Por
YEINNIS
HINCAPIÉ
No todo futuro es como un presente que planifica el ser humano; el destino es incierto y el camino un viaje que se desvía cuantas veces quiere para colocar a cada quien donde debe estar, justo en aquel timón del barco que aguarda por un capitán que con determinación navegue por las aguas turbias o tranquilas para al final obtener recompensas; así tal cual, como las oportunidades y aquel que espera por atrapar alguna de ellas para luego sumergirse en un mundo, que aunque a veces es desconocido, termina volviéndose su forma de vida y parte de su hogar.
Las palabras cobran vida cuando en acciones se convierten y es más fácil comprender su veracidad desde la experiencia de alguien. En esta ocasión, la corriente de mi mar me llevó hacia el puerto de una historia increíble de un hombre que, de peldaño en peldaño, hoy cumple un papel importante en la dirección de los proyectos ambientales del Magdalena, él es Alfredo Martínez Gutiérrez.
Aunque por sus venas corre sangre samaria, nació en Valledupar. Desde sus dos años llegó hasta Santa Marta para radicarse definitivamente con sus dos abuelos en una casa ubicada cerca al Centro Histórico de la ciudad, por allá más o menos en el año 1965, rodeado del trópico y la cálida brisa de la capital del Magdalena.
En sus días se volvió costumbre escuchar el sonido de la imprenta que tenía su familia para obtener ingresos económicos y poder subsistir. Allí empezó a formarse para la vida, más allá de los valores.
“Teniendo más o menos 12 años comencé a conocer el significado de la disciplina. Recuerdo que mi abuelo cuando yo estaba de vacaciones me mandaba a las oficinas a cobrar, y luego me pagaban como a cualquier trabajador. Mi abuela me entregaba un sobrecito con 10 pesos y mi nombre”, recuerda Alfredo Martínez.
Así inició su camino para comprender lo que valía el trabajo y lo fundamental que era saber administrar el dinero, priorizando siempre su estudio, que desarrolló inicialmente en el Instituto Márquez y Gimnasio de Santa Marta, durante la primaria; y culminó en el Ateneo Moderno, bachillerato; haciendo hincapié en que la secundaria la inició en el Liceo Celedón, como era costumbre en su familia, pero no pudo culminarla allí porque en esa época de los 70 se estaban presentando varias huelgas.
Posteriormente, impulsado por la creatividad y amor por el dibujo decidió sumergirse en el mundo de la arquitectura, una carrera que para él era una fascinación con la que estaba dispuesto casarse para sobrellevar las necesidades de la vida, desde sus pasiones, entendiendo la importancia de esta profesión en la infraestructura de la ciudad.
Entonces, se puso manos a la obra y comenzó a darle forma a su camino, haciendo algunos sacrificios como alejarse de sus abuelos, ya que emprendió un viaje con duración de varios años a Barranquilla, donde su aventura universitaria tuvo el punto de partida.
“Inicié estudios en la Universidad Autónoma del Caribe, al principio me costó un poco porque estaba acostumbrado a vivir en familia. Ahora me tocaba vivir en un apartamento o pensión como les decimos donde no tenía como esa protección”, continuó relatando.
Mientras transcurrían sus estudios, llegó un momento en el que pensando en sus finanzas se fue a vivir con algunos compañeros, donde se distribuían sus labores. Su tarea era lavar los platos y no cocinaba porque tenía el tiempo muy ocupado en otras obligaciones de las que se liberaba a las 9:00 de la noche cuando llegaba a casa.
Su esfuerzo fue teniendo resultado, materializándose el día del grado, donde más allá de ver un título, vio plasmado en un símbolo el aprendizaje que obtuvo no solamente académicamente sino también en el diario vivir, donde solvento las dificultades que en algún momento se le presentaron, y le ayudaron a construir su persona.
Ya con la mente un poco más centrada y con una visión regresó a su amada Santa Marta, donde empezó a trabajar en una empresa de construcción, en la que sus conocimientos se colocaron en práctica. En ese campo conoció a varias personas y aunque era muy desconfiado en aquel entonces, muchas circunstancias le enseñaron que hay personas que tienen bondad en su corazón.
“El ingeniero me mandaba al mercado a buscar material y había un señor que tenía un camioncito, con los que tenía que enviarlos, yo le decía al ingeniero que si no pasaba algo y el me afirmó que era una buena persona, con el tiempo me di cuenta que tenía razón; ya nos hacía todos los viajes”, dijo con una medio sonrisa.
