Durante casi tres décadas, Viña Machado ha construido una de las trayectorias más sólidas de la actuación colombiana. Desde sus inicios en el modelaje hasta convertirse en uno de los rostros más reconocidos de la televisión, el cine y las plataformas de ‘streaming’, la samaria ha dado vida a personajes femeninos de gran complejidad emocional en producciones como ‘La esclava blanca’, ‘Enfermeras’ y, más recientemente, ‘Cien años de soledad’, donde interpretó a Pilar Ternera.
Sin embargo, mucho antes de encarnar esas historias frente a las cámaras, ya escribía las suyas en silencio.
Lo hacía desde la adolescencia, sin pensar en la publicación y sin siquiera identificar aquellos textos como poemas. Durante más de veinte años fue acumulando escritos dispersos en cuadernos, discos duros, hojas sueltas y, más adelante, en las notas de su celular. A esos apuntes íntimos los llamó siempre ‘letrarios’: una escritura nacida de la observación, los viajes, la memoria, el deseo y las preguntas que fueron acompañando su vida mientras desarrollaba su carrera artística.
Ese archivo personal terminó convirtiéndose en ‘La calma del volcán’, su primer libro de poesía, publicado por Penguin Random House. El poemario reúne textos escritos a lo largo de más de dos décadas, en las que la tierra, el aire, el agua, el fuego y el amor, sirvieron de base para escribir sobre la identidad, el erotismo femenino, la nostalgia y la transformación. Este libro es para Viña Machado el encuentro con su propia voz y la exploración de su identidad, más allá de los personajes que ha interpretado.
En conversación con Colprensa, la actriz habló sobre el origen de su relación con la escritura, el proceso de convertir esos ‘letrarios’ en un poemario, el pudor de publicar una obra profundamente auténtica, la construcción de ‘La calma del volcán’, la presencia del deseo femenino en sus poemas y la manera en que la literatura dialoga con las mujeres que ha interpretado a lo largo de su carrera.
¿Cómo nació su relación con la poesía y en qué momento decidió convertir esos escritos de toda una vida en un libro?
Escribo desde que tengo uso de razón. Escribo como ese sueño ilusorio de las niñas de los noventa que teníamos diarios. Era la forma que encontraba para explorar las voces de mi cabeza o los universos imaginarios que estaban dentro de mí.
Cuando me fui de Santa Marta ya escribía. Te estoy hablando de cuando tenía unos 17 años. ¿Qué escribía? No sé. ¿Para quién escribía? Tampoco lo sé. Después empezó un trasegar en mi vida como lectora. Creo que, al final del día, uno es un poco lo que consume, lo que lee, lo que ha visto, lo que ha viajado, lo que ha vivido.
Yo siempre les ponía a mis escritos el nombre de ‘letrario’. Antes de que existieran las notas en el teléfono, tenía una carpeta en el disco duro que decía “Letrario, letrario, letrario”, porque nunca me atreví y tampoco sabía que eran poemas.
He habitado tantos lugares y tantas mujeres que seguramente todo esto está permeado por eso. También por una niña a la que siempre le decía: «Virginia María no sueña». Y es mentira, me he dado cuenta de que sí.
También me he descubierto al volver a leer escritos de hace muchos años. Escribí cuentos que narraban mi infancia en Santa Marta, cuando me fui. Como todos mis hermanos estamos medio desperdigados por ahí, era una forma de mantenernos unidos, de llamar a mi familia, de conservar esas memorias comunes: la tienda de la esquina, el día que nació nuestra última hermanita… Eran cuentos muy macondianos, pero yo seguía escribiendo lo otro.
Después de mucho tiempo me di cuenta de que tenía muchísimos textos escritos. Siempre he pensado en ese checklist que dicen que uno debe cumplir en la vida: sembrar un árbol, tener un hijo, escribir un libro. Yo pensaba que ese libro iban a ser mis cuentos.
Nunca imaginé que esos pequeños letrarios que tenía repartidos entre carpetas, notas del celular, cuadernos, un baúl de recuerdos y discos duros que nunca más volví a abrir, contenían material valioso.
Cuando terminé de interpretar a Pilar Ternera y estaba atravesando el duelo por ese personaje, empecé a preguntarme qué más me habitaba, qué otra Viña existía y no había dejado crecer, aunque siempre había estado ahí, en paralelo. Entonces empecé a recopilar mis textos. En esa época veía mucho a una lingüista en TikTok que se llama Nicole Sánchez. Me encantan las lingüistas porque siento que, de alguna manera, me hubiera encantado estudiar lingüística, filosofía o literatura.
