Conversación con mamá

Por
GIULIANA
MANCUSO

Hay conversaciones que nos cambian la vida. Una pequeña charla con mamá, un momento íntimo entre ella y yo, un café juntas, una ida a la playa. ¡Que momento!

Esta conversación puede sanar heridas, responder preguntas que llevamos años cargando y ayudarnos a entender quiénes somos realmente.

Porque antes de descubrir el mundo, estuvimos en ella. Antes de construir una personalidad, hubo unos ojos que nos miraban todos los días. Y muchas veces, mamá guarda versiones de nosotros que ni siquiera recordamos.

Con el tiempo buscamos respuestas en libros, en terapias, en relaciones, en viajes y hasta en personas equivocadas, sin entender que muchas veces el inicio de nuestro autoconocimiento comienza regresando a la conversación más importante de nuestra vida: la conversación con quien nos dio la vida y nos vio crecer.

Hablar con mamá no es solamente preguntarle ¿cómo está? Es atrevernos a descubrir nuestra historia a través de sus recuerdos.

Porque quizás en sus respuestas entendamos por qué hoy amamos como amamos, por qué tememos ciertas cosas, por qué nos cuesta tanto creer en nosotros mismos o por qué seguimos buscando aprobación.

A veces el autoconocimiento también nace de escuchar: “Así eras cuando eras pequeña.” Y entonces algo dentro de nosotros empieza a sanar.

Mamá, ¿cómo fui cuando era niña? “Eras sensible… llorabas cuando veías a alguien triste y siempre querías salvarlo todo”.

¿Y era feliz? “Mucho. Tenías una luz que llenaba la casa”. ¿Cuándo dejé de sonreír tanto? “Quizás cuando empezaste a querer parecer fuerte frente al mundo”.

¿Yo soñaba mucho? “Demasiado. Decías que querías cambiar vidas”.

¿Y qué pasó con esa niña? “Sigue dentro de ti… solo que la vida la llenó de miedo”.

¿Alguna vez sentiste que yo no podía? “Nunca. Aun en tus peores días, siempre vi grandeza en ti”.

¿Qué era lo más bonito de mí? “Tu corazón”.

¿Y lo más difícil? “Que siempre quisiste cargar sola con todo”.

Mamá, ¿alguna vez tuviste miedo? “Todos los días”.

¿Y por qué nunca lo dijiste? “Porque las madres aprendemos a ser fuertes incluso cuando estamos rotas”.

¿Quién te cuidaba a ti? “A veces nadie… pero ustedes me daban fuerzas para seguir”.

¿Qué fue lo más difícil de ser mamá? “Entender que uno entrega el corazón entero y aun así debe aprender a soltar”.

¿Y qué fue lo más bonito? “Verlos crecer… aunque eso significara verme un poco menos a mí misma”.

Mamá, perdón por las veces que no entendí tu silencio. “Y perdóname tú por las veces que mi cansancio habló más fuerte que mi amor”.

¿Sabes algo? ¿Qué cosa? “Nunca te he dicho lo importante que eres para mí. No esperes a que sea tarde para decirlo. La vida corre demasiado rápido. Y dejamos las conversaciones más importantes para “después”.

“Después la llamo, después hablamos, después le pregunto y después le digo cuánto la admiro. Pero el amor no debería vivir aplazado. Hoy quiero invitarte a sentarte con mamá y hacer preguntas profundas. Preguntas que quizás nunca se hicieron.

Preguntas que pueden ayudarte a entender tu historia, tus heridas y también tu grandeza. Pregúntale cómo eras, qué soñabas, qué te hacía feliz.

Qué veía ella en ti cuando el mundo todavía no opinaba sobre quién debías ser. Porque tal vez el verdadero autoconocimiento comienza cuando volvemos al origen. Y quizá, en medio de una conversación sencilla, descubras que la persona que llevas años buscando… siempre estuvo dentro de ti.

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