Schopenhauer era pesimista. Consideraba éste el peor de los mundos posibles. Inspirador de pensadores tan alejados como Nietzsche y Unamuno, daba a la voluntad el cariz de fuerza irracional que todo lo condiciona, da a la vida un sabor agridulce, y la esclaviza con el ansia de continua adquisición de conocimiento. Sus afirmaciones resultan de actualidad, aplicables a la adicción creciente a la Inteligencia Artificial, a las redes, plataformas, y a la velocidad de la comunicación individual autosuficiente. El filósofo alemán sentenció hace dos siglos: “El instinto social humano no está basado en el amor a la sociedad, sino en el miedo a la soledad.”
Doscientos años después, el miedo está desapareciendo o, por lo menos, es menor al que sentimos por la relación presencial e interactiva con los demás. Según la Deutsche Welle, globalmente casi dos de cada seis personas sufren de soledad no deseada. El aislamiento ha sido catalogado por la OMS como amenaza para la sanidad. Incluso la compara con el daño que produce fumar media cajetilla de cigarrillos al día: aumenta 32% el riesgo de muerte prematura por dolencias cardiacas o diabetes, y hay mayor deterioro cognitivo.
Hay influenciadores que propagan la soledad como un estilo de vida recomendable. Según CNN, una dama que vive con su gato en Windsor, Inglaterra, publica la visión mediática romántica de sus pobres menesteres de cuarentona sola: cuenta con medio millón de seguidores y cien millones de vistas. Ya es rica en libras esterlinas. Tal vez esa fortuna la saque de su soledad o, como en el cuento de navidad, se la agudice. Se defiende diciendo que sus publicaciones no son aspiracionales. El juicio depende de si el observador quiere estar en paz, o solo está escapando de la amenaza de su anterior entorno social, sea trabajo o familia. Finalmente se supo que la señora había sido abusada en su infancia…
Debe diferenciarse la soledad del aislamiento social. La soledad es lo que la persona experimenta por no tener el nivel de conexión social que desea. El aislamiento consiste en disfrutar pasar el tiempo solo, con contacto social poco frecuente. Los dos se convierten en amenaza a la salud si son crónicos. Los estudios muestran que los solitarios se acostumbran al final de cuentas a estar aislados, y así, consideran su soledad como normal.
“Amistad” con la IA y apuestas en línea empeoran el cuadro. La Universidad de Utah ha hecho énfasis en que los influenciadores de la soledad tienen un dañino poder sobre los jóvenes, dada su adicción a las redes y su desconfianza en el mundo que los rodea. En Asia crece el número de solitarios.
El mercado para eremitas en China es de un billón de dólares, un trillón inglés, es decir, dos PIB de Colombia. Las empresas, sabedoras del creciente y egoísta gasto en sí mismas de las personas solitarias, han diseñado toda clase de facilidades para un solo usuario: residencia; mascotas; comida a domicilio; porciones; asientos en los cines, aviones y trenes sin vecino cercano; seguros sin beneficiario y créditos sin avalista. No gastan en pañales, medicamentos, ropa, educación o entretenimiento para niños.
Los gobiernos, temerosos de los efectos demográficos, decretan sin éxito subsidios y ayudas a quienes no vivan solos y quieran tener hijos, no solo un perro. Hay karaoke para un solo cantante: una pequeña cabina donde por unos billetes el solitario puede disfrutar, incluso acompañarse con alcohol. Las hay en Japón para aire acondicionado personal y en Europa desde hace años para pornografía.
En Medellín uno de cada cuatro jóvenes según EAFIT, presenta señales asociadas a la soledad: no tener contacto de emergencia, perder amigos, estar insatisfecho con su vida y verse olvidado por su familia. La tendencia a autolesionarse ha crecido. Los españoles dicen tener un remedio eficaz contra la soledad: comer en tertulia y hacer la siesta. Como diría Palito Ortega: “Soledad yo soy tu amigo. ¡Ven que vamos a chatear!”.
*Exministro de Estado

