La intersección de la Quebrada Tamacá con el río Manzanares permanece con acumulación de palizada y residuos sólidos, material que podría taponar la circulación de agua con una nueva creciente.
Mientras Santa Marta permanece bajo alerta roja por posibles crecientes súbitas en los ríos de la Sierra Nevada, varios puntos del Manzanares muestran los efectos de las fuertes escorrentías tras el aguacero del sábado.
Mientras Santa Marta permanece bajo vigilancia por el tránsito de la onda tropical número 52 y el pronóstico de nuevas lluvias, en varios sectores de la ciudad se siguen atendiendo las consecuencias de los fuertes aguaceros registrados en los últimos días.
Tras la realización de un Puesto de Mando Unificado, la Alcaldía de Santa Marta, a través de la Oficina para la Gestión del Riesgo y Cambio Climático (Ogricc), mantiene alerta roja para las cuencas de los ríos que descienden de la Sierra Nevada, ante la posibilidad de incrementos súbitos de caudal. También permanecen vigentes las alertas por posibles deslizamientos y por condiciones meteomarinas adversas asociadas al tiempo lluvioso.
No obstante, pese a las acciones inmediatas desplegadas por la administración distrital para reducir los riesgos asociados a las lluvias, el panorama adquiere especial importancia cuando se observa lo que está ocurriendo en el río Manzanares.
El tránsito de las aguas por quebradas, canales y calles que funcionan como corredores de escorrentía está llevando hacia el cauce palizada, residuos, piedras, arena y material producto de la erosión.
La situación quedó expuesta nuevamente tras las fuertes lluvias del sábado 26 de septiembre, cuando dos puntos ubicados en inmediaciones del cauce del Manzanares mostraron los efectos de unas escorrentías que bajaron con fuerza, arrastrando desde residuos sólidos y palizada hasta piedras, arena y material producto de la socavación del terreno.
TAPONADA LA INTERSECCIÓN CON LA QUEBRADA TAMACÁ
Uno de los sectores más evidentes está en Villa Alejandría, en la intersección de la quebrada Tamacá con el río Manzanares, a la altura de la calle 30.
Allí, la creciente del Manzanares terminó jugando, paradójicamente, como una barrera natural. La fuerza con la que bajaba el río impidió que todo el material que transportaba la quebrada Tamacá ingresara inmediatamente al cauce. El resultado fue una especie de tapón de residuos.
Entre la palizada acumulada aparecen recipientes de icopor y otros elementos que fueron arrastrados por la corriente durante el aguacero. El material quedó represado en la desembocadura de la quebrada, justo frente al sector conocido como El Trapichito.
El riesgo es que una nueva creciente acumule agua represada y termine desbordándose o liberando con fuerza todo ese material.
Alberto Antonio Cotes, residente del sector, pidió una intervención para retirar los residuos antes de que regresen las lluvias. “Necesitamos la colaboración para que nos peguen una pequeña limpiadita aquí en la quebrada Tamacá”, manifestó el habitante, quien advirtió que si continúa el invierno, toda esa basura puede terminar nuevamente en el río.
CALLE CANAL DE TIMAYUÍ
Una situación diferente, pero conectada con el mismo fenómeno, se presenta en el barrio Timayui.
Allí, una calle-canal ubicada en la parte alta del sector se convirtió durante el aguacero del sábado en un verdadero torrente.
El agua bajó con tal fuerza que socavó el terreno, removió piedras, arena y material vegetal y terminó descargando todo ese residuo en el río Manzanares.
El problema se concentra en un tramo de la infraestructura que quedó inconcluso. Al no estar completamente canalizada, el agua busca su propio recorrido por la pendiente y, con cada lluvia fuerte, aumenta su capacidad de erosión.
Los habitantes han levantado barreras artesanales para intentar contener la corriente, pero la magnitud del torrente deja en evidencia la fragilidad de estas soluciones frente a nuevas precipitaciones.
Por eso, el llamado oficial vuelve a enfocarse en un problema que quedó expuesto después del último aguacero: no arrojar basura a canales y quebradas para evitar taponamientos y no transitar cerca de arroyos, quebradas o zonas susceptibles de inundación durante lluvias intensas.
En este aspecto entra en juego la responsabilidad ciudadana, cada vez más ausente y que logra agravar el problema de una ciudad que busca mejorar su capacidad para manejar sus aguas de escorrentía, controlar la erosión, mantener despejados los canales y evitar que cada aguacero termine convirtiéndose en una descarga de residuos y sedimentos sobre ríos y quebradas que finalmente los arrastran hasta el mar.

