Santa Marta fue un paraíso a reventar, pero el desorden que se observó en la temporada fue descomunal y propiciado principalmente por la desbordada presencia de vendedores ambulantes y estacionarios.
Santa Marta volvió a demostrar por qué es uno de los destinos turísticos más apetecidos de Colombia y del Caribe. Durante la más reciente temporada alta, la ciudad recibió a más de un millón trescientas mil personas, una cifra que no solo confirma su poder de atracción, sino que ratifica que el turismo se ha convertido en uno de los motores económicos más importantes de la capital del Magdalena. Hoteles con ocupaciones cercanas al ciento por ciento, playas abarrotadas desde El Rodadero hasta Taganga, balnearios naturales colmados de visitantes y un comercio formal que, en muchos casos, respiró aliviado tras meses de incertidumbre.
Las postales se repitieron día tras día: familias disfrutando del mar, turistas nacionales y extranjeros maravillados con la Sierra Nevada que se asoma imponente sobre la ciudad, restaurantes llenos, agencias de tours sin descanso y una sensación generalizada de bonanza. Santa Marta, como destino, se sobró. Respondió con creces a la demanda y confirmó que su marca turística sigue siendo fuerte, seductora y vigente.
Sin embargo, como suele ocurrir en las grandes temporadas, el éxito vino acompañado de lunares que no pueden seguir normalizándose si la ciudad realmente quiere dar el salto hacia un turismo de calidad, organizado y competitivo a nivel internacional.
Bastaba caminar por las playas para encontrar el contraste. Mientras el mar ofrecía su mejor azul y la arena era ocupada por miles de visitantes, el desorden se apoderaba de espacios que deberían estar regulados. Vendedores ambulantes y estacionarios, muchos de ellos llegados desde otras regiones del país, invadieron sin control la zona de playa, el malecón, los accesos turísticos e incluso el mar.
No se trató solo de la venta informal tradicional. Esta vez el fenómeno fue más profundo y más preocupante. Carretas improvisadas, fogones encendidos a pocos metros del agua, anafes humeantes, cajas de icopor repletas de alimentos y la venta de almuerzos completos en plena zona de playa, una práctica expresamente prohibida por razones sanitarias y ambientales. Todo ello ocurrió ante la mirada incómoda de turistas que, en muchos casos, no ocultaron su sorpresa —y su molestia— por el caos.
La escena se repitió en sectores emblemáticos: vendedores dentro del mar ofreciendo productos, abordando a los bañistas sin tregua; ocupación indebida del espacio público; residuos mal dispuestos; y una sensación de desorden que rompía con la idea de un destino organizado y amable.
TURISMO MASIVO VS. TURISMO DE CALIDAD
Aquí es donde Santa Marta debe hacerse una pregunta de fondo: ¿quiere seguir creciendo solo en números o quiere crecer en calidad? Porque una cosa no siempre garantiza la otra. Recibir más de un millón de visitantes es un logro incuestionable, pero sostener ese flujo sin reglas claras puede terminar erosionando el atractivo mismo de la ciudad.
El turismo moderno —el que deja mayor derrama económica, el que regresa y recomienda— exige estándares. Orden, limpieza, seguridad, control sanitario, respeto por el espacio público y una experiencia agradable desde que el visitante llega hasta que se va. El descontrol en playas y zonas turísticas no solo afecta la imagen de Santa Marta, sino que la vuelve menos competitiva frente a otros destinos del Caribe que ya entendieron que la informalidad sin control no es desarrollo.
No se trata de criminalizar la necesidad ni de desconocer la realidad social. El vendedor informal existe porque hay una economía desigual que lo empuja a rebuscarse la vida. Pero permitir que todo valga, que cualquiera ocupe cualquier espacio y que se violen normas básicas, termina afectando a todos: al turista, al comerciante formal, al medio ambiente y a la ciudad misma.
EL RETO DE LAS AUTORIDADES
La temporada dejó una lección clara: faltó control. Faltó una presencia institucional más fuerte, articulada y constante. Las normas existen, los decretos están escritos, las prohibiciones son conocidas. Lo que no se vio con suficiente contundencia fue la capacidad del Distrito para hacerlas cumplir.
Si Santa Marta le quiere apostar en serio a un turismo de calidad, debe avanzar hacia soluciones estructurales: caracterización real de los vendedores, reubicación ordenada, zonas permitidas, capacitación, control sanitario estricto y, cuando sea necesario, autoridad sin titubeos. El mensaje debe ser claro: el espacio público no es tierra de nadie y las playas no pueden convertirse en plazas de mercado improvisadas.
El reto no es menor. Implica decisiones impopulares, coordinación entre dependencias, voluntad política y una visión de ciudad que piense más allá de la próxima temporada alta.
UN ÉXITO QUE NO PUEDE DORMIRSE
La temporada fue, sin duda, exitosa. Santa Marta brilló, atrajo, sedujo y generó ingresos. Pero el verdadero desafío empieza ahora. Porque el turismo no se construye solo con cifras récord, sino con experiencias memorables. Y esas experiencias se dañan cuando el visitante se siente acosado, incómodo o decepcionado por el desorden.
La ciudad tiene todo para ser un destino de primer nivel: naturaleza privilegiada, historia, cultura, gastronomía y gente cálida. Lo que necesita es ordenarse, ponerse de acuerdo consigo misma y entender que el crecimiento sin control puede terminar siendo su peor enemigo.
Santa Marta ya demostró que puede llenar hoteles y playas. Ahora le toca demostrar que puede organizarse, elevar sus estándares y apostar, de una vez por todas, por un turismo que no solo llegue en masa, sino que se quede en la memoria por las razones correctas.
