Catorce días después de verse sorprendidos por la derrota en la primera vuelta, el presidente Gustavo Petro y el candidato comunista Iván Cepeda siguen de tumbo en tumbo. Engañados como estaban por sus encuestadoras amigas que decían que Cepeda estaba a milímetros de ganar en primera vuelta, quedaron tan desorientados por la victoria de Abelardo de la Espriella que el monstruo petrocepedista empezó a disparar en todas las direcciones, y muchos de los tiros le dieron en el pie.
El susto en esas toldas había asomado días antes de la primera vuelta, y llevó a la magistrada del Consejo Nacional Electoral Fabiola Márquez, del Pacto Histórico, a prohibir la publicación de la encuesta de Atlas Intel en ‘Semana’, en la que De la Espriella empataba a Cepeda. La sala plena del CNE revocó la arbitraria decisión, pero quedó claro que el petrocepedismo iba a echar mano de todas las trampas posibles para impedir que los colombianos eligieran libremente.
El susto en esas toldas se hizo pánico tras la derrota del 31 de mayo, y Petro amenazó con renunciar para “encabezar la campaña”, sugiriendo que Cepeda era incapaz de hacerlo. Cuando comprendieron que la recolección de firmas para la Constituyente alejaba a miles de votantes aún indecisos, optaron por engavetar la iniciativa.
Ahí, la orquesta petrocepedista empezó a desentonar: Petro sostuvo que la Constituyente no quedaba enterrada sino aplazada, y el evidente engaño ahuyentó a más votantes. Días después, una congresista del Pacto quiso suspender al Presidente, quizás para permitirle hacer campaña. El concierto para delinquir se volvió circo de varias pistas.
Aterrados ante lo que pasaba, los grupos armados consentidos por el Gobierno multiplicaron las amenazas contra la vida de De la Espriella, quien se vio obligado a redoblar su seguridad. Pero pronto las maquinaciones del angustiado régimen pasaron de lo siniestro a lo ridículo. Primero, una jueza militante pretendió prohibirles a De la Espriella y a su campaña usar la camiseta de la Selección Colombia.
Luego, un magistrado del Tribunal Superior de Bogotá le ordenó que dejara de enarbolar la bandera nacional y, en un delirante arrebato, pretendió callar el lema de su campaña, ‘Firmes por la patria’. Más que rabia, el fallo –anulado el viernes por la Corte Suprema– daba risa: miles de colombianos indignados con las triquiñuelas multiplicaron el uso de la camiseta, el pabellón y el ‘Firmes por la patria’.
En el colmo del desespero, un oscuro listado de exmagistrados afirmó en carta pública que De la Espriella no podía ser candidato por tener tres pasaportes –colombiano, italiano y estadounidense–, un asunto resuelto desde cuando el CNE avaló su inscripción, y reafirmado por una decisión del Consejo de Estado.
Presa del desespero ante el fracaso de todas estas jugarretas, el jueves Cepeda decidió denunciar de modo temerario a su oponente ante la Corte Penal Internacional, por paramilitarismo y financiación del terrorismo. ¿Con qué autoridad moral puede proceder así el amigo de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, el compinche de los narcoasesinos ‘Iván Márquez’ y ‘Santrich’?
Empeñados en poner una trampa tras otra, los petrocepedistas se han olvidado de convencer a la gente de votar por su candidato. Han desarrollado, eso sí, una intensa campaña de falsedades, asegurando que De la Espriella va a acabar con los subsidios a los más vulnerables. Y han activado una masiva compra de votos, cuyos criminales operadores dudan en actuar porque saben que están en la mira de Estados Unidos.
Algún daño han hecho, claro está. Pero De la Espriella mantiene una buena ventaja en las encuestas. No es hora de confiarse. Urge estar alerta hasta el día de la votación. Estos forajidos disfrazados de progresistas han demostrado de qué son capaces. Por fortuna, una gran mayoría de colombianos ha demostrado, a su vez, que los podemos derrotar./Tomado de El Tiempo
*Exministro de Estado

