercer país más corrupto del mundo, superado solo por Somalia y Sudán del Sur.
En Venezuela, así como ocurrió con Noriega en Panamá, fue la institucionalización del crimen en manos de un déspota la que llevó a Washington a actuar decisivamente contra el dictador. Independientemente del futuro del régimen que Chávez construyó y Maduro consolidó, podemos afirmar que con la captura del tirano se está empezando a hacer justicia.
*Analista





