En una auténtica democracia, lo que el pueblo debería recibir de sus gobernantes y dirigentes en el campo institucional sería el ejemplo, la pedagogía, la orientación y el cumplimiento de las reglas. No es lo que hemos visto ahora. Por el contrario, ha tenido lugar un lamentable retroceso.
El espectáculo que Colombia ha mostrado al mundo, tanto durante el proceso electoral -en las dos vueltas- como después de su conclusión y en el cambio de gobierno, no ha correspondido propiamente a los postulados democráticos, ni ha sido el mejor ejemplo para los ciudadanos del común.
En efecto, durante la campaña, la ciudadanía -a la que corresponde el derecho a elegir- no fue adecuadamente informada acerca de las opciones existentes. No hubo debates entre candidatos, ni argumentos, ni presentación seria, objetiva y razonada sobre propuestas, pese a las muchas necesidades y urgencias de la población. No hubo presentación de fundamentos ni exposición sobre contenidos de los programas y proyectos de gobierno. Todo se redujo a lemas, consignas, propaganda insulsa, uso indebido de la bandera nacional, politización del fútbol y de la camiseta de Colombia, mutuas ofensas y sindicaciones, manipulación de las redes sociales y de los medios de comunicación.
Después de las elecciones, una vez el CNE declaró que Abelardo de la Espriella fue el candidato ganador, el presidente Gustavo Petro desconoció los resultados y manifestó que hubo fraude, aunque no hay una sentencia que así lo diga. El presidente electo y sus colaboradores señalaron a Petro como delincuente y anunciaron su extradición, sin fundamento ni proceso judicial alguno y vulnerando sus derechos a la presunción de inocencia, a la honra y al buen nombre.
Entre la administración saliente y la entrante no hubo el empalme legalmente contemplado, que siempre se había cumplido -incluso entre gobiernos de orientaciones políticas distintas- y que corresponde a una elemental y necesaria entrega de información sobre el estado de las cosas en la rama ejecutiva del poder público, en lo administrativo, económico, social y estadístico. Lo natural es un traspaso de poder en que los funcionarios salientes dejan constancia de lo que entregan y los entrantes se informan sobre lo que reciben. Nada del otro mundo, pero en esta ocasión no se cumplió, por causa de la animadversión y el mutuo desprecio.
El presidente electo, en un equivocado concepto sobre lo que significa la descentralización, decidió no posesionarse en la capital de la República sino en Cali y las cámaras se sometieron al capricho. Los congresistas del Pacto Histórico resolvieron no asistir. Y, como si no se tratara de un acto público sino de una fiesta privada, dos expresidentes no fueron invitados. El presidente saliente no asistió -ni lo habrían dejado entrar- y se rompió la tradición de una civilizada entrega del mando.
En suma, aunque el acto de posesión fue más una ceremonia religiosa que un acto civil, y los prelados hablaron del amor predicado por Jesús, lo que ha prevalecido a lo largo de todo este proceso no ha sido nada distinto del odio.
Ojalá, hacia el futuro, las nuevas generaciones retomen el camino de la tolerancia, el mutuo respeto y el buen juicio, superen la política de polarización que hoy predomina y logren una convivencia democrática entre políticos y gobernantes, aunque profesen ideas diferentes o contrarias.
*Exmagistrado*Profesor universitario