Reuní todos esos textos en un PDF muy sencillo y le escribí por Instagram. Le dije: «Tengo unos textos y quiero saber si esto que tengo es valioso». Ella me respondió que ese era un trabajo profesional, que se demoraría un par de meses y que además consultaría a otra persona experta en poesía.
Nunca le había mostrado esos textos sino a un par de amigos. Entonces recibir la aprobación de alguien que sabía del tema fue muy importante. A veces necesitamos ese pequeño espaldarazo, aunque no lo estemos buscando.
Ellas fueron, realmente, las primeras editoras del libro, incluso antes de Penguin Random House y de Andrea Loeber, que hizo un trabajo precioso terminando de darle forma.
Después contacté a Penguin Random House por Instagram. Fui muy osada, como siempre he sido en la vida, porque creo que las oportunidades están ahí. Les conté que tenía este proyecto y, después de un tiempo, me dijeron: «Viña, queremos publicarte. Lo que tienes aquí es un poemario. Nosotros casi no hacemos esto, pero queremos hacerlo».
Empezamos una depuración enorme. Algunos textos se quedaron, otros salieron y escribí tres poemas nuevos para cerrar el libro. Pero todo lo demás ya estaba escrito. Creo que el poema más antiguo puede ser de 2003 o de 2008. Es un libro que he ido escribiendo a lo largo de mi vida. Y hoy, cuando vuelvo sobre él, me doy cuenta de que esa mujer siempre vuelve al mismo lugar. Siempre está navegando en esos elementos que le pertenecen.
Al principio me dio muchísimo pudor. Andrea Loeber lo sabe. Cuando me dijo: «Viña, tenemos que leer esto en voz alta», le respondí: «No». Me costó muchísimo trabajo. Hoy, después de grabar el audiolibro, ya estoy más lejos de esa intimidad. Ya no me pertenece tanto. Ya no me siento tan vulnerable frente al libro.
¿Por qué decidió publicar el libro precisamente ahora, después de una carrera tan consolidada en la actuación?
Creo que tenía que pasar todo este tiempo para entender que esa mujer también existía. Durante muchos años mi energía estuvo completamente puesta en la actuación. Me fui muy joven de Santa Marta, trabajé como modelo, después llegó la televisión, el cine… y esa otra parte de mí siempre estuvo ahí, pero en silencio.
Cuando terminé ‘Cien años de soledad’, sentí un vacío muy grande. Uno termina personajes muy intensos y necesita preguntarse quién es cuando deja de ser ellos. Ahí apareció esta otra Viña. No fue una decisión estratégica. Nunca pensé: «Ahora voy a sacar un libro». Fue una necesidad de dejar salir algo que llevaba muchísimos años conmigo.
¿Por qué el libro se titula La calma del volcán y qué representan los elementos que atraviesan el poemario?
Te tengo que decir la verdad, y en esto soy francamente honesta: yo no tenía ni idea de que el libro se iba a llamar ‘La calma del volcán’. Ese fue un trabajo de Nicole y de las personas que me ayudaron a editar. Ellas me dieron varias opciones de título.
Resulta que el libro, cuando uno lo ve con distancia, tiene una presencia muy fuerte de los elementos. De hecho, hoy, mientras grababa el audiolibro con mi editor, él me dijo: «Ya entiendo por qué se llama La calma del volcán». Y yo tampoco me había dado cuenta de que hubo momentos de mi vida en los que fui mucha tierra, otros en los que fui mucho aire, otros en los que fui mucha agua.
Hoy, al volver a vivir el libro, narrándolo, poniéndole una voz y una intención, alejándome un poco de mis propios textos, entendí que el agua es la parte más erótica del libro. Y el fuego es aquello que te mantiene vivo. Yo creo que todos los seres humanos estamos hechos exactamente de eso. Y el quinto elemento es el amor.
Cuando ellas me propusieron ese título, me resonó muchísimo porque yo siempre he pensado en un dicho costeño que dice ‘la calma chicha’. Es ese momento antes de que algo pase, antes de una tormenta, antes del relámpago, ese instante previo en el que todo parece quieto, pero sabes que algo está por suceder. Y el volcán contiene todos los elementos.