LA OTRA CARA INCÒMODA
Pero mientras las cifras celebraban, la ciudad real mostraba otra cara. Una cara incómoda, caótica y peligrosa para el futuro del turismo samario: playas invadidas, espacio público tomado sin control, venta de alimentos en zonas prohibidas, fogones encendidos frente al mar, vendedores dentro del agua y una institucionalidad que, salvo esfuerzos aislados, no logró imponer el orden que una temporada de esta magnitud exige. Un destino que se llenó… y se desbordó
Pero claro que desde luego el éxito fue evidente desde el primer día. El Rodadero, Playa Blanca, Taganga, Bello Horizonte y el Centro Histórico parecían un solo hervidero humano. Familias enteras disfrutando del sol, turistas extranjeros sorprendidos por la belleza natural y visitantes nacionales agradecidos por reencontrarse con el mar. Sin embargo, bastaban pocos minutos en la playa para notar que algo no estaba funcionando bien.
Vendedores ambulantes y estacionarios —muchos llegados desde otras regiones del país— ocuparon la arena, los accesos, el malecón e incluso el mar. La oferta fue desbordada: comidas preparadas, almuerzos completos, fritos, arroces, sopas, bebidas, mercancía variada y servicios improvisados, todo en zonas donde la normativa lo prohíbe de manera expresa por razones ambientales, sanitarias y de seguridad.
“Esto parece un mercado, no una playa turística”, dijo María López, turista proveniente de Medellín. “Uno viene a descansar y cada dos minutos llega alguien a vender algo. No es agradable, no es organizado”.
FOGONES FRENTE AL MAR Y ALIMENTOS SIN CONTROL
Una de las escenas más preocupantes fue la proliferación de carretas con fogones y anafes, humo saliendo a pocos metros del agua, alimentos preparados sin condiciones sanitarias visibles y residuos que terminaban, muchas veces, en la arena o el mar.
“Yo entiendo que la gente necesite trabajar, pero esto no es justo ni para el turista ni para nosotros que pagamos permisos, impuestos y cumplimos reglas”, señaló Carlos Jiménez, comerciante formal del sector de El Rodadero. “Aquí cualquiera llega, se instala y nadie dice nada”.
La venta de almuerzos en zona de playa, una práctica prohibida, se volvió común ante la falta de controles permanentes. El resultado: basura, olores, riesgo sanitario y una imagen que dista mucho de un destino que aspira a competir con otras capitales turísticas del Caribe.
LA INVASIÓN DEL ESPACIO PÚBLICO
El problema no se limitó a la arena. El malecón, los andenes, las zonas verdes y los accesos a playas y balnearios también fueron ocupados sin orden. Mesas, carpas, carretas, cajas de icopor y mercancía invadieron el paso de peatones y afectaron la movilidad.
“Uno no puede ni caminar”, se quejó Ana Rodríguez, turista bogotana. “Santa Marta es hermosa, pero necesita más control. Esto así espanta”.
Aquí surge un llamado directo a la Alcaldía Distrital, a la Secretaría de Gobierno y, especialmente, a Espacio Público: la ciudad no puede seguir normalizando la ocupación indebida como si fuera un mal menor. Cada temporada que pasa sin control es una oportunidad perdida para ordenar el territorio turístico.
¿DÓNDE ESTUVO LA AUTORIDAD?
El balance deja preguntas incómodas para la Secretaría de Desarrollo Económico y Competitividad, la dependencia encargada del turismo. ¿Dónde estuvo la estrategia integral para manejar el pico de visitantes? ¿Por qué no se anticipó el fenómeno de vendedores foráneos? ¿Dónde estuvo la articulación con Policía, Espacio Público y Salud?
El turismo no es solo promoción y cifras récord. Es gestión, planificación, control y experiencia del visitante. Un destino puede llenarse una vez por curiosidad, pero solo se sostiene si ofrece calidad.
Capítulo aparte merece la Policía Metropolitana de Santa Marta. Aunque hubo presencia en algunos sectores, fue insuficiente frente al desborde. La ciudadanía y los comerciantes reclaman una acción más decidida, permanente y preventiva.
“La Policía aparece por ratos, pero cuando se va todo vuelve a ser lo mismo”, afirmó un comerciante del Centro Histórico que pidió reserva de su nombre. “Aquí hace falta autoridad constante, no operativos de foto”.
El llamado es claro: más control, más presencia, más respaldo a la norma. Sin autoridad, no hay orden posible.
La presencia de los vendedores ambulantes y estacionarios es una realidad que exige soluciones, no permisividad
Negar la realidad social sería irresponsable. Muchos vendedores dependen de estas actividades para subsistir. Pero permitir el caos tampoco es una solución. El Distrito debe avanzar hacia procesos serios de caracterización, reubicación y formalización, con zonas definidas, horarios, condiciones sanitarias y reglas claras.
El desorden no dignifica el trabajo informal; lo precariza y lo enfrenta con el turismo y el comercio formal.
Cada temporada sin control erosiona la imagen del destino. Cada turista incómodo es una mala reseña menos, una recomendación que no se da, un regreso que no ocurre.
EL FUTURO ESTÁ EN JUEGO
Santa Marta tiene todo para ser un destino de turismo de calidad: naturaleza, historia, cultura y gente trabajadora. Lo que necesita es decisión política, autoridad y planificación. El turismo masivo sin control puede convertirse en su peor enemigo.
La temporada fue un éxito en números, sí. Pero dejó una advertencia clara: o se ordena la casa, o el paraíso empieza a perder brillo.
El llamado es urgente y directo: a la Alcaldía, a Turismo, a Espacio Público, a la Policía, y a todas las autoridades con competencia.
El turismo no se cuida solo. Se gobierna.

