He notado últimamente que la sensación térmica en Colombia ya no es de simple incertidumbre; es algo más revelador, una suerte de intemperie ciudadana sin referentes, que huele a miedo, a sudor frío, a la ausencia de brújula en medio del temporal. A escasos 26 días de la primera vuelta electoral -y apenas 45 para definir quién llevará las riendas si el 31 de mayo no se alcanza el umbral necesario-, escucho en las calles una constatación que me suscita gran preocupación: «El presidente hace lo que le da la gana, y nadie hace nada». Recuerdo cuando decíamos, con una fe que hoy parece ingenua, que no éramos Venezuela. Lo mismo repetían allá: «Venezuela no es Cuba». Al final, Petro terminó imponiendo su voluntad ante la mirada impávida de todos. Es esa ceguera histórica la que suele preceder a los grandes naufragios.
Estamos frente a un riesgo que desborda el concepto de continuismo. Es, en realidad, el intento de entronizar un modelo que busca el derrumbe del Estado de derecho, de la mano de una clase dirigente movida por el odio de clases. Lo que más me indigna es ver ese tarjetón con catorce candidatos: un monumento al egoísmo cívico y al negocio de la reposición de votos. ¿Dónde quedó el patriotismo? Lo que veo es una clase política que redujo la democracia a una ventanilla de cobro. Mientras ellos marchan al unísono, como un ejército, sin perder el compás, nosotros nos desangramos en disputas estériles, como ciegos en un laberinto; un sin sentido que solo beneficia al proyecto totalitario.
Me duele ver la parálisis general, incluso en sectores de los que esperaba más, como nuestras Fuerzas Militares. Si la República todavía respira es por la entereza de la Rama Judicial. La Corte Constitucional, el Consejo de Estado y la Corte Suprema han mantenido el tipo frente a la presión, respaldadas por un Consejo Superior de la Judicatura que no ha descuidado la vigilancia sobre la aplicación de las normas por parte de los jueces.
Lamentablemente, esa integridad dista de ser la norma. La Fiscalía hoy parece más atenta a los deseos de la Casa de Nariño que a la justicia, y los organismos de control perdieron su brío tras los últimos relevos. Ver a una Defensoría del Pueblo tan neutralizada me genera una profunda orfandad. En este vacío, agradezco voces como las de Mauricio Cárdenas y José Manuel Restrepo; ellos han tenido la claridad de advertir que este «vamos a ver» en el que estamos sumidos no es prudencia, es un agotamiento peligroso del margen de maniobra.
Conozco bien el mapa de la izquierda regional y sé que Iván Cepeda se ubica en el sector más ideologizado del marxismo-leninismo. Su ascenso representaría el inicio de un cierre democrático desde dentro, muy lejos de una transición institucional. Me preocupa pensar en esa pesadilla dantesca, alimentada por el silencio de quienes temen métodos que no conocen fronteras éticas.
La sensatez no puede seguir callada. Si permitimos que el fanatismo se instale en el poder absoluto, sabemos a qué atenernos y, francamente, lo habremos merecido. En la actual coyuntura, persistir en la división trasciende el error estratégico para convertirse en un verdadero suicidio colectivo.
Colofón: ¡Unión o muerte!

