Abelardo De la Espriella se convirtió en presidente de Colombia el 7 de agosto de 2026 en una ceremonia histórica en Cali, en marcado contraste con el centralismo político tradicional.
En su discurso inaugural, delineó una visión para tener «la mayor coherencia y la mano más fuerte», con un enfoque en la seguridad democrática, el desarrollo económico y de hidrocarburos y una postura firme contra la corrupción. Sus ambiciosas políticas estaban listas para ser aprobadas a través del proceso legislativo. Pero el destino no estaba para leer planes de gobierno y lunas de miel políticas.
Sólo tres días después, el lunes 10 de agosto, a las 7:34 de la mañana, la realidad cayó sobre el país con la violencia de un terremoto de magnitud 7.4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó. La tragedia humana sacudió las estructuras de la nación, dejando cientos de muertos, miles de heridos y desaparecidos que cubren todo Chocó, Risaralda, Caldas y Valle del Cauca. En ese momento de angustia y confusión, el reloj de la historia nacional comenzó a correr a un ritmo vertiginoso y las prioridades teóricas del nuevo gabinete se convirtieron en una carrera desesperada por salvar vidas.
Ante tal bautismo de fuego, la respuesta del gobierno central fue rápida y fue el liderazgo de alto perfil con un sello personalista innegable. De la Espriella declaró un Estado de Desastre y Emergencia Económica, y se puso en marcha un enorme despliegue institucional para enfrentar el desastre y tener un impacto rápido. El presidente fue firme en su primer discurso (con un mensaje profundamente sensible socialmente), pidiendo un minuto de silencio por las víctimas y declaró esto a su pueblo: «La nación está de luto pero la nación también está de pie, trabajando y rugiendo».
El aspecto humanitario ha sido la fuerza motriz detrás de este inicio repentino. El jefe de estado presentó proyecciones preliminares de reconstrucción de cerca de 30 billones de pesos (un poco más de 9.5 mil millones de dólares) y anunció el ambicioso programa sectorial llamado «Plan Milagro de Vivienda», para canalizar subsidios de alquiler, alivios financieros y nuevas viviendas para las decenas de miles de familias que vieron sus esfuerzos de toda la vida colapsar en segundos. En un tono contundente y para proteger la transparencia de las donaciones públicas y privadas. Cualquier funcionario que intente desviar un peso de la ayuda humanitaria será tratado por la misma Casa de Nariño.
Pero esta inmersión forzada en la tragedia ha revelado primero las dificultades operativas del Ejecutivo. La asistencia logística también reveló las grietas de una transición gubernamental problemática que retrasó los esfuerzos de asistencia temprana en los pueblos y asentamientos más aislados de la costa del Pacífico. La perspectiva hiperactiva de la administración también ha alimentado un feroz debate público sobre los límites de la gestión real y la comunicación mediática durante tiempos de duelo generalizado.
Gobernar también es el arte de enfrentar lo inesperado. El reloj de la realidad ya está corriendo y su eco resuena sobre las ruinas de una Colombia que ahora está desesperada por consuelo, reconstrucción y dignidad.
*Abogado

