Anacronismo de modelos extintos

Me resulta contradictorio que mientras los antiguos bastiones del colectivismo se transforman para recuperar el progreso del hombre para el hombre, en Colombia persistan figuras aferradas a una receta cuyo fracaso ha sido rotundo y absoluto. La propuesta de un gobierno marxista-leninista para las próximas elecciones revela las carencias de una subélite política estancada en corrientes que carecen de viabilidad en la actualidad.

Observo en Iván Cepeda la encarnación de este desfase. Su postura parece detenida en el tiempo, como si fuera posible gobernar hoy con los esquemas que su padre, Manuel Cepeda, defendió con una fe que consideraba genuina -y lo era en aquellos tiempos en los que América Latina buscaba ponerse a tono con las corrientes del mundo-, pero que la historia ya demostró errada. Al heredar esa visión, el candidato permanece anclado en un modelo que perdió vigencia hace décadas; una estructura de pensamiento que se volvió obsoleta cuando los mismos regímenes que la inspiraron declararon su bancarrota moral y económica.

Esta identidad del candidato se fundió en la Universidad de Sofía «San Clemente de Ohrid». En la Bulgaria de los años ochenta, bajo la desaparecida sombra soviética, la facultad de Filosofía funcionaba como un centro neurálgico para la formación de cuadros del «Tercer Mundo», operando como una auténtica maquinaria de exportación ideológica. Considero que, tal como ocurría en la Universidad Patricio Lumumba en Moscú, el estudio del materialismo dialéctico no buscaba la reflexión filosófica de Sócrates y Platón, sino la ejecución de un diseño estratégico de poder que priorizaba la certeza del dominio del Estado sobre el individuo.

Me parece, entonces, desconcertante que alguien formado en esa ortodoxia pretenda aplicar hoy fórmulas que sus propios creadores echaron al desván de la historia. Aquellas sociedades no desean retornar a épocas de penuria y restricciones de libertad, especialmente de movilidad.

El contraste con el mundo moderno es total. Como bien sostuvo Henry Kissinger, la estabilidad internacional y el progreso dependen de un equilibrio basado en el pragmatismo y no en la ceguera ideológica. Bajo esa premisa de realpolitik, China y Rusia han consolidado una transformación estructural hacia el pragmatismo, privilegiando sus intereses nacionales. En Beijing, el nombre «comunista» es hoy una etiqueta de cohesión política y dirigencia social exitosa, mientras su economía respira gracias a la iniciativa privada y a su apertura al mundo. En Moscú, la planificación centralizada es un mal recuerdo sustituido por un nacionalismo de Estado que protege la propiedad y estimula la iniciativa empresarial e inversión extranjera, al igual que en China. Ambas naciones entendieron que el bienestar nace de la eficiencia y de la lectura correcta del momento histórico.

En este escenario, el actual ejercicio del poder en Colombia surge como la prueba empírica de un desatino. La gestión de Gustavo Petro es el testimonio de una izquierda que, entre la falencia técnica y una voracidad que compromete el erario, ha terminado por menoscabar la estabilidad nacional. Cabe preguntarse si una eventual alternativa en Cepeda -un perfil de mayor frialdad intelectual e instrucción doctrinaria- representaría un cambio de rumbo o, por el contrario, la sofisticación metódica de ese mismo descalabro.

Sostengo que Colombia no necesita revivir las sombras de la Bulgaria soviética. Frente a esa geopolítica del resentimiento, he venido proponiendo un geohumanismo que sitúe a la persona en el centro de toda acción. Debemos entender el drama de las naciones que se extravían: el verdadero patrimonio perdido no es el dinero, sino el tiempo y la dignidad de su gente. Un país puede recuperar sus reservas, pero nunca podrá devolverle a un ciudadano los años de juventud, de libertad o de creatividad confiscados por la rigidez de un dogma. Mucho menos al enfermo que requiere salud, o al adulto mayor a quien le empobrecen sus últimos años de vida después de haberlo dado todo.

Las malas ideas no solo quiebran bancos centrales, sino que fracturan vidas y roban décadas de desarrollo personal. Ese es el verdadero costo humano y existencial de haber seguido senderos equivocados.

Finalmente, cabe preguntarse: ¿es esto lo que los colombianos queremos o se está engañando al elector incauto mediante prebendas populistas, amenazas o incitación al odio y promesas de resarcimiento social?

*Economista y analista internacional

Articulos relacionados

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Ultimos articulos