La batalla por la verdad

Con la tranquilidad y satisfacción de ver a Colombia abandonar el rumbo hacia el chavismo, hoy podemos ponderar una de las aparentes paradojas de las últimas elecciones presidenciales. Para muchos, Iván Cepeda representaba una radicalización peligrosa del ya antidemocrático proyecto petrista. Gustavo Petro, economista educado en Colombia, formó parte del M-19, una guerrilla ciertamente sanguinaria, pero más afín al nacionalismo tercermundista que al marxismo-leninismo soviético.

Cepeda, por su parte, estudió filosofía en Bulgaria, entonces una dictadura de corte bolchevique. Militó en las juventudes del Partido Comunista Colombiano, cuando éste mantenía una relación simbiótica con las Farc. Ambos dicen ser demócratas y se han distanciado de sus respectivos pasados en cierta medida. No obstante, el pasado de Cepeda parecería más alarmante para quienes defendemos la continuidad del estado de derecho y la economía de mercado.

Sin embargo, muchos veían en Cepeda una alternativa más decente, moderada e institucional que Petro. Fue el caso de Claudia López, quien lo respaldó en segunda vuelta pese a denunciar que bajo el gobierno Petro no existían garantías electorales para hacer oposición. También resulta llamativo que Cepeda reconociera su derrota antes que Petro. ¿Estuvimos equivocados quienes veíamos una mayor amenaza en el viejo bolchevique?

Hoy argumento que no, precisamente porque el comportamiento de Cepeda es consistente con una visión del socialismo mucho más sofisticada y resiliente que la de Petro. En una entrevista reciente con María Jimena Duzán, Cepeda se reconoció como “gramsciano”, una vertiente del marxismo. Antonio Gramsci dirigió un partido marxista-leninista con el objetivo de destruir la “democracia burguesa” y reemplazarla con un modelo socialista totalitario. Tanto Gramsci como Cepeda, padre e hijo, consideraban que ejercer el poder exigía controlar no solamente el gobierno sino también los “poderes fácticos”: la prensa, la sociedad civil y los contrapesos dentro del Estado.

El aporte distintivo de Gramsci era que eso podía lograrse no solo mediante la violencia, sino también mediante la construcción de una hegemonía cultural, ética y estética alineada con el comunismo. De ahí la insistencia de Cepeda, cuando estigmatiza a la prensa, en enfatizar que lo hace “con tranquilidad, sin que se diga…‘¡ah, ya se está violando la libertad de expresión!’” Su ambición es totalitaria, pero su herramienta es la subversión cultural. Por eso adopta formas más amenas que las de Petro y mitiga de antemano la reacción de sus oponentes.

Fue así que la extrema izquierda logró, como afirmó recientemente el Profesor Enrique Serrano, conquistar “una parte de la aristocracia colombiana,” que considera “muy lobo ser de derecha.” Así surgió el izquierdista privilegiado, tan elitista como sus padres conservadores, con el agravante de que prefiere estrechar la mano perfumada de un secuestrador jubilado a la mano áspera y callosa de un trabajador honesto.

Con una votación abrumadora entre los seguidores de Fajardo y Claudia López, se puede decir que Cepeda ganó en sus propios términos. Perdió las elecciones porque cargaba con el lastre de Petro, cuyo método, arraigado en el actuar terrorista del M-19, consistía en dar golpes de opinión para captar la atención.

Abelardo de la Espriella ganó porque combatió el espectáculo petrista con un espectáculo aún mayor a favor de la República. Esperanzó a las masas en un lenguaje que choca con las predilecciones estéticas de aquellos intelectuales que abdicaron su responsabilidad con la Constitución. Para triunfar en el largo plazo, también necesitamos frenar la toma “gramsciana” de las ideas, la memoria histórica y la moral pública. El líder de la extrema izquierda ya no es Petro, sino Cepeda.

*Analista

Articulos relacionados

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Ultimos articulos