Por
ANDREA
ORTIZ GONZÁLEZ
Psicóloga
¿Por qué tanta prohibición para sentir ansiedad, miedo o estrés? No todo lo que el cuerpo expresa, ni todo aquello que sentimos, es necesariamente un problema. Muchas de estas experiencias hacen parte de la vida y, por tanto, tenemos derecho a sentirlas y expresarlas.
Tenemos derecho a sentir tristeza, a experimentar fatiga, así como también a sentir euforia, alegría o ira. Todas estas emociones forman parte de nuestra condición humana.
Tal vez uno de los errores que hemos cometido es estigmatizar nuestras emociones y nuestras reacciones. ¿En qué momento comenzamos a establecer normas sobre cuándo debemos sentir y cuándo aquello que sentimos puede considerarse anormal o atípico?
Sistematizar nuestras emociones bajo categorías rígidas, que determinan cómo, cuándo y cuánto deberíamos sentir, puede conducirnos a desconocer la complejidad del ser humano, cuya experiencia emocional difícilmente puede ser predecible.
Partiendo de lo anterior, establecer cuándo una expresión de angustia, miedo, ansiedad o tristeza constituye un problema psicológico o un trastorno no es una tarea sencilla.
Quizás el punto central del problema radica, precisamente, en intentar evitar sentir aquello que, en determinadas circunstancias, es una respuesta natural a lo que vivimos.
Por supuesto, existen indicadores que pueden llamarnos la atención. Cuando una situación que inicialmente desencadenaba miedo, temor, angustia o ansiedad comienza a generar un malestar persistente y a impactar diferentes momentos de nuestra vida cotidiana, es importante detenernos y observar qué está ocurriendo.
No se trata de desconocer el sufrimiento psicológico, minimizarlo o restarle importancia. Se trata de aprender a reconocer cuándo una experiencia emocional comienza a comprometer nuestro bienestar y requiere atención.
Pero antes de llegar a ese punto, es necesario recordar que sentir es parte de la vida. Es parte de la vida identificar cuándo estamos fatigados, estresados, angustiados, cuándo tenemos hambre o cuándo no la tenemos, cuándo experimentamos insomnio o cuándo necesitamos descansar.
Estas experiencias pueden formar parte de nuestros ciclos vitales y de las respuestas que tenemos frente a las circunstancias que atravesamos.
Aprender a reconocer estas señales es, tal vez, uno de los puntos centrales para construir mundos más saludables. Sin embargo, también lo es aprender a identificar los riesgos. Esta precisión es fundamental para comprender nuestra salud mental: no se trata de asumir que todo lo que sentimos es normal, ni de convertir cada emoción en un problema. Se trata de desarrollar la capacidad de comprender nuestras experiencias, reconocer sus matices y saber cuándo necesitamos ayuda.
Y esta comprensión comienza por algo aparentemente sencillo, pero profundamente significativo: preguntarnos cómo nos sentimos.
Recuerdo el caso de una mujer de 48 años a quien, durante una entrevista clínica, le pregunté cómo se sentía ese día. Su respuesta fue: “No lo sé, nadie me lo había preguntado”.
Esta respuesta me llevó a reflexionar sobre una desconexión que puede ser mucho más profunda de lo que imaginamos. ¿Cuántas veces desconocemos cómo nos sentimos? ¿Cuántas veces no logramos identificar si lo que experimentamos es hambre, tristeza, agotamiento, angustia o una necesidad emocional que no hemos podido reconocer?
Desconocer nuestras emociones, no identificar las señales de nuestro cuerpo o vivir desconectados de nuestra experiencia interna puede dificultar la comprensión de lo que nos sucede. Quizás hemos aprendido a responder cómo estamos desde lo que hacemos, desde nuestras obligaciones o desde lo que los demás esperan de nosotros, pero no necesariamente desde lo que sentimos.
Y entonces aparece una pregunta que merece ser planteada en voz alta: ¿estamos construyendo una sociedad que busca comprender sus emociones o una sociedad que intenta prohibírselas?
Tal vez la salud mental no comienza cuando dejamos de sentir miedo, ansiedad, tristeza o estrés. Tal vez comienza cuando aprendemos a reconocerlos sin juzgarnos, a comprender qué nos están diciendo y a identificar cuándo necesitamos acompañamiento.
No necesitamos una vida sin emociones difíciles. Necesitamos una vida en la que podamos sentir sin culpa, comprender sin estigmas y pedir ayuda sin miedo. Porque sentir no es el problema; quizás el problema sea haber olvidado que también tenemos derecho a sentir.

