La casa ultrajada

Hay lugares que un país tarda años en volver a habitar con naturalidad. La Casa de Nariño es hoy uno de ellos. En su columna “Se necesita exorcista para la Casa de Nariño”, publicada el sábado en El Tiempo, Luis Noé Ochoa propuso limpiar el palacio de las malas energías acumuladas durante estos cuatro años. La imagen es ingeniosa, pero se queda corta frente a la dimensión del daño.

Ese daño no se remedia con un exorcismo. Allí quedó concentrada demasiada maldad, demasiada mentira, una forma de ejercer el poder que trató las instituciones como pertenencias personales. Lo ocurrido afectó el significado mismo de la Casa de Nariño y dejó una herida que exige distancia histórica y el tiempo necesario para que la institución cicatrice.

Los sitios donde se ejerce el poder conservan la memoria de cuanto ocurre en ellos. Sus salones terminan asociados a la grandeza o a la pequeñez de quienes los ocuparon. Por eso el problema también es de escenario.

¿Puede alguien imaginar a Abelardo De la Espriella ocupando con naturalidad el despacho que quedó asociado a la vulgaridad y al desenfreno?

¿Cómo se sentirían sus ministros deliberando por el bien del país en el mismo recinto donde la solemnidad del Estado fue tantas veces maltratada?

Renunciar a ocupar la Casa de Nariño implica para el presidente electo un sacrificio personal y político. Pocos hombres llegan a la primera magistratura sin imaginarse en el despacho principal de ese palacio. Pero las circunstancias heredadas imponen una decisión diferente. Los colombianos deberíamos comprenderla y respaldarla como parte del esfuerzo por restaurar la dignidad de la Presidencia.

La sede escogida en Barranquilla funciona en el Cantón Militar Paraíso, donde tiene su asiento la Segunda Brigada del Ejército. Se trata de un edificio de 1938, ya acondicionado para cumplir funciones estratégicas militares, que cuenta además con un búnker subterráneo habilitado como sala de crisis y centro de operaciones para coordinar acciones de seguridad con las Fuerzas Militares, la Policía Nacional y otros organismos del Estado.

Su fachada, de composición simétrica y columnas dóricas, corresponde al estilo de inspiración grecorromana frecuente en los edificios oficiales de la época. Nada indica que la edificación haya sido concebida, construida o posteriormente acondicionada para imitar la Casa Blanca de Washington.

Lo que se está poniendo en marcha en Barranquilla tiene menos que ver con un nuevo palacio que con una forma distinta de ejercer la Presidencia: más próxima al territorio y mejor protegida.

Es una burda maniobra de ciertos sectores de la izquierda convertir una iniciativa institucional en motivo de sarcasmo, en vez de examinar con seriedad su alcance. Ese alcance consiste en modificar la geografía del poder. Llevar la Presidencia al Caribe, Antioquia y el suroccidente significa escuchar a las autoridades y tomar decisiones siguiendo el pulso de las regiones, por fuera del centralismo bogotano.

Más grave resulta que sectores radicales anuncien desde ahora su propósito de hacer “invivible” el país al nuevo presidente. Esa conducta perjudica a Colombia y desacredita a la propia izquierda antes que a De la Espriella. La mezquindad podrá seguir ocupándose de fachadas y parecidos.

La Casa de Nariño, tan ultrajada durante estos años, no se recuperará con exorcismos ni sahumerios. La decisión de no ocuparla es un acto de gobierno responsable, porque la dignidad de la Presidencia también se restaura tomando distancia del lugar donde fue envilecida.

*Economista y analista internacional

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