Alfredo, es un hombre amable de 62 años, no tan alto, pero de porte elegante que en su mirada refleja ser alguien humilde y empático. Su presencia irradia paz, por una razón difícil de explicar, pero puede traducirse diciendo que es de aquellos seres con almas especiales que andan por ahí, y pueden detectarse. Así lo comprobé cuando al llegar a su vivienda casi una decena de perros se le acercó para saludarlo, con una emoción que dejo en el imaginario del lector, y lo ayudo un poco, haciéndole símil con el reencuentro de alguien que extrañas mucho y consideras tu lugar favorito.
Muy serio continuó contándome que un día común y corriente dio entrada a un sinfín de cosas que actualmente siguen sorprendiéndolo y enseñándole algo. “Por allá en el año 89 un amigo me comentó que un primo de él que trabajaba en Corpocesar le dijo que en el Magdalena se había aprobado una entidad igual, que fuera y llevara mi hoja de vida”, expresó.
Como toda persona optimista, Martínez, se dirigió hasta el ponente del proyecto, y le dejó su hoja de vida. Pasó el tiempo y la incertidumbre carcomía su cabeza, al no recibir una respuesta clara; sin embargo, mientras esperaba seguía trabajando como era de costumbre. Hasta que una noche, lo llamó la esposa del señor comentándole que su hoja de vida se había perdido y la necesitaba porque había una reunión importante en Bogotá, la ilusión otra vez se hizo presente y sin pensarlo hizo lo que le solicito aquella voz en el teléfono.
Esa vez logró llevar los documentos en medio de un aguacero que estaba cayendo sobre la ciudad. Cuando crearon la entidad a principio de los 90 se dirigió nuevamente a llevar la hoja de vida y la secretaría le enfatizó muchas veces que no estaban recibiendo vacantes; sin embargo, él le insistió en que se la recibiera, pero no lo hizo.
Como si se tratara de un ‘empujoncito’ de la vida, después de una reunión con algunos amigos de la Cámara Junior a la que pertenecía, se encontró con el funcionario de la Corporación Autónoma Regional del Magdalena –Corpamag- que era el segundo al mando y le comentó su interés de laborar en la entidad, pero todo quedó ahí.
“El 18 de octubre del año 91 yo iba pasando por donde quedaba la Corporación, y estaba el señor en la puerta, me preguntó que por qué yo no había ido, si yo ya tenía mi contrato. Entonces me dijo que como ya estaba corriendo el mes mejor me presentara el primero de noviembre y así comenzó mi travesía en mi nueva casa”, narró.
Cuando comenzó eran menos de 20 trabajadores, y él era un extraño, teniendo en cuenta su profesión de arquitecto dentro de una entidad dedicada al tema ambiental. Pero, luego todo se empezó a inclinar dándole un norte desde su conocimiento, ya que el medio ambiente se empezó a incluir en los planes simplificados de desarrollo, en donde luego tuvo como tarea supervisar algunas obras, relacionadas con urbanismo.
“Inició mi amor hacia los temas ambientales desde la planeación, porque eso tiene que ver con la arquitectura, y con ello, la ejecución de proyectos como el de la Ciénaga Grande de Santa Marta, donde actualmente hemos logrado una importante recuperación y restauración del ecosistema”, dijo.
A partir de allí, decidió seguir capacitándose en el tema y aprovechó un convenio entre la Universidad de los Andes y la Universidad del Magdalena para especializarse en Planificación de Desarrollo Territorial y Gestión Local y Regional de Proyectos, donde conoció a varios amigos que actualmente aún hablan con él.
Luego pasó por varios cargos como contratista, siendo vinculado después como trabajador de planta y posteriormente al cumplir 32 años en la empresa, ser nombrado en 2023 como nuevo director de la entidad para el periodo 2024-2027, por votación, teniendo el respaldo de un equipo de trabajo que aprendió a conocer con el pasar del tiempo.
Finalmente, ahora refleja en su labor lo que ha construido a lo largo de su vida con el compromiso de dejar una huella en el territorio que lo vio crecer y le entregó recuerdos que hoy cuenta con orgullo y trata de replicar entre su familia.
Alfredo Martínez, hijo de la naturaleza y del medio ambiente, por lo que luchará hasta el último instante de su vida.

