Los condimentos retóricos de la “Patria milagro” del presidente electo de Colombia, Abelardo de la Espriella, se han ido evaporando en el propio desarrollo de su poscampaña. Los principios o las ideas que forjaron las convicciones del candidato son contradicciones recurrentes, y el contenido de su discurso es un mensaje cargado de lenguaje violento, que incluye amenazas contra quienes no comparten sus propuestas mesiánicas.
De la Espriella predica la defensa de la democracia, que, en su concepción, se reduce a caprichos personales carentes de visión de estadista. Por eso le perturba la información veraz de muchos periodistas que cumplen esa función con el rigor que corresponde.
En su rebusque de alusiones a situaciones negativas del país, De la Espriella acuñó el término “los nunca” para designar, seguramente, a los colombianos marginados, no tenidos en cuenta o cuyos derechos no cuentan con el debido reconocimiento. Pero llegado el reparto de las cuotas de poder del gobierno entrante, a “los nunca” tampoco se les ha dado participación. No pasan de ser otra maniobra de distracción.
Y en vez de “los nunca” están los de siempre. Vivían Morales y su esposo, Carlos Alonso Lucio, Paola Holguín, Rodrigo Lara, para nombrar algunos. Curtidos en política parlamentaria y con amplia exposición mediática durante más de una década. Lo que resulta difícil de creer es que estas figuras sean catalogadas como “los nunca” y, frente a la cámara, no expresen el menor rubor.
Otro ejemplo de “los nunca” es el reencauche del clan Gómez, del cual hacen parte los herederos del ingeniero civil Laureano Gómez Castro (1889-1965), quien ocupó la presidencia de Colombia de 1950 a 1953 y fue derrocado por el general Gustavo Rojas Pinilla el 13 de junio de 1953. Laureano se caracterizó por ser un líder conservador de ideas radicales con un gran poder de oratoria. Tuvo simpatías por los regímenes autoritarios y su gobierno se caracterizó por ser de naturaleza dictatorial.
Gómez tuvo quebrantos de salud en 1951 y nombró a Roberto Urdaneta Arbeláez como sucesor hasta su retorno en 1953. Fue tal su animadversión contra los liberales que estos se opusieron a participar en las elecciones de 1950. Lo que conocemos como el periodo de “La Violencia” lleva el sello indeleble de Gómez, con todas sus desgarradoras consecuencias derivadas de su obsesión por predicar con sectarismo partidista.
Si en verdad fueran tomados en cuenta “los nunca”, no se debilitaría la democracia con propuestas tan retrógradas como las que, con insistencia y arrogancia, repite De la Espriella y que apuestan por un populismo punitivo, el desmantelamiento de los acuerdos de paz de 2016 y la reducción del Estado a su mínima expresión, lo que afectaría su función de garantizar colectivamente los derechos fundamentales de los ciudadanos.
A los llamados “nunca” se les debe integrar a una dinámica nacional que deje atrás los vacíos en la prestación de servicios que son pilares de la salud. Deben tener acceso igualitario a la educación y a todos los beneficios que se otorgan en una sociedad libre de discriminación y clasismo.
Integrar a “los nunca” en la participación ciudadana es contribuir a la construcción de cierres de brechas en la nación, lo cual ha estado pendiente a lo largo de toda la historia nacional.
Acoger a “los nunca” es desatar el nudo ciego del feudalismo en la tenencia de la tierra. Es poner a Colombia en condiciones de generar riqueza y bienestar para todos. Es abrirles a los campesinos sin tierra los espacios de su propiedad, perdidos bajo la presión de la codicia de una minoría mezquina que concentra gran parte de la tierra productiva.
La oferta de De la Espriella sobre “los nunca” quedó como propaganda de campaña. No fue más.
Pero ese propósito forma parte del repertorio de soluciones que el país demanda. Es la promoción del bienestar de manera generalizada. Es el progresismo traducido en la plenitud de satisfacciones en la vida de todos. Ni el asistencialismo ni los subsidios colman las demandas fundamentales. Es el ingreso que corresponde a una existencia libre de encrucijadas, como las que se padecen cotidianamente en el actual sistema de desigualdad tolerado por la nación.
Puntada
Debe tomarse muy en serio la defensa de la soberanía nacional. Los ojos del señor Marco Rubio están puestos en Colombia. Su objetivo es tomar este territorio para su causa de corte imperialista.
/colprensa

