Por
GIULIANA
MANCUSO
En algún momento de la vida, todos hemos sido nuestros propios enemigos. No con gritos ni acciones evidentes, sino con pensamientos silenciosos que, poco a poco, erosionan la percepción que tenemos de nosotros mismos. A esto lo llamamos autosabotaje: esa tendencia casi imperceptible a ponernos límites, a dudar de nuestras capacidades y a restarnos valor.
Pero, ¿cómo llegamos hasta ahí? El autosabotaje no nace de la nada. Es el resultado de experiencias, creencias aprendidas y heridas no sanadas. Desde pequeños, muchas veces absorbemos mensajes que nos hacen cuestionar quiénes somos: comparaciones, críticas constantes o la necesidad de cumplir expectativas externas. Sin darnos cuenta, empezamos a construir una narrativa interna donde no somos suficientes.
Con el tiempo, esta voz se vuelve familiar. Nos acostumbramos a minimizar nuestros logros, a justificar nuestros fracasos con dureza y a desconfiar de nuestras propias capacidades. Así, comenzamos a vivir desde la escasez emocional, teniendo en poco lo valioso que realmente somos.
El problema no es fallar, equivocarse o sentir miedo. El problema es creer que esos momentos definen nuestro valor como seres humanos.
Cuando una persona se autosabotea, no solo se limita; también posterga sus sueños, se conforma con menos de lo que merece y, en muchos casos, se aleja de oportunidades que podrían transformarle la vida. Es una forma de protección mal entendida: evitamos el riesgo para no sufrir, pero en ese intento también evitamos crecer.
Sin embargo, reconocer el autosabotaje es el primer paso hacia la transformación. Implica detenernos, observarnos con honestidad y cuestionar esas voces internas que nos dicen que no podemos, que no somos capaces o que no lo merecemos.
Recordar nuestro valor no es un acto de ego, sino de conciencia. Cada ser humano tiene una historia, una esencia y un propósito que no puede ser reemplazado. Cuando empezamos a tratarnos con la misma compasión que ofrecemos a otros, algo cambia: dejamos de ser jueces implacables y nos convertimos en aliados de nuestro propio crecimiento.
Tal vez la pregunta no sea por qué nos autosaboteamos, sino hasta cuándo vamos a seguir haciéndolo.
Porque en el momento en que decidimos reconocernos, respetarnos y creer en lo que somos, dejamos de caminar en contra de nosotros mismos y comenzamos, finalmente, a estar de nuestro lado.

