El poder se presta, el carácter no

Los colombianos debemos tener clara una tesis fundamental. El poder no es un derecho adquirido, es un préstamo temporal con fecha de vencimiento. El poder que no rota corre el riesgo de estancarse, y cuando la gestión se detiene para dar paso únicamente a la narrativa, las instituciones se debilitan.

La historia latinoamericana nos lo ha mostrado en Venezuela, Nicaragua, Cuba y Argentina; el carisma sin método termina en promesas rotas. El cambio real no nace de cantos de sirena, sino de la capacidad técnica y gerencial de transformar la realidad sin destruir las libertades.

La democracia no es un muro de concreto; es una estructura que requiere mantenimiento y cuidado constante. El abuso de poder se evidencia en la desatención de los servicios sociales, en el uso discrecional de los recursos del Estado, en la narrativa permanente del enemigo interno y con decisiones a través de normas que corresponden a otros. Por eso, a semanas de la primera vuelta presidencial, y más allá de las encuestas, la ciudadanía tiene la responsabilidad de auditar la viabilidad de lo que proponen los candidatos.

Hay cuatro preguntas clave. La primera es sobre la justicia. ¿El candidato respeta la independencia de los jueces o los trata como obstáculo? El desarrollo solo es posible si hay reglas de juego que nadie pueda saltarse. La segunda es sobre lo real. ¿Cómo va a financiar lo que promete? Un plan de desarrollo es una hoja de ruta financiera, no un pliego de deseos. La tercera es sobre el modelo de crecimiento. ¿Cómo piensa reducir la pobreza? La respuesta correcta se basa en crear condiciones para más empresas, más empleo formal y más inversión. Sin crecimiento del PIB, el desarrollo social es una ilusión insostenible. Y la cuarta, es sobre la ejecución. ¿Tiene la preparación para hacer que las cosas pasen? El país se gobierna con gerencia, con conocimiento del territorio y con la capacidad de rodearse de los mejores.

Pero más allá, hay una revisión más personal que cada elector debería hacerse, ¿Qué tipo de persona es capaz de cumplir los cuatro pilares a la vez? No es un perfil ideológico, es un perfil humano. Es alguien que ha tenido responsabilidades reales y las ejecutó. Que conoce a Colombia. Que debate con datos y no con consignas. Entiende que gobernar es un ejercicio de preparación.

Esa descripción nos lleva inevitablemente a la noticia que ensombrece estos días. El fallecimiento de Germán Vargas Lleras. Y lo que más duele no es la pérdida del político, sino la del hombre que demostró, una y otra vez, lo que significa no rendirse. Cuando las Farc lo declararon objetivo militar, no bajó la voz, la subió. Cuando un libro bomba le arrancó tres dedos de la mano izquierda, no pidió compasión, siguió dando debates, construyendo partido y país. Cuando sobrevivió a un carro bomba en Bogotá, no se ausentó ni se refugió en el silencio. Se quedó. Es carácter forjado en la adversidad real, no en la adversidad relatada. Y cuando la enfermedad lo fue alejando de la vida pública, buscó la manera de seguir presente, porque entendía que su lugar era el debate. Su último acto público fue un comercial de treinta segundos en televisión nacional, con su voz firme advirtiendo que Colombia había perdido el rumbo. Era su forma de despedirse sin decir adiós.

Lo que distinguió a Vargas Lleras no fue la suavidad sino la convicción. Sabía de infraestructura porque la había ejecutado. Conocía las instituciones porque las habitó con rigor durante cuatro décadas. Debatía con datos, no con consignas.

El poder se presta. Y el 31 de mayo, los colombianos decidimos a quién le entregamos esa confianza. Votemos por el rigor, por la transparencia y por la certeza de que en cuatro años el poder será devuelto con un país mejor. Esa seriedad es lo que le debemos a quienes ya no están para vigilar que se cumpla.

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