Por
ROCIO E.
FONTANILLA DAZA
Bajo un sol radiante y el espíritu festivo que caracteriza al Caribe colombiano, la ciudad de Santa Marta vivió una jornada inolvidable con el desfile de la Batalla de Flores ‘Un Solo Carnaval: Desde el Corazón del Mundo’.
Esta capital se transformó en un escenario vivo donde la tradición y el entusiasmo popular fueron los grandes protagonistas de una fiesta que reafirma la identidad samaria.

El evento se convirtió en un auténtico derroche de alegría y folclor, marcando el ritmo de una celebración que movilizó a miles de personas que se ubicaron en toda la Carrera 5ta para disfrutar del evento.
Desde el primer sonar de los tambores, y toda la música acompañante, quedó claro que Santa Marta estaba lista para sumergirse en una de las manifestaciones culturales más esperadas del año, la celebración de las fiestas carnestoléndicas, que ese año se vivió en la ciudad como un solo Carnaval.
El imponente y recorrido folclórico inició en el CAI de Los Ángeles, punto de partida, donde la energía ya se sentía a tope. Desde allí, la marea de colores avanzó con paso firme por toda la Carrera 5ta, una de las arterias viales más emblemáticas, que sirvió de pasarela para el despliegue artístico de los participantes.

Más de 60 comparsas integraron este desfile, ofreciendo un espectáculo visual sin precedentes. Los asistentes no dejaron pasar desapercibidos los minuciosos detalles de los vestuarios, los imponentes tocados y los disfraces creativos que, junto a las carrozas engalanadas, convirtieron las calles en una manifestación de cultura carnestolenda.
Las Reinas y los Reyes Momo fueron, sin duda, los ‘embajadores de la alegría’ de la jornada. Luciendo espléndidos y con una sonrisa inagotable, lideraron sus respectivas comparsas, dejando claro que su misión principal era impregnar cada rincón del ambiente con esa ‘chispa festiva’ que solo los ‘soberanos’ del Carnaval de Santa Marta saben transmitir.

A lo largo del trayecto, la multitud abarrotó los andenes, creando un pasillo humano lleno de aplausos y ovaciones. La ilusión se reflejaba en los rostros de niños y adultos, quienes disfrutaron de la música y el baile, contagiándose de la magia que solo se vive durante estos días de permiso para la alegría y el goce total.
El destino final fue la mítica Plaza de Pescaíto, barrio insignia del fútbol y la cultura local. Allí, una tarima dispuesta para la ocasión, recibió a los grupos folclóricos para realizar diversas presentaciones que terminaron por encantar al público, cerrando con broche de oro un desfile que superó todas las expectativas.

La rumba se encendió con fuerza en cada esquina, donde el juego con espuma y maicena pintó de blanco la celebración. Entre risas y bailes espontáneos, los samarios demostraron una vez más la máxima de esta festividad: el carnaval es de quien lo vive y, sobre todo, de quien tiene el corazón dispuesto para gozarlo.

