´Estamos vivos de milagro´: la historia del samario que se repone del terremoto

Fredy Montero Bermúdez y su esposa, Juanita Mendoza enfrentan junto a sus hijos la incertidumbre de haber perdido su vivienda tras el terremoto que sacudió a Pereira y otras regiones del país.

 Fredy Montero Bermúdez salió de su casa el pasado 10 de agosto con la certeza de que su vida había cambiado para siempre. El terremoto dejó graves daños estructurales en su vivienda y obligó a evacuarla.

Durante unos segundos que parecieron eternos, Fredy Montero Bermúdez no pudo hacer nada.

Eran las 7:34 de la mañana del 10 de agosto y estaba en el baño de su casa, en el barrio Jardín etapa 1 de Pereira, cuando la tierra comenzó a sacudirse con una fuerza que nunca había experimentado. Sus hijos, un niño de 13 años y una niña de 11, ya estaban en el colegio.

Fredy reside desde hace 13 años en la capital de Risaralda, tiene una discapacidad y utiliza un aparato ortopédico para movilizarse. En ese momento no lo tenía puesto.

Quedó inmóvil. “Mi primera reacción fue sentarme a pedirle a Dios por mis hijos”, recuerda. Cuando finalmente logró salir, comenzó otra angustiosa carrera: llegar hasta el colegio de los niños.

El recorrido que normalmente le toma unos 20 minutos tardó cuatro horas. “Las calles estaban colapsadas, había accidentes, derrumbes y miles de personas intentando llegar hasta sus seres queridos”, relató Fredy.

FALLARON LAS COMUNICACIONES

“Se cae el internet y el mundo desaparece”, dice Fredy al recordar aquellas horas en las que nadie sabía con certeza qué estaba ocurriendo.

Mientras él buscaba la manera de llegar hasta sus hijos, en Santa Marta la preocupación también crecía. En el barrio La Esperanza, donde nació y pasó buena parte de su vida, familiares, amigos y conocidos intentaban comunicarse con él para saber si estaba bien.

La respuesta llegó finalmente: Fredy estaba vivo. Su esposa, Juanita Mendoza, y sus dos hijos, también.

Pero la tranquilidad duraría poco. La vivienda familiar había sufrido graves daños estructurales. Las vigas resultaron afectadas y una tubería se reventó. Después de la primera inspección, la Dirección de Gestión del Riesgo de Pereira, DIGER, ordenó la evacuación inmediata ante el riesgo de colapso.

Así comenzó para los Montero Mendoza una nueva realidad. Desde que ocurrió el terremoto, la familia permanece refugiada en la vivienda de una cuñada, que les abrió un espacio para pasar estos días. Allí duermen Fredy, Juanita y sus dos hijos, mientras esperan una segunda visita técnica que determine si la vivienda puede ser reparada o si, por el contrario, deberá ser demolida.

LA INCERTIDUMBRE PESA

Hasta ahora, la familia solo ha recibido la caracterización inicial de las autoridades. No han llegado ayudas gubernamentales y permanecen a la espera de conocer si podrán acceder a un subsidio de arrendamiento o a recursos para reparar o reconstruir la vivienda, de acuerdo con las medidas anunciadas para los damnificados.

Entre tanto, en Santa Marta, sus amigos y familiares hacen colectas con el fin de ofrecerle no solo auxilio económico para que pueda paliar su calamidad, sino para hacerle ver que no está solo y que siempre cuenta con la solidaridad de sus paisanos.

Es que la situación de Fredy y su familia se tornó difícil al igual que para los miles de víctimas que deja esta tragedia. Cuenta que los primeros días después del terremoto son especialmente difíciles. “Pereira enfrentó interrupciones en el servicio de energía y problemas de abastecimiento. Los alimentos comenzaron a escasear y los supermercados quedaron prácticamente vacíos” comentó.

La gasolina tampoco fue fácil de conseguir. Durante los primeros días, las estaciones priorizaron a los vehículos de emergencia. Después, cuando comenzaron a vender nuevamente al público, se formaron largas filas y se establecieron límites de compra.

Para este samario de nacimiento y pereirano por adopción resulta altamente perturbador ver cómo la ciudad que lo acogió quedó devastada por el terremoto. “Es difícil asimilar cuando uno sale y ve que las casas, los edificios y las calles por donde uno pasaba están destruidos. Pereira me acogió como uno más de ellos y me duele verla así”, dice con gratitud.

Poco a poco, los servicios públicos comenzaron a restablecerse y los comercios empezaron a reabastecer sus estantes. Sin embargo, para las familias que perdieron sus viviendas, la normalidad todavía está lejos.

CON LA FE INTACTA

En Pereira, Fredy construyó su hogar junto a Juanita, también comunicadora social, y sus dos hijos menores. Tiene además una hija mayor que permanece en Santa Marta.

“Si en Santa Marta tiembla, es un milagro; aquí es un milagro que estemos vivos”, dice con una mezcla de alivio y tristeza.

La casa podrá repararse, reconstruirse o quedar atrás. Los muebles y las pertenencias podrán recuperarse con el tiempo. Pero la vida de su familia no tiene reemplazo.

Por ahora, desde una habitación prestada y mientras espera el dictamen de los expertos, Fredy intenta dejar atrás el miedo de aquellas primeras horas y pensar en lo que viene.

El terremoto le quitó su casa, pero no la esperanza, ese nombre que le recuerda el de su barrio en Santa Marta. Y mientras Pereira comienza a levantarse de los estragos de la tragedia, este samario también se prepara para reconstruir su vida, ladrillo a ladrillo, con la certeza de que el primer paso ya está dado: sobrevivieron y permanecen juntos.

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