En julio de 1945, pocas semanas después de que Alemania se rindiera y Europa respirara libre, los británicos fueron a votar. Winston Churchill, el hombre que había sostenido la democracia occidental con discursos, firmeza y con sangre, perdió las elecciones. El pueblo que lo aplaudió como héroe lo derrotó en las urnas. Churchill aceptó, la democracia siguió. Nadie quemó nada.
Ese episodio no es una anécdota histórica curiosa. Es su mejor definición. La democracia no es el líder. No es la emoción del momento. No es el espectáculo. Es el sistema que funciona incluso cuando elige lo inesperado, cuando vota en contra del héroe, o cuando decepciona. Eso es lo que Colombia necesita recordar este lunes después de haber votado.
Porque lo que vivimos en estas semanas de campaña no siempre fue democracia. Fue, en demasiados momentos, espectáculo. Y un espectáculo mal montado.
Empecemos por lo más visible: los debates. O mejor, por su ausencia. Colombia llegó a la primera vuelta sin haber tenido debates entre los candidatos punteros. Desde 1990, cuando comenzaron los debates siempre habían contado con la mayoría de los candidatos. Hasta ahora. El resultado es que millones de colombianos llegaron a la urna sin haber escuchado cómo responde bajo presión, cómo maneja la contradicción, cómo reacciona cuando alguien le señala una inconsistencia.
Luego están las encuestas. Durante meses, los sondeos intentando construir la realidad. El ciudadano comparte el sondeo que beneficia a su candidato, no porque crea que es verdad, sino porque le conviene. Llegaron datos de plataformas internacionales sin registro, apuestas digitales y cadenas de WhatsApp con resultados que nadie podía verificar. Las encuestas dejaron de ser termómetro para volverse termostato. No registran la temperatura, pretenden fijarla.
Y sobre todo eso, llegó la inteligencia artificial. Contenidos de audio, videos o imágenes fabricados para hacer creer que alguien dijo o hizo algo que nunca ocurrió. Una falsificación técnicamente sofisticada, capaz de clonar la voz, reproducir gestos, sincronizar sus labios con palabras que jamás pronunció. La MOE identificó 150 campañas de desinformación entre marzo de 2025 y marzo de 2026, incluyendo un audio atribuido falsamente al Registrador en el que se hablaba de un supuesto fraude. Y detrás de cada pieza falsa había una decisión humana de fabricarla, distribuirla, compartirla sin preguntar.
Ahí está el problema. La desinformación no funciona sola. Necesita cómplices. Los encontró en la soberbia de quien cree que todo lo que confirma su opinión es verdad. En el egoísmo de quien antepone su candidato a la realidad. En el antivalor de quien sabe que algo es falso y lo comparte igual porque le conviene. La IA no corrompió esta campaña. Amplificó la disposición de muchos a reemplazar el argumento por el impacto emocional, el programa de gobierno por el video viral, la propuesta por el insulto calculado.
Churchill cometió errores graves. Pero cuando la democracia le dijo no, inclinó la cabeza. No declaró fraude. No movilizó a seguidores contra el resultado, ni construyó la narrativa de victimización. Entendió que la democracia es más grande que cualquier líder, que cualquier victoria, que cualquier ego.
Quedan tres semanas hasta el 21 de junio. Otra campaña, otra oportunidad de hacerlo mejor o peor. La pregunta para cada ciudadano no es solo por quién va a votar. Es cómo va a votar, si desde el dato verificado o desde el audio fabricado, si desde el programa o desde el meme, si desde la razón o desde la tribu.
Y la pregunta para los candidatos es también directa. ¿Van a debatir esta vez, o van a seguir administrando su imagen?
La democracia no murió, pero se la vio cojear. No por falta de ciudadanos dispuestos a participar, sino por el peso de un espectáculo que ocupó el espacio del debate. El espectáculo entretiene. La democracia exige.
*Exdirectora del ICBF

