El Oasis pierde su nombre entre aguas residuales

La falta de alcantarillado sanitario mantiene algunas calles de El Oasis convertidas en canales de aguas residuales, una situación que afecta la movilidad, deteriora el entorno y representa riesgos para la salud de sus habitantes.

 Hace 33 años, según recuerdan algunos de sus habitantes, comenzó a poblarse este sector de Santa Marta. Sin embargo, el tiempo ha pasado sin que llegue una solución definitiva al problema del alcantarillado.

El nombre invita a imaginar tranquilidad, frescura y vida. Un lugar donde el agua representa bienestar y donde encontrar un respiro frente a las dificultades cotidianas. Pero en el barrio El Oasis, la realidad parece empeñada en contradecir su nombre.

Allí, el agua que corre por las calles no es precisamente un motivo de alivio. Son aguas residuales que, a falta de un sistema de alcantarillado sanitario, terminan convirtiendo algunos tramos de las vías en canales improvisados de aguas negras.

La imagen habla por sí sola. Una mujer camina con cuidado para sortear los charcos, mientras a un lado de la vía se extiende una zanja oscura, cargada de residuos y aguas estancadas. Los vehículos transitan por el sector y los habitantes deben convivir con una problemática que, según cuentan algunos vecinos, los acompaña desde hace aproximadamente 33 años.

Tres décadas de espera en las que el desarrollo del barrio parece haberse quedado a medio camino, al menos en un asunto tan elemental como contar con un sistema sanitario que permita evacuar adecuadamente las aguas residuales.

Pero el problema va mucho más allá de la incomodidad de caminar entre charcos o de tener que esquivar los vertimientos frente a las viviendas. Se trata de una situación que representa riesgos para la salud pública.

La exposición permanente a aguas residuales puede facilitar el contacto con bacterias, virus y otros microorganismos perjudiciales. A esto se suma la proliferación de mosquitos y otros vectores en los puntos donde se acumula el agua, con el consecuente riesgo de enfermedades gastrointestinales, infecciones en la piel y otros problemas asociados a las deficientes condiciones sanitarias.

Para los niños, los adultos mayores y las personas que tienen que transitar diariamente por estos lugares, la situación resulta especialmente preocupante.

SE AVIZORA UNA ESPERANZA

Durante una reciente visita al sector, el alcalde de Santa Marta, Carlos Pinedo Cuello, se refirió expresamente a esta problemática y aseguró que regresará para verificar personalmente que las aguas residuales dejen de correr frente a las viviendas.

«Vamos a seguir trabajando por el barrio Oasis, mi querida presidenta, y vamos a seguir viniendo y voy a seguir verificando que ese agua de alcantarilla que lleva 30 años pasando por la puerta de sus casas deje de pasar. Eso lo voy a verificar personalmente», manifestó el mandatario.

Con esta premisa dejó claro que hay una prioridad que no puede seguir aplazándose y es la de corregir el problema de las aguas residuales que permanecen en las calles de este barrio.

Paradójicamente, durante ese encuentro con el alcalde, los líderes comunales no pusieron sobre la mesa esta problemática, pese a que el propio mandatario terminó refiriéndose a ella. Quizás porque es una realidad demasiado evidente para necesitar explicaciones o porque, después de tantos años de convivencia con las aguas pestilentes, el problema ha terminado incorporándose a la cotidianidad de quienes viven allí.

Y ese es quizás uno de los aspectos más preocupantes: cuando una comunidad comienza a acostumbrarse a vivir entre aguas residuales, el riesgo es que una necesidad fundamental termine percibiéndose como algo normal.

Pero no lo es. No puede ser normal que una persona tenga que sortear aguas negras para llegar a su casa, que los niños crezcan familiarizados con zanjas contaminadas o que las familias deban resignarse a convivir con condiciones sanitarias que comprometen su bienestar.

El Oasis necesita una solución de fondo, tal como lo planteó el propio alcalde Carlos Pinedo Cuello, una intervención que permita recuperar sus calles y, sobre todo, devolverles a sus habitantes el derecho a vivir en un entorno digno y saludable.

El barrio merece hacerle honor a su nombre. Y para que eso ocurra, lo primero es que por sus calles deje de correr lo que nunca debió convertirse en parte del paisaje.

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