Cuando se habla de corrupción electoral, casi todos pensamos en el fraude durante el escrutinio. Es un error. La corrupción empieza mucho antes: cuando la libertad del ciudadano llega disminuida a la urna por el miedo, la compra de votos, el clientelismo, el adoctrinamiento o la dependencia burocrática.
De ese diagnóstico me ocupé el martes pasado en esta misma página. Vuelvo a él porque un diagnóstico sin remedio termina siendo un lamento, y Colombia acumula demasiados lamentos cada cuatrienio.
Cambia el gobierno, cambia el discurso de campaña, cambian los afiches, pero en demasiadas regiones sigue llegando a votar el mismo ciudadano: presionado, dependiente, mal informado y sin plena conciencia del verdadero valor de su voto ni de que la libertad también se ejerce en la urna.
La respuesta de fondo no está únicamente en la Registraduría ni en la Fiscalía. Comienza muchos años antes, en un aula, donde empieza a formarse la conciencia del futuro ciudadano. Quien influye sobre la formación de las nuevas generaciones termina influyendo, tarde o temprano, sobre la calidad de la democracia.
Durante el gobierno que termina, sectores del sindicalismo magisterial más politizado profundizaron una vieja confusión: creer que la legítima defensa de los derechos laborales autoriza también a orientar políticamente la conciencia de niños y jóvenes. Por otro lado, algunas universidades públicas toleraron e incluso facilitaron que organizaciones afines a grupos armados actuaran bajo el disfraz de la protesta estudiantil: los violentos y temibles encapuchados.
Sería injusto meter a todos los maestros en el mismo saco. Conozco muchos cuya vocación merece admiración. Mi crítica va dirigida a quienes utilizan el aula para sustituir la formación del criterio por la transmisión de consignas políticas.
He recorrido suficiente mundo para saber que la diferencia entre una democracia sólida y una vulnerable no depende únicamente de sus leyes electorales. Depende también de lo que sus escuelas enseñan sobre la libertad. Uruguay y Chile redujeron el clientelismo porque lograron formar generaciones que aprendieron a ver el voto como un acto de conciencia y no como una transacción. Ese aprendizaje no nació de un decreto ni de una campaña electoral. Fue el resultado de una educación cívica sostenida.
Mientras el debate público se concentra en controversias jurídicas y disputas políticas propias de toda transición de gobierno, el gobierno que está por comenzar haría bien en no perder de vista un desafío mucho más antiguo y profundo: formar ciudadanos capaces de ejercer su libertad de conciencia. Esa tarea comienza en la escuela y no admite aplazamientos. El nuevo gobierno tendrá que atender asuntos urgentes y controversias. Pero ninguna será más decisiva y urgente que devolver a la educación su misión de formar ciudadanos libres. Si el país avanza en ese propósito, muchas de las demás batallas democráticas comenzarán a resolverse por sí mismas, porque hay problemas que ningún fallo judicial ni ninguna reforma electoral pueden corregir: solo puede hacerlo una ciudadanía educada en libertad.
Comprar un voto y adoctrinar a un niño responden, en el fondo, a la misma lógica: arrebatarle a otro la libertad de decidir antes de que descubra que la posee. Las sanciones castigan el fraude cuando el daño ya está hecho. La educación cívica procura impedir que ese daño llegue a producirse. Allí empieza la verdadera defensa del voto libre. Y allí comienza también la defensa de la democracia.
*Economista *Analista Internacional.

