Santa Marta bajo fuego: los incendios provocados que amenazan los cerros y la vida

Santa Marta está ardiendo por culpa de la irresponsabilidad humana. No es una metáfora ni un titular exagerado: es una realidad que se repite con alarmante frecuencia en las faldas de los cerros que rodean la ciudad, donde manos criminales prenden fuego al monte seco y desatan emergencias que ponen en jaque a comunidades enteras, al medio ambiente y a las ya debilitadas finanzas operativas de los organismos de socorro.

Los incendios forestales, lejos de ser hechos aislados, se han convertido en una amenaza recurrente durante esta temporada seca, especialmente en sectores como Mamatoco, Bonda, Villa Betel, La Paz, Bastidas, El Yucal, San Fernando, Gaira, Cristo Rey, Timayui y las laderas que conducen hacia la Troncal del Caribe. Zonas donde el crecimiento desordenado, las invasiones y la ausencia de control estatal se mezclan con la acción vandálica de quienes, sin escrúpulos, juegan con fuego.

LOS CERROS CONVERTIDOS EN MECHAS

En las laderas del Cerro Ziruma, en los alrededores de Bonda, en los montes que colindan con Mamatoco y Gaira en los de Taganga, las llamas avanzan rápidas empujadas por el viento y la sequedad extrema de la vegetación. Allí, una chispa basta para convertir hectáreas enteras en cenizas.

Los incendios no solo arrasan con rastrojos y maleza: destruyen nidos, madrigueras, especies nativas, y erosionan el suelo, dejando a los cerros desnudos y vulnerables a deslizamientos cuando lleguen las lluvias. El daño ambiental es profundo y, en muchos casos, irreversible.

Por todo lo anterior, tenemos comunidades atrapadas entre el fuego y el abandono.

El peligro es mayor para quienes viven en asentamientos informales ubicados en zonas de alto riesgo. Barrios levantados a pulso, sin planificación ni servicios adecuados, donde las viviendas improvisadas quedan a escasos metros del monte.

Cada incendio es una amenaza directa para estas familias. El fuego baja sin avisar, el humo invade las casas, los niños corren asustados y los adultos intentan salvar lo poco que tienen. La tragedia ronda, y basta un descuido más para que se cobre vidas humanas.

BOMBEROS DESGASTADOS Y AGUA DESPERDICIADA

Ante cada conflagración, el Cuerpo de Bomberos Voluntarios de Santa Marta responde con gallardía. No importa la hora ni el terreno: suben cerros, atraviesan trochas y se enfrentan a temperaturas extremas para apagar incendios que nunca debieron existir.

Pero la ironía duele: en una ciudad donde el agua es un lujo, se utilizan miles de litros para sofocar llamas provocadas. Agua que hace falta en barrios enteros, pero que se pierde en emergencias evitables.

Más de 50 incendios forestales han sido atendidos en lo que va de esta temporada seca. Cincuenta despliegues operativos. Cincuenta desgastes humanos y técnicos. Cincuenta golpes al presupuesto y a la paciencia de una ciudad cansada.

DELITO AMBIENTAL

Provocar un incendio forestal no es una travesura ni una falta menor. Es un delito ambiental, tipificado en la legislación colombiana, que pone en riesgo la vida, los recursos naturales y la seguridad colectiva.

Quien prende fuego incurre en responsabilidades penales y civiles. Sin embargo, la impunidad sigue siendo la norma. Pocos capturados, escasas investigaciones y una sensación de que “no pasa nada” alimentan la repetición del crimen.

A los que queman cerros para “limpiar”, para invadir, para fastidiar o por simple vandalismo: ustedes no son vivos, son irresponsables y peligrosos. Están jugando con la vida de otros y con el futuro ambiental de Santa Marta. Cada incendio es una ruleta rusa contra la ciudad.

CONTROL Y CERO TOLERANCIA

La situación exige mano firme. Mayor vigilancia en zonas críticas, patrullajes preventivos, monitoreo comunitario y, sobre todo, judicialización ejemplar para quienes sean sorprendidos provocando incendios.

La ciudad necesita que la Policía, la Fiscalía y las autoridades ambientales actúen de manera articulada. Que no haya excusas ni miradas para otro lado. El fuego no espera trámites.

Los cerros no son basureros ni terrenos de nadie. Son pulmones naturales, barreras ecológicas y patrimonio ambiental. Cada incendio es una herida abierta que tardará décadas en sanar, si es que sana.

Santa Marta no puede seguir normalizando el humo, las sirenas y el olor a monte quemado. Cuidar los cerros es cuidar la vida, el agua, el aire y el futuro de la ciudad.

Que quede claro y escrito con letras de fuego:

quien quema Santa Marta, atenta contra Santa Marta.

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