Socialdemócratas, sean demócratas

El profundo desgaste de la centro-izquierda colombiana ha sido causa y efecto del deterioro institucional de nuestro país bajo el petrismo. En la primera vuelta presidencial del año 2018, las candidaturas de Sergio Fajardo y Humberto de la Calle sumaron aproximadamente 5 millones de votos, suficientes para pasar a segunda vuelta si se hubiesen unido antes de los comicios. Fueron particularmente fuertes en Bogotá, donde obtuvieron el 36% de los votos, superando tanto a los candidatos de derecha como al candidato de la extrema izquierda. Fue esa misma coalición la que llevó a Claudia López a la alcaldía de la capital en 2019, prometiendo formar parte de una oposición seria, dialogante y constructiva.

Por desgracia, entre 2018 y 2022, esa misma coalición se dejó robar la narrativa, transformándose en un apéndice vergonzante del movimiento autoritario que hoy nos gobierna. No supieron distinguir entre opositores y enemigos. Cuando la consulta anticorrupción de agosto de 2018, impulsada por Claudia López, no superó el umbral de 12,1 millones de votos, fue el presidente Duque quien logró que cuatro de los siete puntos contemplados en la consulta se convirtieran en ley por vía del Congreso. En parte gracias a esas reformas, Colombia mejoró considerablemente en materia anticorrupción durante ese gobierno, una victoria que la centro-izquierda habría podido reclamar con orgullo como ejemplo de cooperación constructiva en beneficio de todos.

Cuando el petrismo ejecutó su ambición declarada de desestabilizar el país, alentando a las violentas manifestaciones del Paro Nacional entre 2019 y 2021, la centro-izquierda ha podido rechazar las narrativas anti-institucionales que legitimaron la destrucción de nuestras ciudades. Ha podido llamar a la unidad nacional en torno a un gobierno azotado por las dificultades de la pandemia y el resurgimiento del terrorismo, un gobierno mucho más conciliador de lo que reconocieron sus detractores. Recordemos que los diálogos de paz con el ELN no fracasaron por falta de “voluntad de paz” desde el Palacio de Nariño, sino porque el terrorismo cobró 23 vidas el 17 de enero de 2019, cuando estalló un carro bomba en la Escuela de Cadetes General Santander.

Al adoptar una perspectiva de falsa pureza moral ante las dificultades de gobernar una república en conflicto, los dirigentes de centro-izquierda pasaron de representar una alternativa al petrismo a darles la razón en todas sus críticas y exigencias. Adoptaron la posición de que vivían en un país esencialmente feudal, retrógrado e injusto, lo suficiente para ameritar los sucesos del paro. Defendieron “el cambio,” aquella nefasta aspiración sin mayor contenido que “la revolución,” oponiéndose al “Pacto Histórico” por razones de forma y no de fondo. No debería sorprendernos, entonces que, para la primera vuelta del 2022, Sergio Fajardo sólo haya obtenido el 4,2% de los votos. Parafraseando a George Orwell, creer en la narrativa básica del petrismo sin ser petrista es una incoherencia tan grande que solamente una persona altamente educada podría sostenerla.

La primera encuesta del 2026 sugiere que la centro-izquierda permanece disminuida. Tanto Iván Cepeda como Abelardo de la Espriella ya concentran más del 25% de los votos, mientras que la coalición de la Consulta por Colombia, seguramente en cabeza de Paloma Valencia o Juan Carlos Pinzón, podría representar un 17%. Sergio Fajardo y Claudia López apenas concentran el 12%, relegados nuevamente al cuarto puesto. Esperemos que, ante un escenario de segunda vuelta entre el petrismo y su contrincante más fuerte, la centro-izquierda tome partido a favor de la democracia, como no lo han hecho en los últimos ocho años.

*Analista

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