Por
GIULIANA
MANCUSO
Cuando alguien se equivoque, cuando alguien no esté de acuerdo contigo, cuando alguien falle. Aquí es donde El te quiero cobra valor.
Lo difícil es sostener esas palabras cuando aparecen las diferencias, los desacuerdos, las decepciones y los errores. Porque el verdadero significado de querer a alguien no se mide en los momentos de alegría, sino en la forma en que enfrentamos las dificultades.
Queremos a nuestros amigos, a nuestra pareja, a nuestros padres, a nuestros hijos. Lo decimos con frecuencia y lo sentimos con sinceridad.
Sin embargo, cuando alguien piensa diferente a nosotros, nos falla, nos ofende o se equivoca, aparece una pregunta importante: ¿qué tan grande era ese cariño que decíamos sentir?
Querer a alguien no significa aceptar cualquier comportamiento ni permanecer en situaciones que nos lastiman. Tampoco significa renunciar a nuestros límites. Pero sí implica tener la disposición de conversar antes de juzgar, escuchar antes de alejarnos y comprender antes de condenar.
Vivimos en una época donde muchas relaciones terminan al primer desacuerdo. La cultura de lo inmediato también ha llegado a los afectos. Si algo incomoda, se reemplaza. Si alguien falla, se descarta. Si una conversación es difícil, se evita.
Pero las relaciones humanas no funcionan así. Toda relación verdadera está compuesta por personas imperfectas. Y donde hay personas, habrá equivocaciones. Habrá palabras dichas en un mal momento, silencios que duelen, decisiones que no entendemos y diferencias que nos desafían.
Por eso el amor, la amistad y los vínculos familiares requieren una virtud cada vez más escasa: la madurez emocional.
La madurez nos permite reconocer que no siempre tenemos la razón. Nos enseña a pedir perdón cuando fallamos y a ofrecerlo cuando otros fallan con nosotros. Nos ayuda a entender que una diferencia de pensamiento no convierte al otro en un enemigo y que una equivocación no necesariamente borra todo lo bueno que una persona ha construido en nuestra vida.
Quizás la pregunta no es cuánto nos quieren los demás. Quizás la pregunta es cuánto estamos dispuestos a querer nosotros.
Porque querer también es permanecer cuando vale la pena hacerlo. Es construir puentes cuando sería más fácil levantar muros. Es elegir el diálogo cuando el orgullo nos invita al silencio.
Al final, las relaciones que perduran no son aquellas donde nunca hubo conflictos. Son aquellas donde las personas aprendieron a enfrentarlos con respeto, con amor y con la certeza de que el vínculo era más importante que tener la razón.