Yo siempre he creído que soy una mujer en calma. Pareciera que no, pero sí. Mi vida contiene todos los elementos, como la de cualquier persona, pero siento que en lo femenino eso nos habita mucho más. Somos muy tierra, somos maternales, soñadoras, cuidadoras, dadoras; pero también tenemos un fuego que nos quema, que nos mueve y que nos atraviesa.
Entonces creo que hubo una lectura muy acertada por parte de mis editoras para construir toda esa narrativa. Ahí sí no me echo flores; fue un trabajo muy bonito entre todas.
En varios poemas el deseo femenino aparece de manera abierta, pero también muy poética. ¿Cómo construyó esa voz que habla del erotismo sin perder la intimidad ni caer en lo explícito?
Yo siento que estaba escribiendo para una mujer que añora muchas cosas. Porque en el libro hay mucha añoranza, mucha melancolía y mucho deseo. Uno no sabe si todo eso se lo soñó, si lo vivió o si simplemente lo está recordando desde otro lugar.
Como nunca tuve la intención de publicar un libro, realmente estaba escribiendo para mí, para esa voz que nos callaron, o que hemos callado nosotras mismas, que es nuestro propio erotismo. Y el erotismo literario es tan lindo cuando no es explícito. Las palabras eróticas son muy bellas. Para construir un erotismo literario hay que ser muy cuidadoso para no irse hacia otro lugar.
Espero haberme respetado a mí misma en esa línea, porque nunca escribí para seducir a nadie ni para invitar a nadie a nada. Es simplemente una voz que habita en mi cabeza y que escribe.
Justamente esta mañana hablaba con una amiga y le decía: «¿Qué relación tenemos las mujeres con nuestra propia intimidad? ¿Cuánto tiempo nos hemos dedicado realmente a explorarla?». Ha sido tan tabú que ni siquiera tiene que ver con masturbarnos, tiene que ver con preguntarnos: ¿dónde está mi erotismo? Ser capaces de nombrarlo.
En cambio, siento que en lo masculino existen muchas maneras bellas de nombrar el cuerpo. Los hombres tienen una relación muy distinta con su miembro. Nosotras no, porque ni siquiera lo vemos igual, porque no tenemos esa relación cotidiana con nuestro cuerpo.
Entonces, en ese descubrirme también a través de mis propios escritos, porque encontré textos que ni siquiera recordaba haber escrito, creo que hay un deseo de conectar con nuestra naturaleza, que también es erótica. Y eso no tiene nada que ver con lo vulgar ni con lo soez.
Cuando una mujer se hace las uñas, cuando escoge un color, cuando se arregla el pelo, también está siendo sensual. Está explorando aquello que la constituye como mujer. Yo no sabía que todo esto tenía una estructura. Apenas ahora, mirando hacia atrás, entiendo que sí hay una construcción que he venido haciendo a través de lo que he escrito durante todos estos años.
Las ilustraciones también hacen parte del universo del libro. ¿Cómo fue el proceso de construir esa identidad visual?
Cuando Andrea Loeber me dijo: «Viña, vamos a ilustrar el libro», tuve una pequeña decepción. Yo siempre me imaginé un poemario de hojita y letrica, y listo. Entonces Andrea me explicó por qué quería hacerlo y yo le dije: «Bueno, lo único que quiero es que haya una línea que atraviese todo el poemario, como ese hilo rojo que conecta todas las cosas».
Empezamos a buscar una artista y encontramos a Camila Villota, a quien muchos conocen en Instagram como ‘Little Calpurnia’. Camila nos mandó una primera propuesta muy parecida a la portada actual. Era una mujer casi como una montaña, como una matrioska, una mujer-volcán de la que nacían cosas. Yo conecté muchísimo con esa idea, pero no me gustó que la mujer estuviera encerrada dentro del volcán. Yo dije: «La mujer es el volcán».
Tomé esa idea y, curiosamente, le pedí ayuda a la IA. Le dije que me hiciera una imagen con esas características y esa referencia fue la que terminé enviándole a Penguin Random House.
La fotografía es de Luis Eburrola, un gran amigo mío a quien adoro. La imagen está muy intervenida, pero parte de esa idea inicial. A mí me encantó que a la mujer le nacieran cosas, que floreciera, pero que al mismo tiempo estuviera en calma. Yo no quería que la portada fuera simplemente mi cara. Cuando les envié esa propuesta y todos estuvieron de acuerdo, ya no había marcha atrás.
