De conseguir empleo a generar valor

Colombia tiene una generación de jóvenes con capacidad para producir, innovar, emprender y transformar los sectores económicos. El reto con ellos, no es simplemente “darles oportunidades”, sino crear las condiciones para que puedan convertir su talento y su conocimiento en valor.

El bono demográfico adquiere sentido cuando una sociedad logra que su población joven participe activamente en la creación de riqueza. Para ello necesitamos conectar tres mundos que todavía funcionan demasiado separados. La educación, la empresa y el territorio.

Según el DANE, el desempleo juvenil sigue alto, es de 14,1%, casi el doble del promedio nacional; con brecha de género alarmante, mujeres jóvenes con 17,5% versus hombres con 11,6%.

En este escenario, la educación debe dejar de ser concebida únicamente como el camino para obtener un título y empezar a entenderse como una plataforma para generar capacidades productivas. Una educación pertinente es aquella que permite a un joven comprender su entorno, identificar problemas, adquirir conocimientos para resolverlos y convertir esas capacidades en bienes, servicios, innovación, empleo o emprendimiento.

Esto implica acercar mucho más las instituciones educativas al aparato productivo. Los jóvenes deberían conocer desde temprano cuáles son las actividades económicas que mueven su territorio, qué talento necesitan las empresas, qué nuevas ocupaciones están surgiendo y dónde existen posibilidades para crear nuevos productos y servicios.

No se trata de formar jóvenes exclusivamente para los empleos que existen hoy. Se trata de desarrollar capacidades para participar en una economía que cambia rápidamente. Esta debería ser una de las transformaciones centrales de la política de juventud.

Durante años hemos construido buena parte de la conversación alrededor de cómo lograr que los jóvenes consigan un empleo. La pregunta más retadora para el mundo de hoy es ¿cómo logramos que cada joven tenga capacidades para generar valor?

Desde esta perspectiva, la formalización laboral deja de ser únicamente una meta administrativa. Se convierte en el resultado de una economía capaz de integrar talento joven a actividades productivas sostenibles.

En tal sentido, el país debe avanzar hacia modelos en los que los jóvenes no sean considerados únicamente destinatarios de programas sociales o laborales, sino participantes de las cadenas de valor. Para ello, desde cada sector se pueden construir rutas específicas.

El agro puede formar y vincular jóvenes en producción, transformación, comercialización y tecnología. El turismo puede integrarlos en servicios, experiencias y economía digital. La infraestructura requiere técnicos, ingenieros y nuevos perfiles tecnológicos. Las industrias creativas pueden convertir talento cultural en empresas y productos. La economía digital abre posibilidades que hace pocos años no existían.

Aquí aparece una responsabilidad enorme del sector privado. Las empresas conocen las necesidades reales de talento que tiene la economía. Las instituciones educativas tienen la capacidad de formar. El Estado puede crear las condiciones para que ambos trabajen juntos.

Necesitamos multiplicar las alianzas entre empresas e instituciones educativas, fortalecer la formación dual, ampliar las prácticas y aprendizajes, desarrollar programas de formación diseñados con las empresas y crear mecanismos para que los jóvenes puedan aprender mientras participan en procesos productivos reales.

Para el nuevo Gobierno, aprovechar el bono demográfico debe ser una prioridad de desarrollo económico. El reto no es crear más programas para jóvenes, sino conectarlos con la educación, las empresas y las cadenas productivas para que puedan convertir su talento en valor. Esto exige una educación más pertinente, más empresas en creación y empleo formal. Fundamental si, un Estado que reduzca barreras para contratar, emprender y crecer.

La apuesta debe ser clara. Pasar de atender a los jóvenes como beneficiarios a incorporarlos como protagonistas de la generación de riqueza. Allí está una de las grandes oportunidades para aumentar la productividad, formalización y movilidad social en Colombia.

Pasar de “conseguir empleo” a “crear valor” significa dejar de mirar a los jóvenes como destinatarios de oportunidades y empezar a reconocerlos como protagonistas del desarrollo. Y allí está la verdadera responsabilidad de la educación; Formar capacidades, dentro de un ecosistema que abre mercados a través del sector privado y construir junto con el Estado, las condiciones para que una generación entera pueda convertir su talento en productividad, progreso y bienestar para Colombia.

*Exdirectora del ICBF

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