La segunda vuelta entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda será, sobre todo, una disputa por conquistar el corazón de la clase media colombiana.
El gobierno Petro y la enigmática campaña de Cepeda le hablan a “los más pobres”, como si allí estuviera toda la respuesta a los problemas nacionales. Sin embargo, la Colombia que mueve la economía, sostiene el consumo, llena las universidades, crea pequeñas empresas y mantiene vivo el tejido productivo es, en gran medida, una Colombia de clase media. Hablo de los emprendedores, de los dueños de las tiendas, de las ferreterías, de los pequeños comerciantes y de quienes todos los días abren sus negocios para sacar adelante a sus familias. Son ellos quienes mantienen en marcha buena parte de la economía real del país.
Y ahí hay un problema para Cepeda: muchos de esos colombianos no encuentran en él una voz que los represente ni sienten que su discurso esté dirigido a sus preocupaciones. Da la impresión de que la fórmula de Abelardo de la Espriella y Restrepo sí podría convocarlos con mayor facilidad. En últimas, Cepeda corre el riesgo de quedarse hablándole a una versión caricaturizada del país, mientras que el país real está compuesto por esa clase media trabajadora y emprendedora.
Y es que hay que recordar que la clase media no es un “segmento de ingreso” -los que ganan más de X o Y-; es, ante todo, una manera de ver el mundo. Una apuesta por el futuro, un trabajar por mejorarse, un buscar “salir adelante”. En ese sentido, Colombia es una nación de clase media.
Por eso mismo, ellos van a decidir la elección, ya que no encajan plenamente en ninguno de los relatos de izquierda o derecha. No es una clase revolucionaria, pero tampoco del todo conservadora. Aspira a progresar, valora la estabilidad, exige oportunidades y suele desconfiar de los discursos excesivamente ideologizados. Se trata, además, de un estamento profundamente desconfiado de los partidos tradicionales, de los caudillos, de las promesas grandilocuentes y de las ideologías rígidas. No suele votar por lealtad partidista; su comportamiento electoral es más volátil, pragmático y menos predecible. Premia y castiga con rapidez. Por eso tantas elecciones recientes han sorprendido a quienes siguen analizando el país con categorías políticas del siglo pasado.
Es un sector que puede que critique al Estado, pero espera que las normas se cumplan. Puede que cuestione a las autoridades, pero exige orden. Puede que desconfíe de la política, pero rechaza el caos. Aquí aparece uno de los interrogantes centrales de esta segunda vuelta: ¿sigue existiendo en la clase media colombiana una preferencia marcada por liderazgos asociados a la autoridad, como ocurrió durante los años de mayor respaldo a Álvaro Uribe, o los cambios sociales y culturales de las últimas décadas han modificado esa inclinación? La respuesta probablemente definirá el resultado electoral.
Sin embargo, sería un error asumir que esta clase media es ajena a las ideas o que actúa únicamente por cálculos prácticos. También existe una necesidad de identificarse con una visión de país y con referentes políticos que reflejen sus valores y sus aspiraciones. La ideología sí importa, porque es el lente a través del cual el ciudadano interpreta los problemas concretos y evalúa las soluciones. Lo que se elegirá en tres semanas no será solamente un programa de gobierno, sino un relato sobre el país: una manera de explicar qué está pasando, quiénes son los responsables y hacia dónde debería dirigirse Colombia. La pregunta decisiva es cuál de esos relatos logrará seducir con mayor fuerza a este grupo y convencerlo de que representa mejor sus intereses y sus expectativas de futuro.
A diferencia de lo que suelen creer muchos dirigentes, la principal preocupación de esta mayoría no es la lucha ideológica. Son asuntos mucho más concretos: seguridad, movilidad, educación de calidad, acceso a vivienda, oportunidades para los hijos, empleo y estabilidad económica. Mientras la política discute relatos, la clase media calcula cuotas, matrículas, arriendos y trayectos.
Quizás por eso esta elección deja una advertencia para todos los sectores políticos. Quien logre interpretar las aspiraciones, frustraciones y expectativas de la clase media urbana tendrá una ventaja decisiva, y no solo en las urnas, sino en la lucha por el relato dominante durante los años que vienen. No se puede equiparar el voto popular que necesitan los candidatos para ganar únicamente con el de “los más pobres”; la victoria está en manos de esos ciudadanos interesados y jugados por su futuro desde la olvidada clase media.
*Analista

