Las jerarquías sociales de Santa Marta en el siglo XVIII

Por:
EDGAR
REY SINNING

Al final del siglo XVIII la población de la ciudad sigue siendo poca en comparación con otras ciudades como Cartagena de Indias o Santa Fe, sin embargo, de las cifras extraídas de los informes y de los censos, la ciudad está conformada por clases socio raciales característicos de la sociedad colonial, como son: el grupo de los blancos, los indios, los mestizos, los negros y un grupo indeterminado denominado como “los libres de todos los colores” o mejor “los pobres de todos los colores”. Aunque en los informes de autoridades no se mencionan a los criollos, sí se habla de ‘pardos’, tanto, que en Santa Marta existió una milicia compuesta por solo hombres pertenecientes a esta categoría.

Estos grupos se distinguen uno de otros, no solo por el color de la epidermis, sino también por la forma de pronunciar la lengua castellana, la actividad comercial, el lugar de residencia, el cargo público, militar, miembros del clero y sobre todo su poder adquisitivo para comprar esclavos y lucir elegantemente en los actos públicos, en los oficios religiosos en los domingos, días de guardar y en las fiestas de fidelidad a la monarquía española.

El grupo de blancos, como lo registran los informes y censos elaborados, son originarios de las familias plebeyas llegadas de España, en una gran mayoría pobres que rápidamente se enriquecen y se convierten en todopoderosos en Santa Marta, pero esta situación es extensiva a toda Hispanoamérica.

En el Caribe, en el siglo XVIII, los blancos fueron minorías, si se comparan con el total de la población, fueron dueños de grandes haciendas, minas, controlaban el comercio y desde que llegaron, ocuparon los principales cargos públicos en la recién fundada ciudad.

Pero en la medida que se decanta este proceso de los primeros conquistadores, aventureros, si se quiere, llegan miembros de familias de abolengos, nombrados como funcionarios de la cosa pública, en cargos claves como representantes de la monarquía hispánica, además como miembros de las fuerzas armadas (artillería, infantería) y de la iglesia.

Prontamente entienden el papel fundamental que están cumpliendo en la nueva ciudad, sus ventajas y privilegios sobre los otros sectores y evolucionan socialmente, convirtiéndose en los gérmenes de una aristocracia local, genuina o supuesta, que se hacen notar en la ciudad, como en Cartagena de Indias, Popayán, Antioquia, Santa Fe, “esos españoles defienden, antes que el honor, el orden social colonial” (Álvaro Delgado), esa condición social los convirtió, no solo en los representantes del Rey y las cortes, sino en los principales abanderados de garantizar la lealtad a la monarquía y defensores del orden social e institucional de la sociedad colonial.

Un segundo grupo de “blancos” denominados criollos, por ser hijos de peninsulares, pero nacidos en América, fueron herederos de los feudos que sus padres se apoderaron despojando a los nativos o tierras entregadas por la corona. Estaban representadas sus propiedades de grandes haciendas y minas. Su papel protagónico se extenderá como encomenderos y reemplazaron a sus padres en las responsabilidades de los cabildos, tanto eclesiástico como secular. Aunque algunos llegaron a esos cargos por compra de los mismos.

Este grupo socio-racial se caracterizó por defender a ultranza sus abolengos, -hasta hoy- hacer alarde de su herencia española, su árbol genealógico, hasta los títulos pomposos, así no fueran heredados, sino adquiridos a través de la compra. Sus ínfulas se hicieron sentir en muchas de sus manifestaciones, expresando inconformidad, exigiendo derechos heredados y otros. Esta situación fue restringida lentamente hasta que la Corte les limito sus encomiendas, no los nombraban en cargos administrativos o en el gobierno eclesiástico, como el caso del Deán Domingo José Díaz Granados que buscó por varios medios que se le nombrara Obispo de la Diócesis y no lo logró. A finales del siglo XVIII las prerrogativas de los criollos volvieron a aparecer, y la Corte de nuevo les otorgó privilegios.

En la ciudad eran claramente diferenciados tres grupos de los blancos: nobles, peninsulares rasos, blancos puros, los conocidos como “limpios” y un grupo denominados de hidalgos, “hijos de algo”.

De hecho, los matrimonios de los blancos se registraban en un libro especial, donde quedaba constancia que eran “blancos descendientes de españoles”.

