Toda empresa seria, cuando busca gerente, define el cargo antes de revisar los candidatos. Establece las competencias mínimas, las habilidades deseables, el perfil de liderazgo. Solo después mira quién aplica. Colombia ha venido haciendo exactamente lo contrario; primero enamora con el candidato, y después improvisa el cargo.
Y qué tal si ahora hacemos el ejercicio que nadie ha querido hacer. No hablar de nombres. No hablar de encuestas. Hablar del perfil. De las cualidades concretas, comprobables y no negociables que debe tener quien tendrá las llaves de este país; porque en esta elección no solo se decide quién gobierna los próximos cuatro años. Se decide si en cuatro años seguimos teniendo la posibilidad de volver a elegir.
Colombia no cabe en Bogotá. Esta es la verdad más ignorada de nuestra política. Quien lidere al país tiene que conocer la diferencia entre el conflicto del Catatumbo y el del Cauca, entre la pobreza del Chocó y la del Magdalena, entre las economías ilegales del Pacífico y las del sur del Tolima. No de oídas. De haber pisado esos territorios con suficiente frecuencia como para entender que no son problemas que administrar desde un ministerio en la capital, sino realidades que exigen políticas, calendarios y aliados distintos.
Colombia es también un país que exige de quien la gobierna la capacidad de sostener contradicciones sin necesidad de resolverlas de golpe. Hacer la paz con grupos armados mientras se combate el narcotráfico. Proteger la inversión privada mientras se amplía el gasto social. Defender la institucionalidad mientras se reforma desde adentro. No son opciones excluyentes. Son tensiones permanentes que la persona que necesitamos tiene que conocer y gestionar.
Colombia tiene una deuda social enorme y unas finanzas públicas frágiles. Esa combinación no admite fundamentalismos de ningún signo. Quien llegue a la presidencia tiene que entender que el Estado debe financiarse para poder funcionar, que la inversión privada no llega sin reglas claras y estables, y que los millones de colombianos que viven en condiciones precarias no pueden esperar cuatro años más de improvisación, derroche ni corrupción. Se necesita la capacidad de leer el balance fiscal con el mismo rigor con que se lee la realidad social. Las dos cosas al mismo tiempo.
Colombia no la va a sacar adelante un solo ser humano, por brillante que sea. La va a sacar adelante un equipo bien elegido, bien coordinado y bien exigido. Una de las habilidades más subestimadas es saber identificar talento ajeno, confiar en él, delegar con criterio y exigir rendición de cuentas.
Comunicar bien no es hablar bonito ni hacer virales los mensajes. Comunicar bien, es explicar decisiones difíciles, decirle al país lo que no quiere escuchar sin perder su confianza, y movilizar voluntades sin manipular emociones. Se necesita recuperar el liderazgo que explique la decisión con pedagogía, y que principalmente sepa escuchar. No como gesto de campaña, sino como método de gobierno. Con la humildad de entender que las mejores soluciones no salen de los discursos, sino que viven en las personas que cargan el problema todos los días.
La cualidad más escasa en política, y la más urgente, es simplemente la honestidad. Decir lo que se piensa, cumplir lo que se dice, reconocer lo que no se sabe y corregir sin buscar culpables en el contradictor. Hemos sufrido un precio enorme por elegir a quienes prometen todo y luego no cumplen.
El último domingo de mayo, cuando usted entre al cubículo de votación con su tarjetón electoral, la pregunta no debería ser quién le cae mejor, quién le genera más rabia, ni quién viene ganando encuestas o en redes sociales. La pregunta es ¿cuál de las opciones que tengo enfrente cumple con más de estas cualidades?
No es un examen fácil. Pero esta vez las consecuencias de no presentarlo bien van mucho más allá de cuatro años de mal gobierno. Colombia ha sobrevivido a presidencias que no estuvieron a la altura. Lo que no ha probado todavía es sobrevivir la última elección.
*Exdirectora del ICBF