Después encontramos esa gama de colores y decidimos que el interior del libro también iba a dialogar con ellos. Todo fue un trabajo muy colectivo. Andrea, Camila, Juan Camilo y yo íbamos revisando cada detalle: una línea, un color, una textura.
Obviamente la artista es Camila y yo siempre le digo: «Gracias, porque este libro también es tuyo». Las ilustraciones también cuentan una historia. También te llevan a un lugar y enriquecen muchísimo cada poema.
A mí me daba mucho miedo hacer un poemario ilustrado, muchísimo pudor y temor. Pero cuando vimos el resultado y entendimos el erotismo tan delicado que también tienen los dibujos, me pareció una decisión muy acertada.
Después de publicar este primer poemario, ¿se imagina explorando otros géneros literarios o ya piensa en un segundo libro?
Yo me arriesgaría a otro poemario. Mientras grababa el audiolibro, pude disociarme un poquito de mí, alejarme y leer a alguien que me cayó bien. Fue muy bonito.
Yo le decía a mi editor que nunca tuve esto dentro de un checklist. Pero a veces uno está haciendo cosas que soñó, que deseó o que vio hacer a alguien más y pensó: «Qué chévere sería hacer eso». Y hoy le digo a esa Viña: «Qué chévere lo que estás haciendo».
Poder leer esos textos desde otro lugar, interpretarlos casi como actriz y encontrarme ahí, navegando entre la mujer que escribió y la actriz que ahora les pone una voz, ha sido muy especial.
Yo no voy a dejar de escribir nunca. Ojalá venga otro poemario porque siento que este es un lugar muy bonito. Me parece que podemos estar ávidos de leernos, de generar conversaciones valiosas, enriquecedoras y también divertidas entre mujeres.
Y también quiero que me lean los hombres, porque este libro está prácticamente dedicado a ellos. Ellos también son el motor del deseo femenino. Sería un regalo para ellos leer un poemario erótico escrito por una mujer, para que entiendan otra mirada.
No sé si algún día pueda escribir una novela; no sé si me dé para eso. Pero uno nunca sabe. Yo misma me estoy sorprendiendo de mí. Tengo más de cuarenta años, estoy a punto de cumplir años y estoy sacando un libro. Todavía estoy integrándolo. Lo he tenido toda la semana en la mano. Ya hasta se está doblando un poquito de tanto cargarlo. Es como reconocerlo, hacerlo parte de mí.
Y me pasa algo muy bonito: vuelvo a leer poemas que ya no recordaba. Hoy, por ejemplo, leí La danza del silencio y me sorprendió muchísimo. Mi editor también me dijo algo muy lindo cuando escuchó ‘Usted’. Me dijo: «Eso es un vallenato». Y yo le pregunté: «¿En serio?». Me respondió: «Sí, perfectamente podría ser un vallenato». Y eso me emocionó mucho, porque yo vengo de ahí. Estoy nutrida de vallenato, de un folclor muy grande. Entonces descubrir que mi poesía también puede sonar a eso fue un regalo.
Y sí… tal vez venga otro poemario.
Después de leer La calma del volcán, es inevitable preguntarse cuánto de sus personajes y cuánto de Virginia María habita en estos poemas. ¿Cómo conviven esas dos mujeres en su escritura?
La gente cree que yo escribí este libro a partir de Pilar Ternera. Pero me he dado cuenta de que cada personaje ha tenido una participación en lo que he escrito, porque yo escribo mucho cuando estoy en el camper o cuando termino una escena.
Si tú me preguntas qué tanto ha vivido Virginia María de esta mujer que está aquí, te digo que, a través de muchas mujeres, un montón. Pero en carne propia, muy poco. Porque, quiera o no, todas ellas han tenido unas exploraciones. Mis personajes han vivido dolores de ovarios muy berracos. Y yo agradezco profundamente que me hayan dado la oportunidad de interpretarlos y haber tenido también la capacidad para hacerlos con esa entereza.
No puedo decir que aquí solamente está María, la niña que escribe desde los siete años. Aquí están todos mis personajes. Están todas ellas. Creo que aquí hay dolores profundos, pero también libertad, exploración y muchas búsquedas.
BOGOTÁ, (Colprensa).-

