El corozo, una pequeña fruta tropical, de color rojo intenso y sabor agridulce, proveniente de una palma silvestre, se ha ido haciendo más popular no solo en la costa caribe, en donde ha sido consumida desde hace años, sino en otros lugares del país e incluso del mundo.
Corpocesar, con el respaldo técnico del Instituto Humboldt, acaba de expedir una resolución que buscar aprovechar este fruto de una manera sostenible y en beneficio de las comunidades que la recolectan.
Por primera vez, esta especie cuenta con un protocolo que establece lineamientos técnicos para su uso, conservación y gestión en el territorio.
La resolución está basada en un del Instituto de Investigación de Recursos Biológicos Alexander von Humboldt, que, en el marco de un convenio financiado por la Fundación Suiza de Cooperación para el Desarrollo Técnico, Swisscontact, se desarrolló entre 2023 y 2024.
El protocolo fue complementado con información recolectada en el marco del Proyecto Corredor de Vida del Cesar, financiado por Minambiente y con el apoyo de la Asociación de Técnicos, Profesionales y Productores en pro de la Serranía del Perijá (Asotepros).
El protocolo cuenta con información de personas que participan en la cadena de valor del producto, como cosechadores, transformadores y comercializadores, con amplio conocimiento de la especie y de las condiciones necesarias para su manejo y conservación.
“Esta resolución le da vida legal al aprovechamiento del corozo. Es un paso fundamental para que quienes han vivido de esta palma por generaciones puedan hacerlo con trazabilidad y con respaldo del Estado”, aseguró Felipe García Cardona, gerente del Centro de Economía y Finanzas de la Biodiversidad del Instituto Humboldt.
El corozo crece de manera silvestre y su recolección ha sido históricamente fuente de ingreso para cientos de familias en condición de vulnerabilidad en la región, que cosechan su fruto en fincas ganaderas y playones que son baldíos nacionales.
Las actividades de recolección y comercialización son altamente informales, lo que dificulta procesos de fortalecimiento como la transferencia de capacidades, la comercialización directa y la generación de acuerdos con los propietarios de los predios donde se encuentra la palma.
La demanda del corozo ha ido creciendo tanto en el Caribe colombiano como en el resto del país, pero, a medida que la especie aumenta su demanda, se enfrenta a la presión por la pérdida de su hábitat, ya que se cortan o se talan las palmas para destinar mayores áreas a actividades agropecuarias y se secan áreas inundables donde crece.
Con la adopción de este protocolo, el corozo se convierte en una de las primeras especies de flora silvestre del Caribe colombiano en contar con una hoja de ruta técnica y normativa para su aprovechamiento sostenible, marcando un precedente para la conservación de la biodiversidad y el fortalecimiento de las economías locales.
/Colprensa

