Ha terminado el primer gobierno de izquierda en Colombia, encabezado por Gustavo Petro. Son hoy más los arrepentidos de haberle dado su confianza, que el número de colombianos que lo respaldaron en las urnas
Como se sabe, el cambio fue la propuesta que lo llevó a la presidencia de la República. Pero, al hacer un repaso de estos cuatro años, lo que se produjo, en vez de eso, fue una aguda epilepsia política. Un desventurado estado de alteración permanente, el más claro reducto del populismo.
En efecto, no hubo cambio sino alteración. Decir lo
contrario es tapar la inducida y catastrófica desconexión epiléptica que sufrió el país y desconocer el propósito destructivo que siempre acompañó la gestión. Que, por demás, fenece en el corrosivo olor de la función pública convertida en el más turbio de los sumideros. Aunque nada nuevo, después de haber tomado, año a año, el presupuesto nacional por asalto.
No podía esperarse nada menos de la despedida, cuando la consigna esencial desde el principio fue “vivir sabroso”: claro mensaje al erario y su aprovechamiento corrupto. Ad
emás, con nítidas expresiones en todos los rangos, especialmente al máximo nivel (de los que ejemplos sobran), y a pesar de tantos golpes de pecho por la transparencia en la campaña que los llevó al solio y es investigada, aún pendientes los fallos.
Por supuesto, la degradación superó con creces todos los pronósticos, cada caso superando el desdoro del anterior. Por si fuera poco, a costa de la quiebra nacional. Hasta el punto de que aún no se sabe la dimensión de los desfalcos, la cifra de los miles de contratos leoninos y parasitarios, el monto de coimas sospechosas que fácilmente saltan a la vista, la desbordada magnitud del déficit fiscal, el obsesivo agigantamiento del Estado, los créditos tomados en condiciones inconcebibles… En fin, entre muchas otras características perniciosas, la hacienda pública hecha un fandango y la avalancha tributaria de perversa excusa para mantener el descuadernamiento generalizado.
Sea lo que sea, fue solo parte de la deconstrucción o descomposición propia de la alteración que a propósito preponderó bajo el disfraz demagógico del cambio, en esta prolongada jornada izquierdista. Y que casi reduce el país a cenizas. En esa transposición descrita Petro fue eficaz, confundiendo su personalidad exótica con las políticas públicas: un conjunto indisoluble de estados alterados.
Se trata del caso típico del revolucionarismo, muy propio de lo que fue este gobierno. Que no es lo mismo que la revolución, aunque por igual se incite al levantamiento popular, la movilización, inclusive al golpe de Estado en otros países y, como ahora, a la desobediencia civil desde la oposición. En esa vía, el revolucionarismo gubernamental padecido fue una obsesión, un germen, un producto de la nostalgia de los tiempos revolucionarios armados y que causó estragos parecidos porque en todo lugar el objetivo fue similar: la demolición.
El asunto en Colombia es que perduran criminales apertrechados hasta los dientes, afectando a la ciudadanía indefensa, además de desamparada en su vida, integridad, tranquilidad y bienes, también coaccionada en sus derechos y libertades democráticas, como pudo constatarse en las pasadas elecciones. Por tanto, una población sometida a la ley de la selva en grandes enclaves territoriales, donde el designio criminoso fue la complaciente neutralización o “congelamiento” de la acción estatal para cumplir sus protervos fines, que fue lo que ocurrió en el lapso. Basta recordar el magnicidio de Miguel Uribe Turbay, que modificó vilmente todo el entorno electoral bajo la infame y sofística mampara de la ‘paz total’, para no hablar de la enorme prosperidad de los cultivos ilícitos, la bonanza cocainera y demás lucro bárbaro y delincuencial. A no dudarlo, el desdoblamiento de los contingentes criminales fue una de las notas preponderantes en estos cuatro años y la inseguridad un fenómeno sin contención.
De hecho, otra obsesión de Petro fue enfrentar desde adentro las instituciones y la ley, escudándose en fantasías irrisorias para distraer a la galería como el cuentazo del “enemigo interno” o el “bloqueo institucional”, intentando fallidas consultas populares y asambleas constituyentes, como conejo sacado del sombrero.
La verdad es que fueron incapaces de articular debidamente las cacareadas reformas, mientras paradójicamente, con su conducta alterada, arrasaron con la salud que al menos se tenía, la financiación educativa y la vivienda social, mientras dejaron el país ad portas de un apagón. Tan solo la reforma laboral fue concertada, a topas y mochas, pero se recurrió al alza de salarios por fuera de la concertación constitucional para poder presentarse, los interesados, como dispensadores de las esperanzas, aunque en evidente procura de réditos políticos. Pero cortos se quedaron en el indudable objeto central que era mantener en el poder el proyecto revolucionarista descrito.
No es secreto que muy poco o nulo fue el cambio, pero sí mucha la alteración, la anarquía, lo grotesco, la demagogia, el fraude, lo rampante, lo lunático, la improvisación, el cinismo y el desfalco. Conclusión escueta y fehaciente del primer gobierno de izquierda en Colombia. Que apostaron de largo plazo, hicieron todo lo posible e imposible por lograrlo, y, sin embargo, hoy termina por caudalosa voluntad popular… Por supuesto, termina con mucha más pena y vergüenza que gloria. Un gobierno para el olvido, salvo por lo que sale a deber.