Aún hoy las elites samarias se autoreconocen como blancos, descendientes de españoles, italianos, franceses, por ello, hace unos años, aprovechando el boom de la doble nacionalidad, muchas familias cambiaron sus apellidos, al original, para lograrlo como los Guido, hoy son Guida, los Abello, hoy Abellón y así sucesivamente.

Esto no es nuevo, ya en el siglo XVIII, muchas familias exigían que se les reconociera como nobles, la oficialidad que prestaba servicios en la ciudad nacidos en ella, alegaban permanentemente la calidad de “nobles”.

Siguiendo la clasificación planteada por el historiador Álvaro Delgado, utilizada indistintamente con denominaciones iguales o similares, un tercer grupo muy significativo lo constituyeron los nativos, aborígenes o indios, que desde que llegaron los españoles fueron convertidos en peones de las haciendas, en las minas, la boga por el río Magdalena y otros oficios disímiles, y los llamados “servicios personales”.

Una característica significativa fue los “sueldos” miserables cuando se les pagaba, porque muchas veces no se les reconocía ninguna paga. Fueron ellos los arrieros, solo ellos conocían los caminos para abastecerse de algunos productos, gracias a sus brazos se pudieron abrir caminos, construir puentes y mantenerlos para la comunicación permanente con algunos pequeños pueblos, fueron ellos los que levantaron iglesias en los pequeños y grandes pueblos y en la ciudad de Santa Marta.

El maltrato que les impuso el español generó que muchos nativos, familias y tribus completas, migraran hacia las alturas de la Sierra Nevada de Santa Marta, para que no los pudieran cazar, igual, los chimila guerrearon y defendieron su territorio hasta bien entrado el siglo XIX. A pesar de la vida miserable que llevaron hacia el siglo XVIII y XIX cumplieron funciones muy importantes como cultivar la tierra y llevaban a Santa Marta los productos que ofrecían en las improvisadas plazas de mercado y por las polvorientas calles de la ciudad en la recua de mulas y burros que utilizaban para cargar los frutos de la tierra, que los samarios consumían a diario.

El cuarto grupo de la población samaria está constituido por los mestizos, que fue una mezcla de español, con india o negro, con sus derivados de mulatos, zambos o pardos. Este grupo fue muy importante en la pequeña ciudad y los pocos vecinos que en ella residían, como lo muestran las cifras.

No obstante, vale la pena destacar cómo la monarquía por medio de Reales Cédulas que los representantes de la Corona aplicaban con exactitud en Hispanoamérica y en particular en Santa Marta, limitaban a los mestizos.

Desde el mismo siglo XVI cuando se funda la ciudad, “la Corona ejerce sobre ellos marcada discriminación, con el pretexto de amparar a la población indígena contra sus desmanes, pero en verdad para impedir por su conducto el contagio de ideas de libertad e independencia” Las prohibiciones de mantener relaciones con los indígenas –comerciar, utilizarlos como sirvientes o cargadores- se extendió a los negros libertos, de tal manera que los únicos que pudieron “oficialmente” tener relaciones con los nativos fueron los blancos.

Ahora bien, los negros en su calidad de esclavos llegaron a Santa Marta con don Rodrigo de Bastidas, cuatro años después, según el cronista don Antonio de Herrera.

En las cédulas se les indicaba las funciones que cumplirán los esclavos, barrer y otros asuntos del convento, en los primeros 10 años se da un constante movimiento de negros a la ciudad, los que aumentan con el correr de los años, sobre todo su presencia va a ser muy significativa en las poblaciones ribereñas por la actividad de la boga.

Para los historiadores Juan Carlos Garavaglia y Juan Marchena para el siglo XVIII, la región Caribe colombiana tendría una población cercana a los 160 mil habitantes, con una característica fundamental, el poco crecimiento. A riesgo de equivocarse que Cartagena de Indias y sus cercanías debían tener 20 mil personas y Mompox en la misma provincia, unos ocho mil habitantes.

“En la zona de Santa Marta, aunque la ciudad era de menor tamaño, también se inició un proceso de colonización hacia el interior, especialmente hacia la ciénaga y la región de Valledupar, con abundantes haciendas ganaderas”, no arriesgan a calcular el número de habitantes para Santa Marta y mucho menos en la provincia, lo cierto es que la ciudad sigue despoblada como se dijo arriba, mientras el interior de la provincia, las ciudades como Valledupar y Ocaña, crecieron.

*Sociólogo *Historiador *Escritor

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