Por
GIULIANA
MANCUSO
Así como tiembla la tierra, a veces también tiembla nuestra vida. Mientras Colombia siente cómo la tierra se mueve bajo nuestros pies, pienso en que también nuestra fragilidad hace parte de los procesos de la vida. No siempre seremos los fuertes, los valientes, los que saben qué hacer. Y no está mal.
Hay momentos en los que simplemente tenemos miedo.
Un terremoto no avisa. No pregunta si estamos preparados, no mira cuánto tenemos, qué cargo ocupamos, cuánto hemos construido ni qué tan importantes creemos ser. En cuestión de segundos, aquello que parecía firme puede dejar de serlo.
Y cuando la tierra tiembla, ¿qué es lo primero que hacemos? Muchas veces corremos.
El miedo nos hace reaccionar de inmediato. Queremos salir, protegernos, encontrar un lugar seguro. Y sí, ante una emergencia debemos tomar acciones para proteger nuestra vida. Pero hay algo que también podemos aprender de esos segundos de incertidumbre: actuar no siempre significa correr sin dirección.
A veces necesitamos detenernos un instante, respirar, observar y tomar decisiones sin permitir que el miedo sea quien gobierne nuestras acciones.
Porque en la vida también sucede. Cuando llega un terremoto emocional, una pérdida, una separación, una enfermedad, una decepción, un fracaso, una traición o una noticia que cambia nuestros planes…nuestra primera reacción puede ser salir corriendo. Huir. Negar. Llamar desesperadamente a alguien. Tomar decisiones impulsivas. Cerrar puertas. O incluso querer reconstruir inmediatamente aquello que acaba de derrumbarse, pero quizá no siempre se trata de correr, quizá primero necesitamos sentir.
El miedo llega, y no tenemos que avergonzarnos de él. Hay que experimentarlo, reconocerlo, escucharlo. Porque el miedo también tiene algo que decirnos. A veces nos muestra aquello que debemos proteger. Otras veces nos señala el camino que necesitamos tomar.
Después del movimiento viene el silencio y entonces miramos alrededor Y quedan los escombros. Pedazos de lo que alguna vez estuvo en pie, resto de estructuras que creíamos permanentes.
Cosas que ya no pueden volver a ser como antes, y qué parecido es esto a la vida, porque también hay terremotos emocionales, situaciones que llegan sin avisar y sacuden nuestras certezas.
Y de repente, miramos alrededor y encontramos nuestra vida llena de escombros. Escombros de sueños que no pudieron ser. De relaciones que terminaron, proyectos que se derrumbaron, planes que cambiaron y versiones de nosotros mismos que ya no existen. Y duele.
Porque cuando algo se derrumba, no solo tenemos que aceptar que ya no está. También nos toca recoger los escombros.
Pero hay algo hermoso que sucede después de una tragedia: aparecen los rescatistas. En los terremotos reales llegan personas que no siempre conocemos. Gente que se mete entre los escombros para buscar una vida. Personas que ayudan, que cargan, que acompañan, que no preguntan cuánto tienes, ni quién eres antes de extenderte la mano.
Y en nuestros terremotos personales también aparecen rescatistas. Son esos amigos que llegan cuando ya no sabes cómo sostenerte. Los que no te dicen simplemente “sé fuerte”, sino que se sientan a tu lado cuando ya no puedes serlo. Los que te dan la mano. Los que te recuerdan quién eres cuando tú mismo lo has olvidado. Los que te tienen en gran estima incluso cuando tú no puedes ver tu propio valor.
Porque los amigos verdaderos no siempre aparecen cuando todo está bien. A veces los reconocemos precisamente cuando todo se derrumba.
Ellos no pueden quitar nuestros escombros, pero pueden ayudarnos a levantarlos y después toca hacer algo que nadie puede hacer por nosotros: reconstruir.
Mirar lo que quedó. Aceptar lo que pasó. Recoger los pedazos.
Soltar aquello que ya no puede reconstruirse. Y, poco a poco, comenzar de nuevo.
A veces nos toca empezar desde cero, Pero empezar desde cero no significa empezar sin nada. Llegamos a ese nuevo comienzo con experiencia, cicatrices, aprendizajes. Con personas que estuvieron a nuestro lado y con una mirada diferente. Y con una fuerza que muchas veces no sabíamos que teníamos.
Quizá eso también sea parte de la vida: aprender a reconstruirnos después de cada terremoto. Porque hay cosas que se derrumban para siempre, pero también hay cosas que podemos volver a levantar.
Tal vez más fuertes, más conscientes, humildes y tal vez más humanas. Y mientras miramos lo que quedó atrás, recordemos algo: No somos nuestras ruinas, no somos nuestros escombros. Somos la posibilidad de volver a construir.

